Todos los trenes de César Segovia

LDF_PT_CUBIERTA_RGB_071014Próximo Tren es una reescritura poética de la geografía del tren. Su autor es César Segovia y lo edita con sello impecable Libros del Fuego. Las estaciones de los trenes son el lugar poético de la dialéctica entre sus alegorías y símbolos. Hay en ellas un encuentro continuo entre la lentitud y la rapidez, el partir y el permanecer, entre la presencia y la ausencia. Contemplar los rieles y durmientes convoca la errancia, la lejanía y -para algunos- la muerte.

Desde el punto de partida queda establecido el tema y el vértigo en el poemario de Segovia (“A esta hora toca ser el vidente cegado por la/mínima luz que arde en las ventanas abiertas. Toca ser/el tren que parte desde el ánima lúdica hecha voz/frente al espejo“). En palabras de Eugenio Montejo, este esclarecimiento inmediato del tren como fuente poética ( “la prontitud para relacionar los elementos de su imaginación”) pone de manifiesto el dominio del autor.

Los poemas de Próximo Tren son asomos cuánticos al reverso del tránsito sobre los andenes (“Fue. El ánimo del viaje. Las marcas del gerundio al borde del andén. Las marcas del pretérito en las vías del tren. Las marcas subjuntivas en tus ojos”). Su ritmo es vertiginoso (“Un tren, cada tren, todos los trenes. Una sombra que se aterra con la luz de cada intento desnudo en un resquicio”).

Hay una recurrencia al tránsito y la desmemoria en los textos de Segovia. También al sentimiento universal de los últimos encuentros en las estaciones de tren, en los que las personas quieren comunicarse algo definitivo, pero como sentencia Henry Miller, sus caras son solo máscaras desfiguradas por una sonrisa vacía. Segovia propone una clave poética para la mecánica del tren en movimiento: miradas en gerundio.

“Yo no soy ni tren, ni riel, ni andén. Soy el tránsito desnudo de una palabra por decir”. Es el poeta haciendo énfasis en la creación y no en el objeto. Es Segovia que le recuerda al lector su propia historia personal de trenes que partieron.

No hay indicaciones de salida en Próximo Tren. Las escaleras de las estaciones no llevan a ninguna parte. Siempre habrá un próximo tren escribe César Segovia, para que aprendamos que la desesperanza es concéntrica.

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El perdurable olor de la guayaba

Había visto ese libro cada una de las veces que me sumergía en la biblioteca de mi abuelo. En la portada estaba la foto -casi en primer plano- de un hombre de cabellos y bigotes crespos, cuyos ojos ya traslucían el brillo de la gloria. El hombre de la foto era Gabriel García Márquez y el libro era El olor de la guayaba. Para quienes lo han leído, un taller de narrativa en si mismo.

Lo más fascinante de leer aquellas conversaciones de García Márquez con Plinio Apuleyo Mendoza, fue descubrir todo lo que un escritor debía ingeniárselas para hacer reales sus historias. Como por ejemplo, elevar al cielo a Remedios la bella, con ayuda de unas sábanas extendidas o sembrar guayabas en su casa para recrear en el libro el olor de la costa caribeña.

Incluso, descubrir en esa entrevista de que manera un escritor puede querer tanto a su personaje al punto de llorar toda la noche por haberlo matado; o encerrarse por dieciocho meses a jugarse la vida en un manuscrito.

Tan honda impresión causó en mi El olor de la guayaba, que cuando leí por primera vez Cien años de soledad, tuve algunos prejuicios a causa de las confesiones de García Márquez. Por un lado, conocía algunos entretelones del libro como la génesis de sus personajes, las tramas que se le salieron de las manos, la imposibilidad de plasmar literariamente a su esposa Mercedes en la historia. Por el otro, desconfiaba de ese libro al que su autor le reclamaba haberle robado su tranquilidad por lo que le quedaba de vida.

Nadie que sienta alguna inquietud por la literatura, permanece igual luego de haber leído Cien años de soledad. Su cantidad de arquetipos, tragedias y truculencia vuelven febril la imaginación del lector. Pocas obras son tan propicias para levantar sobre ellas el imaginario de América Latina, pocos simbolismos tan cercanos a una totalidad de la literatura en el mundo. Y sin embargo, siempre el escritor sobre su obra, como un demiurgo lúdico: sólo quería contar las historias como lo hacia mi abuela cuando yo era niño.

Plinio Apuleyo Mendoza invitó a Gabriel García Márquez a reflexionar sobre el gran tema de su obra (a la época de la entrevista): Macondo, el poder… El le responde que si debe haber un tema que conecta todas sus historias es el de la soledad, esa soledad que nace de la incapacidad para amar. Es la misma respuesta de Úrsula Iguarán al final de sus días cuando una tarde suelta su primera palabrota, Amaranta (creyendo que la había picado un alacrán) le pregunta dónde está el animal, y ella responde apuntando a su corazón: “¡Aquí!”

Con Gabriel García Márquez se aprende que ser escritor es un oficio de superlativos, y que la magia, cuando ocurre, exige vértigo y alquimia.

En la muy literaria ocasión de un jueves santo, García Márquez leyó la página final del pergamino de su vida. Tal vez en ese instante, el viento irreparable de la muerte lo devolvió a aquella vía de Acapulco donde encontró el tono para su gran novela, o un poco más atrás a la sala de la biblioteca donde sus mecanismos interiores se sacudieron leyendo a Kafka o, finalmente, a aquella tarde remota en que su abuelo lo llevó al circo a conocer el hielo.

Macondo en ese entonces era una aldea de casas construidas con caña brava y donde un perdurable olor de guayabas en el atardecer, presagia que una historia está por comenzar.

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El Falke. Una tragedia recobrada.

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falkeUna sola escena desnuda la quimera de la última invasión armada al régimen gomecista. Una sola escena da cuenta del espanto: “Son las siete de la mañana. Tenemos dos horas en tierra y Delgado está muerto a diez metros del Puente Guzmán Blanco”. Hace diez años el escritor Federico Vegas, a través de la literatura, le devolvió a la historia del Falke su lugar entre los fantasmas del inconsciente colectivo venezolano. Hoy, una nueva edición (Alfa, 2014) justifica la urgencia de recontar su tragedia.

¿Cuál es el magnetismo del Falke? Por cada arista donde se asome el lector resuenan las diatribas de aquellos expedicionarios: la desproporción entre sus fines y sus medios, el (des)encuentro de la última generación de caudillos con la camada de estudiantes del ’28, el vaivén interior entre modernidad y romanticismo en los jóvenes resueltos a dejar una huella y el convencimiento sintomático en la omnisciencia del dictador. Vegas muestra a Gómez como un amo lacaniano, a quien sólo escuchamos de manera indirecta.

La perspectiva autobiográfica del Falke nos hace empatizar desde el inicio con Rafael Vegas. En su reconstrucción como personaje literario, el novelista Federico Vegas no le insufla a su narrador una dimensión épica que hubiese traicionado la integridad de su legado histórico. Conforme se avanza en el libro, el lector se mimetiza con las pasiones del joven protagonista. Es imposible juzgar a otros personajes como Doroteo Flores o José Rafael Pocaterra, sin afectarse por los prejuicios de Rafael Vegas.

El autor no lo menciona, pero pareciera probable que su protagonista haya leído en París a Proust, ya conocido como autor importante para la fecha de la narración. Eso explicaría no sólo que en las anotaciones del joven Vegas ningún hecho tenga mayor jerarquía literaria que otro, sino también que su constante preocupación por no escribir la totalidad de su experiencia personal durante la aventura. No hay fronteras entre la vida y la escritura en los cuadernos del diarista del Falke.

Mención aparte merece el personaje de Armando Zuluaga, hay en él ese misticismo medieval de los poemas de Ramos Sucre. Podría hacerse un paralelismo entre el fatum del Zuluaga literario y el caballero del poema El Monólogo del poeta cumanés: “… Se ha arruinado con la desdicha y se extravía en medio de las lucubraciones de un entendimiento evaporado”. El carácter de Armando reúne los elementos esenciales del espíritu caballeresco y su muerte es un sacrificio cifrado.

La travesía marítima del Falke se vincula -inexorablemente- a los colores de los mares que cruza. El lector siente la fatiga del viaje junto a los personajes, su desconfianza recíproca. Incluso, siente el temor de verse a la deriva con un estado mayor que todas las noches consulta su destino a los espíritus. Cuando el barco se acerca a Cumaná, la naturaleza del trópico precipita la fatalidad en el destino de cada tripulante. Un siglo antes, Humboldt contempló estupefacto aquel mismo paisaje. Los indios caribes reclutados por Delgado y compañía no eran muy lejanos de aquellos que divisó el naturalista alemán navegando en sus piraguas.

El Falke es una tragedia que la fábrica venezolana de lugares comunes llamaría disparate. Gracias a su lucidez narrativa, Federico Vegas no cae en la impostura y ordena -con un dejo de melancolía- lo sublime, lo solemne, lo irónico y lo banal que hay en toda tragedia. “Acaso no sabíamos que hasta el más cruel y obstinado presente se convierte en pasado” le escribe Gallegos al joven Vegas; en los ecos de estas palabras retumba la inquietante moraleja de este libro imprescindible.

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Alcaravanes al vuelo

Ocurrió en febrero de 1996. Serrat volvía a Caracas, al Teresa Carreño.

A sala llena, el público y el cantautor vibraban en la misma intensidad. La Saeta, Aquellas Pequeñas Cosas, Señora.  A la mitad del concierto, devino la huella.

Serrat invita al escenario a Simón Díaz a cantar con él.

Aplausos y ovación de pie en la Ríos Reyna. Vemos al Tío Simón, sonriente, con su liqui liqui blanco.

Van a cantar Sabana. Un emocionado Serrat hace los prolegómenos y el Tío sigue sonriendo. Le agradece compartir allí con él. Serrat no sabe, todavía, lo hondo que navega su barca al lado de Simón en los mares venezolanos.

Simón Díaz, con una humildad traviesa, quiere demostrarle a Joan Manual Serrat por qué es el Tío de Venezuela entera. Le pide permiso para tararear una canción y, con aquella malicia encantadora de los nobles de corazón, lo previene: “ya vas a ver como la cantan”.

La vaca mariposa tuvo un terné… El público aplaude pletórico y ni siquiera deja al Tío terminar la primera frase. Una sola voz es la Sala Ríos Reyna del Teresa Carreño esa noche. Cada nota, pausa y cadencia es respetada. Los signos de la infancia venezolana cobraron vida allí mismo a través de la Vaca Mariposa: el olor de la arepa, el sabor del batido de parchita, la adrenalina de una travesura,  la felicidad de la lluvia a cielo abierto, las manos azucaradas de mango.

Una sola tonada une a ese público con su cantautor más querido. Algunos más formales le llamarían nacionalidad. Otros más bohemios, inconsciente colectivo. Para nosotros es cariño y del bueno. Una forma elemental de sabernos entre los nuestros.

Serrat se queda inmóvil. Sí claro se lo habían explicado, pero hay signos que reclaman ser vividos. La emoción dentro del Teresa Carreño, es una bandada de alcaravanes al vuelo. Simón le dice, con orgullo: “¿viste Joan Manuel?” Y él le responde, fulminado por el coro de sobrinos que fue su público: “yo también te voy a llamar Tío, Simón”. El liqui liqui nos arropa a todos.

Luego cantan Sabana a dúo.

Hoy la brisa de la mañana nos trajo el adiós del Tío Simón. Y vuelvo a esa noche de 1996 como quien rememora una vida anterior. Hoy Venezuela es una tonada. Hoy el mundo es un solo cielo lleno de alcaravanes.  Gracias por tu vida Tío Simón.

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La insoportable levedad de Murakami

índiceQue Haruki Murakami merezca el Nobel por su testimonio artístico de la lucha de los hombres contra la soledad y el dolor que padecen, es una verdad manifiesta. Pero podría establecerse como hipótesis que, luego de haber salido al encuentro de  múltiples fantasmas y estados de conciencia, su escritura haya perdido densidad. Un  escritor no puede cruzar dos veces el mismo abismo.

Los años de peregrinación del chico sin color (TusQuets,2013) su última novela publicada, es una historia que reúne las claves típicas del autor. Si bien oscila más hacia la realidad, también propone elementos inconscientes que hubiesen añadido una riqueza extraordinaria a la anécdota, pero que son dejados a su suerte. Nada se salva del conjuro que cruza a la vida con el tiempo, ni siquiera la creación literaria.

Tsukuro Tazaki, excluido de su círculo íntimo de amigos de la infancia a comienzos de la universidad, debe confrontar su pasado dieciséis años después. No sólo para descubrir las razones del desprecio de sus amigos sino para dar también con las claves que le han impedido el desarrollo de sus afectos posteriores. En el camino, aprenderá a leer la partitura de su vida.

Una historia de personajes alegóricos y efímeros, de secretos no revelados. Una historia que apenas se elabora (especialmente en el plano de lo fantástico) a pesar de que Murakami se mantenga fiel a su sistema clásico de referencia.

“La escritura traza siempre mucho más que los signos que alinea” postula el filósofo francés Jacques Rancière. “Traza al mismo tiempo cierto tipo de relación entre los cuerpos con sus almas, entre los cuerpos entre sí y de la comunidad con su alma”. Todo esto vale para un Murakami que, por esta vez, deja en manos del lector el  descifrar las consecuencias de sus conocidas sincronizaciones oníricas.

Los asiduos murakamianos deben leer su nueva novela. De alguna manera está escrita para ellos, su elaboración es un cálculo exacto de la historia con el patrón creativo del autor japonés. No hay gatos esta vez, tampoco ecos que resuenan desde lo profundo, pero sí mucha música clásica y una historia universal. Las últimas páginas del libro, de una emocionada violencia interior, muestran al mejor Murakami.

Respecto a la historia de Tsukuro Tazaki, somos los lectores quienes debemos recrear por nosotros mismos el laberinto fantástico que sugiere, pero no cuenta Murakami; ¿fatiga de la pesantez o acto deliberado? De todas maneras, sus libros nos seguirán fascinando.

 

 

Reseña hecha por @storytellerve09

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Élmer Mendoza “Yo quiero hacer una literatura de mi tiempo”

Diajanida Hernández G.

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Élmer Mendoza (Culiacán, 1949) escribe sobre su tiempo, su tierra, su realidad. Con su literatura se apropió de un lugar, de un lenguaje y de una forma: Sinaloa, el habla de la calle y el género policíaco. Fue finalista del Premio Dashiell Hammett 2005 con Efecto tequila y recibió el Premio Tusquets de Novela 2007 por Balas de plata. Mendoza creó al detective Edgar “Zurdo” Mendieta, personaje cuyas andanzas ya han sido traducidas a siete idiomas.

Este escritor mexicano es reconocido como uno de los precursores de la narcoliteratura y por su trabajo de incorporación del lenguaje de la calle a su literatura. Federico Campbell, crítico de su país, ha dicho que Mendoza es “el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico” en México.

Mendoza comenzó su carrera literaria a los 30 años, cuando publicó su primer libro. Aunque era lector y “escribía cosas, estaba metido en otra área del trabajo humano”. Ingeniero electrónico, era empleado de una transnacional. Hasta una noche en que llenó un cuaderno de cien páginas, no durmió y cuando amaneció se dijo “voy a ser escritor”. Abandonó la ingeniería y decidió estudiar. “Tuve que renunciar no sólo a la empresa sino a la profesión para poder dedicarme a la literatura. Me inscribí en la UNAM para estudiar Lenguas Hispánicas y aprender otras cosas que necesitaba aprender”. Entre risas Mendoza cuenta que en ese momento se preguntó qué necesitaba para ser un buen escritor, “y yo mismo me respondí que tenía que estudiar literatura”.

A la vocación lectora llegó a los 9 años, en la escuela primaria. “Cuando fui a la escuela primaria me había retrasado tres años. Estaba muy ansioso porque viví mucho tiempo con mis abuelos y en un momento mi abuelo me entrega a mis padres. Me entregó justo el día de las inscripciones. Y mi madre decidió que la acompañara a la escuela para inscribirme.

En mi grupo había un niño más grande que yo, que ya sabía leer, él había llegado hasta tercer grado pero en una escuela en la sierra, y no le habían permitido inscribirse en su nivel y lo mandaron a primero. Era mi compañero de banca y él le puso mi nombre a mi cuaderno. Cuando el maestro nos enseñó la A, yo la ubiqué y la usé inmediatamente. Tenía urgencia por usar el lenguaje, el alfabeto. Ahora que soy escritor pienso que esas son señales.

Otro día mi padre me tenía que comprar un libro y me llevó a buscarlo. Nunca he olvidado el dibujo de la portada. Ese fui mi primer contacto con el discurso escrito”.

En su adolescencia, con 17 o 18 años, Mendoza leyó el libro que lo marcó definitivamente: El conde de Montecristo, de allí llegó a Veinte mil leguas de viaje submarino. “Esas lecturas me hicieron creer que es posible, que existe un mundo distinto al de la realidad, un mundo imaginario y que uno con esos mundos imaginarios puede emocionarse muchísimo. Fue como vivir dos mundos: el de la imaginación –donde yo participaba de todas las aventuras que leía– y el real”.

Después vinieron las lecturas adultas, las que asumió con atención para formarse como escritor. “Leí a Mario Benedetti, donde hay cuestiones sociales, a Borges, Cortázar y el boom latinoamericano: Vargas Llosa, García Márquez. También a Rubem Fonseca, mi gran maestro y ahora amigo. Igual leí la novela europea: francesa, española, alemana. Leí con el fin de ser un buen escritor, eso me llevó muchos años, muchas lecturas”.

—¿Cómo fue al experiencia de conocer a su maestro literario?

—Fue una experiencia de mucho temor y de mucho respeto. A mí me criaron mis abuelos, en un rancho, en una estancia, y ahí te enseñaban que tenías que respetar mucho a tus mayores, y una de las formas de respetarlos era que no debías cruzarte frente a ellos cuando estaban conversando y tampoco podías hacerles preguntas tontas. Cuando tuve mi primer encuentro con Rubem Fonseca, que fue en Rio de Janeiro, pues tuve esa sensación infantil. Pero Fonseca es un hombre muy humano, muy comprensivo y pudimos hablar cerca de tres horas. Le confié muchísimas cosas que tenía en la cabeza, él me animó mucho y fue sensacional conversar con él.

—¿Por qué escogió escribir sobre la violencia?

—Creo que es por la zona en la que vivo: el norte de México. Y allí tenemos otro perfil. Mis mayores son pensadores del desierto, de los pantanales; ahora es la zona más rica del país pero costó muchísimo, costó vidas, años, experimentar, y tenemos un sentido de la temeridad. Ahí se produce heroína por primera vez en nuestro país. Todo eso genera mitos, personajes y un misterio. Canciones, corridos. Cuando me fui a Ciudad de México noté que me respetaban mucho porque era de allá y eso me gustaba.

Digamos que emocionalmente me fui entrenando para eso. Y aunque he intentado escribir otras cosas no sabía que podía escribir tan fácil de esto, porque lo que yo andaba pretendiendo era encontrar mi propia voz. Escribí cuatro novelas antes de la primera que publiqué y las dejé porque no encontraba mi voz. Un día la encontré cuando descubrí que podía mezclar la norma culta del español y el lenguaje popular, el lenguaje de la calle, el lenguaje de la violencia. Mi entorno me ha dado los elementos, las historias, el lenguaje para hacer literatura.

—¿Se siente cómodo con la etiqueta de narcoliteratura o narcoescritor?

Sí, claro que me siento cómodo. Creo que también es una prueba de fortaleza emocional, escribir tiene sus riesgos y no es fácil.

No es fácil contar una realidad tan móvil y siento que algunas de las personas que tildan negativamente lo que hacemos son personas que no se atreven a salir de sus casas. Los hombres y mujeres que trabajamos la violencia somos gente que tiene cierto carácter, que superamos ciertos temores.

Ahora no hay sólo gente de la literatura trabajando este tema, hay gente de la danza contemporánea, de plástica, del cine, los corridistas, la música, el teatro, la ópera. Mira todo lo que hemos generado. Es una realidad muy móvil y no cualquiera le puede entrar. Nacer en medio de la violencia, en la zona de conflicto te entrena la percepción sobre ciertos fenómenos sociales.

—¿Cómo asume su rutina de escritura?

—Tengo rutinas, tengo rituales y no investigo. Me estoy enterando de cosas que pueden formar parte de mi discurso, pero realmente escribo lo que imagino. Todos los días empiezo como a las 5 de la madrugada. Los rituales siempre me ponen en situación, lo cual siempre me ayuda muchísimo, que consisten en leer poemas, trozos de ensayos, hacer ejercicios, hablar con dios. Y me digo a mí mismo que puedo, que soy un tipo capaz, que lo tengo que intentar, que lo mejor que puedo hacer es trabajar y que si lograré algo, algún texto memorable, será trabajando.

Nombre de perro

Sobre Nombre de perro

—En Nombre de perro el trabajo con el lenguaje se acentuó. Parece que las descripciones son menos necesarias y las conversaciones entre los personajes son las que van poniendo en escena la historia. Da la impresión de que hay un intento de despojo y de ser más directo en la narración. Es una narración rapidísima, que no da tregua al lector.

—Sí, la mayoría de mis atmósferas son de acción. Entonces las acciones, la escritura de las acciones no deben ser disgresivas, tienen que ser muy directas porque las acciones violentas, de acción son así. Si la pretensión es que sea una literatura que no solamente se lea sino que se sienta tienes que hacer ese ejercicio. Trabajo mucho para eso, lo calculo, lo escucho, lo siento, le pido a mi esposa que lo lea ella, que me diga qué está experimentando. Es un largo proceso de escritura, no es nada fácil. Igual tiene una dosis de angustia, de desesperación, pero, a la vez, hace falta paciencia para que resulte. Hay que dejar pasar tiempo, probar, probar, probar hasta que queda algo.

Sí la pretensión es esa. Yo quiero hacer una literatura de mi tiempo y quiero ser un autor que genere su voz, que tenga sus seguidores y me da mucho orgullo cuando voy a otro país y me dicen maestro (risas).

—De la saga del Zurdo Mendieta esta parece ser la más crítica. Cada tanto hay frases, oraciones que cuestionan, que interpelan la realidad.

—Sí, es verdad. Creo que al fin hago literatura social, una literatura que cala, que dice incluso asuntos que yo no traté, que nunca quise decir, que ni siquiera escribí, pero lo dice. Sobre todo a partir de una realidad absolutamente inconveniente que la mayoría de los mexicanos sufrimos. Es una carga que la novela tiene, además de todo lo que tiene que ver con el proceso de escritura y todo lo que pretento descubra el lector como distinción de mi prosa, pues también es inevitable que descubra asuntos que tienen que ver con lo que está ocurriendo en la realidad.

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Anotaciones sobre El cuerpo de la transparencia

Miriam Mireles

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rosanaLa cerradura de la portada de El cuerpo de la transparencia (Blacamán Editores y Asociación Civil En Cambio, Villa de Cura, 2012) tienta al lector a mirar más allá de la imagen de la palabra que contempla. Escucha o simplemente es loor ante el borboteo fluido, sin opacidad de los poemas de Rosana Hernández Pasquier.

Y en esa travesía aparecen versos donde el agua padece: sufre, convulsiona, desafina; aguas caracterizando seres humanos en su devenir. Nos sorprende la manera hermosa y simple de aprender del agua, una certeza condicionada al viaje por la llave de metal  y el percibir del ruido de la lluvia: … Si el agua del grifo sale y escucha llover aprende a ser lluvia…

Descubrimos en este camino acuático que la apacibilidad del andén de la estación meteorológica, que pronostica la lluvia, se desnuda en femenino; interpretamos que las gotas de agua son bolas de cristal para especular sobre el futuro del universo y que el conocimiento de su transparencia es esquivo.

Exploramos en este visionar que es El cuerpo de la transparencia, ¿adónde habita la desesperanza? ¿en nuestros deseos? o quizás, ¿se nos ha escapado a nuestros propios espejos? Pero, ¿dónde quedan esos lugares? La poeta Rosana Hernández Pasquier, adelantándose a la duda, nos advierte en el “Lenguaje del mercurio” que no son iguales las aguas a esos cristales que nos reflejan. Intuimos que la sabiduría, la infinitud del misterio está en la lluvia, en las corrientes de los ríos, en las ondulaciones del mar.

Al seguir navegando bordeamos la niñez,…viajo en la memoria de sus tardes…, en  “Invierno” y “Agosto” emergen los gratos sonidos y los divertimentos de nuestra infancia. Nos detenemos en una de sus orillas y aparece la muerte sin avisar, en ella recordamos la frase de Bachelard: El agua es también una invitación a morir. Algunos poemas signan la muerte.  En “Desequilibrio” aflora:

 

Los signos de las aguas estancadas

son ajenos a su naturaleza

En sus bordes reside la muerte

Detenidas

su código es distinto

su número es finito.

 

Caen las cartas del encierro

Dentro

un aleteo de pez nos trastoca

es el recinto de la actuación final

Sin comprender su insondable encantamiento

La inclinación es el gesto de la despedida.

 

Avistamos en “Vaticinio” y “Aislamiento”  la presencia de la terrible vaguada, ocurrida en Venezuela a finales de 1999. A pesar de la tragedia, le estamos agradecidos por no olvidarla. La epígrafe es demoledora: a los que viven para siempre en Vargas.

En este tránsito final por El cuerpo de la transparencia, nos preguntamos ¿Cómo hacemos la lluvia? Y en esa búsqueda incesante en que nos hemos convertido, las respuestas inimaginables las dan la poesía y esta extraordinaria poeta a través de personajes, hechos, plegarias, mitos como hacedores de lluvia:

… enternecerá el corazón de Dios/ y antes del amanecer/ mandará agua sobre los sembradíos.

… Oh Rana/ envíanos pronto las joyas de las aguas/el oro del maíz espera por ti.

… Oh padre/ moja estas endechas.

Soy una muchacha ataviada/ con yerbas y flores/ traigo un velo de lleno verdor/ bailaré en cada puerta /de esta aldea/ y cantaré: mojas las mieses y las viñas/ lava la sangre derramada/ por este pueblo serbio/ que cree en la paz de las aguas.

Siempre es muy fácil regresar a El cuerpo de la transparencia. Desde su inicio se dibujan guijarros líquidos para  ofrendar a ese viaje que llamamos vida. En la relectura sus poemas continúan el viaje desde la urbe: colorea ciudades con corrientes del macadán; regala a nuestro imaginario que los rascacielos sí conocen del idioma de la lluvia. En “Las miasmas” reconoce que la muerte sale por el grifo de las tuberías: En la ciudad nos circundan/aguas negras y muertas/ Vienes por el grifo/ pero hemos olvidado tus márgenes/y la líquida geografía/ de tu cuerpo

Rosana Hernández Pasquier en cuencos sobre los que yacen sus poemas llenos de luz, vierte sobre nosotros una pregunta ¿Quién sembró toda esta piel/ de culpas?

No podemos responderle, truena y nos convertimos en lluvia.

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Misionero de nuevo mundo

Tibisay Guerra

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Misionero de nuevo mundoEste primer volumen de un total de tres, recrea la conquista española en Venezuela. Está basado en las crónicas de José de Oviedo y Baños, quien fue Alcalde de Caracas y primer historiador venezolano.

Utilizando una narrativa exquisita, Celis nos lleva a conocer la historia de Fray Salvador Cepeda, misionero español que viaja desde Barcelona hasta las Indias con su hermano Bartolomé como parte de una gran flota de Tierra Firme y convencido de que su misión primordial en este viaje es dar a conocer el amor de Cristo en lo que sería la expedición de conquista hacia la tierra de los indios caracas y bajo el mando de Diego de Losada.

En un largo y peligroso recorrido,  Salvador se enfrenta a una realidad salvaje. Es así como resuenan con terror entre los expedicionarios nombres como Terepaima, Paramaconi y el más temible: Guaicaipuro, comandante de las fuerzas indias en el valle de los caracas. Pero también se deja seducir por lo inédito de una tierra bendita por su naturaleza y lo incauto pero valiente de su gente.

Siguiendo los pasos de Francisco Fajardo y a lo largo de un Guaire poco profundo pero cristalino, se encuentran con la tribu toromaya. Es aquí donde la voluptuosidad y belleza propias de la india venezolana se manifiestan a través de Apacuana, sobrina de Paramaconi y prometida de Baruta. Esta india y su encanto, juegan un papel fundamental en un inédito desorden “corporal” de Salvador. “ Ella olía a humo y a cenizas, a tierra y a onoto con vestigios de sudor fresco, pero era otro el aroma perturbador que me llamaba.” El erotismo también se recrea de manera deliciosa “me envolvió en un melado de besos y palabras dulces(…) me enseñó a adorarla hasta que su cuerpo convulsionó en una explosión de una delicia incalculable.”

Resalta la escritora de manera determinante, el porte e ímpetu de nuestros caciques: “Catia era alto y con una fortaleza de cuerpo y carácter que lo convertían en un gran líder.” En este punto no pude evitar decir en voz alta: Por eso es que .

La fe en Dios juega un papel fundamental para Salvador, pero a lo largo del recorrido, viviendo de cerca la pureza de nuestros indígenas y siendo testigo de la malicia de algunos expedicionarios, hace que él mismo ponga en duda el acto de evangelización.  Es como descubrir, después de tanto tropiezo, que serle fiel a su esencia está por encima de todo.

Como he debido dejar claro desde el comienzo: soy una lectora novata. De las que lee de noche o madrugada por falta de tiempo y de las que amanece abrazada al libro de turno. Algunas veces con más fruición que otras, esta fue una de ellas.

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Houellebecq en el pozo de la conciencia

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Configuration du dernier rivageDurante sus estudios de Agronomía en la universidad, el joven Michel Houellebecq ya escribía poemas. Sus introspecciones literarias habían comenzado en su adolescencia, seducido –inexorablemente- por el bosque de símbolos de Baudelaire, tal y como en el pasado también fueron embrujados Verlaine y Rimbaud. Como decía Octavio Paz sobre el simbolista: “Encontrarse con Baudelaire significa encontrarse caído en el pozo de la conciencia”.

Hoy, cuando -a su pesar- es el escritor francés vivo más conocido, Houellebecq regresa al lugar poético, con la reciente publicación de su quinto poemario titulado Configuration du dernier rivage (Configuración del último litoral).

En esta nueva travesía poética, Houellebecq vuelve a meditar sobre la levedad total e irreparable del ser humano, que ha hecho su prosa tan universal: “Viene siempre el momento cuando se racionaliza/viene siempre la mañana del futuro abolido/El camino se resume a una superficie gris/insípida y sin goce, serenamente demolida”. Para extraer el lirismo de esta temática contemporánea, el autor versifica según el rigor de la métrica francesa.

La obra de Houellebecq, testimonia la carencia de toda épica en el presente y la sumisión a la futilidad, como lo refiere en su poema Lado B: “Y luego repentinamente todo pierde su atractivo/ El mundo siempre está allí, lleno de objetos variables/de mediano interés, fugitivo e inestables (…) Este es el lado B de la existencia/sin placer y sin verdadero sufrimiento/salvo aquel debido a la usura/Toda vida es una sepultura…”.

En el poema titulado Un momento de cosmología, se manifiesta la quinteasencia irónica del escritor: “… La nada nos propone una paz relativa/Salvo que imaginemos que vamos a resucitar/resucitar sin conciencia, que nuestros átomos idiotas/repetitivos y redondos como las esferas del loto/van a recombinarse como las páginas de un libro/escrito por un mentiroso/y leído por  cretinos”.

Frente a la disolución de lo humano en el mundo contemporáneo, los poemas de Configuration du dernier rivage, redondean una cavilación sobre el fin: “De qué nos vale la desaparición de los prismas/las cosas se organizan y se configuran/en su simplicidad lateral/Y no es la diversidad orgánica/o las viscitudes del orgasmo/ni la brutalidad del espasmo/lo que podrá alterar la perfección de la técnica”.

La originalidad, para Baudelaire, es el sello que el tiempo imprime en nuestras sensaciones. Este sello en la sensibilidad creadora de Houellebecq, deja heridas que no cicatrizan: “Desaparecidas las promesas/de un cuerpo adolescente/entramos en la vejez/donde nada nos espera/salvo la memoria vana/de nuestros días desaparecidos/un sobresalto de aliento/y la desesperanza desnuda”.

El discurso lírico enfrenta a la voluntad creadora y al estupor, esta es la contradicción de la poesía luego de que la historia se abatió a lo humano. Houellebecq se suma a este anatema, intentar la poesía sin que haya ningún motivo para hacerlo. Queda  el eco de sus palabras pronunciadas desde el pozo de su conciencia, de donde no hay salida: “Habría que atravesar el universo lírico/como se atraviesa un cuerpo que mucho se ama/Habría que despertar los poderes oprimidos/la sed, dudosa y patética, de eternidad”.

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Reseña hecha por @storytellerve09

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New Pompey

Diajanida Hernández G.

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New PompeyCali, el protagonista de la historia de New Pompey, vuelve después de muchos años a su barrio bonaerense natal, vuelve a la casa en la que creció, vuelve al lugar que abandonó. Su padre y su madre murieron, rompió su relación con Jose: “Acaba de morir mi madre. Acabo de separarme. Acabo de renacer entre los restos de una vida destrozada y no hay nada bueno en eso”. Cali regresa sin remedio a Pompeya para recordar y vivir un extraño duelo, regresa para darnos una confesión-relato en tono melancólico.

Cali no soñó para él, ha vivido con el fajo a cuestas de no haber cumplido el sueño de su papá ni de su mamá; es “puto”, no fue boxeador, no se ganó el derecho a cargar un estetoscopio en el cuello. No hubo futuro perfecto. Es puto, redactor de un periódico y aspirante a escritor. Acaba de romper con Jose. La historia de New Pompey se teje desde varios duelos y con un dolor que cuesta llevar, que es difícil de curar. “Me miro en el espejo de la cómoda: ojos atrapados en una telaraña roja de cansancio, cara demacrada de faquir al que le duele la cama de clavos, cuadro sinóptico de una tristeza que clasifica cómoda para el Guinness. Lloré y no me siento mejor que antes, ni siquiera diferente, y eso de algún modo me decepciona. En las películas, los héroes lloran y se limpian. Yo no. El pus sigue, está ahí, en algún lado, como un tigre que acecha entre la maleza de los recuerdos”. Mientras Cali recuerda, se confiesa y se regodea en su tristeza paseamos por temas como el fracaso, la soledad, la amistad, la homosexualidad, el amor, la infancia, la necesidad de darle sentido a la vida.

La melancólica confesión del narrador protagonista de New Pompey no se convierte en una novela triste, y la trama que está al fondo de la voz de Cali está construida en clave negra, el lector seguirá la lectura no sólo para escuchar a ese narrador sino también para saber de un robo y su desenlace. La forma como Horacio Convertini elige contar la historia de Cali (y la del crimen) hace pensar que es una novela compuesta por muchos cuentos: cada capítulo abre y cierra anécdotas, presenta personajes y pequeñas historias que van construyendo el relato de New Pompey. Con este libro Convertini nos recuerda que la buena literatura puede ser directa, honesta, limpia y sin pretenciosas ambiciones.

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