Juan Carlos Chirinos, escritor venezolano autor de:
El niño malo cuenta hasta cien y se retira, Editorial Norma (2004), La reina de los cuatro nombres. Olimpia, madre de Alejandro Magno, Editorial Oberon (2005), Miranda, el nómada sentimental, Editorial Norma (2006), Nochebosque, Editorial Casa de Cartón (2011)
¿Cual es tu libro del día?
Me acaban de regalar Trabajos forzados, de Daria Galateria, en una preciosa edición de la editorial madrileña Impedimenta. Es un libro de lo más entretenido, porque en él la autora habla de los trabajos que algunos escritores se vieron obligados a realizar para poder subsistir; así, Gorki trabajó como descargador en el Volga; Bukowski, en una fábri ca; Svevo fue comerciante; Anatole France trabajó quince años en la Biblioteca del Senado francés, pero Proust no duró ni un día en la Biblioteca Mazarin; incluso ya siendo algo famosos, otros siguieron trabajando. Georges Perec, por ejemplo, continuó con su labor de documentalista en un laboratorio médico: trabajaba cuarenta horas a la semana y seguía la opinión de Voltaire: “es imposible ocuparse de la cultura sin una buena base económica”. Es curioso comprobar la vida “cotidiana” de los escritores, que muchas veces es ajena a lo que escriben. Eliot renunció a Harvard para trabajar en banca. El libro se ocupa de veinticuatro escritores entre los que están, además de los mencionados, Boris Vian, Bruce Chatwin, Raymond Chandler, Louis-Ferdinand Céline y Colette. Aún no lo he terminado -por eso es mi libro del día- y lo estoy disfrutando mucho. Está escrito con amable prosa y es de esos textos que da pena terminar, piropo mayor, a mi modo de ver, que se le puede hacer a un escritor. Nada mejor que la inercia de seguir leyendo para amar un libro. La autora, la romana Daria Galateria, es profesora de literatura y especialista en memorias, sobre todo de mujeres de los siglos XVII y XVIII, periodo que debe de ser un tesoro de chismes y confidencias. Recomiendo vivamente este libro, sobre todo para aquellos curiosos que quieran saber cómo es la vida “real” de un escritor que tiene que hacer malabarismos para comer y seguir pegado a las palabras. Aquí yace el testimonio de la resistencia que hay que tener para dedicarse a este oficio hermoso, pero veleidoso.
¿Algún placer culposo literario?
Todo el tiempo leo cómics, El nombre de la rosa y la Regla, de Benito de Nursia. Pero no me siento culpable. A decir verdad, no me siento culpable por lo que leo o dejo de leer desde el 18 de noviembre de 1992.
¿Un libro que haya marcado un antes y un después?
He pensado mucho en esto desde hace tiempo así que me temo que tengo una respuesta irritantemente precisa y de varios libros: mi primera -alucinada- lectura de los siete años, Platero y yo, de Juan ramón Jiménez, sé que será la última antes de morir; luego en los setenta pasé la infancia leyendo La rosa y el anillo, de William Thackeray, y todavía busco un libro que se le parezca, sueño con escribir algo así; en 1981, Ana Isabel, una niña decente, de Antonia Palacios, me abrió los ojos a la literatura erótica; en 1985, Ulises, de James Joyce, me mostró que se podía escribir de maneras que ni siquiera sospechaba; en 1987, en Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, me enamoré de Alejandra Vidal y pasé horas pegado al Informe sobre ciegos; en 1989, por fin hice clic con Percusión, de José Balza, a la que sigo considerando una de las dos novelas más importantes de la literatura venezolana del siglo XX (la otra es Doña Bárbara). Más tarde, El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses, y Doktor Faustus, de Thomas Mann: si fuera alpinista, todos esos libros serían mis ochomiles.
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Desde que hizo su aparición a mediados de los noventa, la obra poética de Luis Enrique Belmonte pudo alcanzar, más allá de los laureles que otorgan fama momentánea, el reconocimiento no sólo de la crítica más exigente, sino también el de sus pares, exquisitos poetas que, como Eugenio Montejo, habitan ya en el Parnaso de la poesía venezolana contemporánea. Por ese entonces, los poemas de Cuando me da por caracol (1994), Cuerpo bajo la lámpara (1996) o Inútil registro (1998) se podían inscribir dentro de una tendencia estética que reflejaba fielmente el resquebrajamiento de los horizontes utópicos y de referentes sociales de larga data. Hablamos de una suerte de poesía de convergencia que en otra parte llegamos a definir como una estética situada a medio camino entre la tradición y la renovación; entre el esplendor verbal y el interés comunicante; entre la densidad filosófica y el lirismo esencial. Una forma de hacer poesía que pretendía estar a salvo de las estridencias y del experimentalismo vanguardista, pero también de la simplicidad coloquial del prosaísmo o de la poesía exteriorista. Una poesía que, en resumidas cuentas, prefiguraba el espíritu posmoderno de desconfianza hacia el cambio y que apostaba por la búsqueda de un lenguaje poético de raíces firmes y anclado en la permanencia.
Cierta obstinación, cierta insistencia. Vuelve una y otra vez a la cuestión medular del costo humano que cada ciudadano ha de pagar por el hecho de vivir, de forma prolongada, en estado de guerra. Cuatro de las seis conferencias reunidas en Escribir en la oscuridad (Random House Mondadori, España, 2011) se refieren al vacío que, con el paso del tiempo, se abre y ensancha, entre cada sujeto y la violencia que lo rodea. “Este espacio nunca permanece vacío, sino que se llena rápidamente de apatía y de cinismo y, por encima de todo, de desesperanza. De una desesperanza que es el combustible que hace posible que situaciones desesperadas persistan durante años, incluso generaciones”.

