Simpatía por Ibsen

John Manuel Silva

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SimpatíaDijo una vez la economista Janet Kelly que Ibsen Martínez no era un personaje que despertara simpatías automáticas. Por el contrario, en el contexto de unas letras tan conservadoras como las venezolanas, Martínez encarna a un tipo de escritor muy singular: polemizador habitual (casi siempre nombrando al objeto de su polémica con nombre y apellido, al contrario de la común esgrimilla verbal anónima, tan propia de los escritores del patio), defensor de ideas impopulares, protagonista de varios desaciertos en redes sociales (el último incidente fue una desafortunada andanada de inmerecidos insultos contra el promotor literario y traductor, Guillermo Parra) y autor de la telenovela Por Estas Calles, tal vez su mayor estigma, aunque, paradójicamente, también la razón más importante de su relevancia pública, Ibsen no es el típico escritor políticamente correcto e inofensivo, aunque tampoco encarna aquella figura del intelectual público tan popular en la Venezuela de los años 90´s; más bien su imagen se acerca a la de un enfant terrible, pretendidamente provocador y polémico, aunque indiscutiblemente talentoso.

Luego de su renuncia pública a RCTV, y de que el proceso político venezolano que se desarrolló durante la última década del pasado milenio terminara endilgándole, en una muestra de alarmante simplismo y pensamiento acomodaticio, la responsabilidad de ser uno de los mayores culpables de la ola anti-política precursora del posterior proceso de desinstitucionalización del país, Ibsen Martínez optó por dedicarse de forma exclusiva al periodismo de opinión y a la ficción literaria. En el año 2000 publicó El mono aullador de los manglares (Caracas: 2000. Grijalbo de Venezuela, 310 p.), una novela con la que Martínez comenzaría a exorcizarse de su imagen pública. Aquel brillante retrato del mundo de la televisión, que parte de una anécdota absurda, sería el inmediato precedente estético de su tercera novela, Simpatía por King Kong (Caracas: 2013. Planeta, 166 p.). Lo dijo el propio autor durante la presentación de la misma, en el recién finalizado Festival de la Lectura de Chacao, cuando, en divertida tertulia con César Miguel Rondón, Martínez comentaba que luego de intentar escribir sobre Carlos Marx en su segunda obra, había descubierto que su tema era la televisión y que debía volver a él. Esta resignación del autor al admitir cuál es su tema, puede notarse en las páginas de la novela, en el cambio de tono respecto a su primera obra. Porque aunque Simpatía por King Kong también recurre al mundo de la televisión, está escrita de un modo más amable; y no sólo hablo del estilo farragoso y complejo de su primera obra, que aquí desaparece para contar la historia de una forma sencilla que apenas y si da algunos saltos temporales nada confusos, sino también en la forma de abordar los personajes. Mientras que El mono aullador de los manglares era una novela que trataba a sus personajes con una áspera distancia, en Simpatía por King Kong hay espacio para la humanidad, gracias a una mirada compasiva y hasta tierna, como reconoció el propio Rondón cuando la presentaba.

En tan sólo siete capítulos, Martínez cuenta tres historias. Primero, la del sonero cubano Kiko Mendive en sus años postrimeros, cuando ya era conocido por todos como El Casanova Noventa, o cualquier otro personaje que hubiera hecho popular en Radio Rochela, el programa cómico más exitoso de la televisión venezolana. Viejo, mariguanero, solo, derrotado y pobre, Mendive es fabulado por Martínez como un hombre que, cercano a su vejez,recibe unos disparos durante los saqueos de El Caracazo, en 1989, mientras se roba un vibráfono de una tienda de instrumentos musicales.

En segundo lugar, en un largo flashback, se nos cuenta la historia de Mendive en sus años de sonero, durante la luminosa época de los cuarenta, en pleno esplendor del cine mexicano y la música cubana. Aquí, de forma inteligente, la novela resume varias de las leyendas que rodearon la vida de Mendive. Se contraponen versiones, como aquella que aseguraba que Mendive había descubierto a Pérez Prado, el Rey del mambo, y que éste lo había traicionado una vez alcanzado cierto éxito; con otras versiones, que dicen que el también actor del cine mexicano se vino a Venezuela simplemente porque el sindicado de artistas de ese país le había retirado el carnet para trabajar, y prefirió a Venezuela porque en Nueva York no tendría futuro y en La Habana estaba condenado a ser uno más del montón. Estas historias están contadas por retazos, personajes secundarios se la van contando al narrador, Raúl, un redactor del noticiario del canal de televisión donde Mendive pasa sus últimos años.

La tercera historia que Martínez narra en esta novela, es la del segundo periodo presidencial de Carlos Andrés Pérez. Es esa época el tapiz de fondo frente al cual se narra todo. El retrato de ese periodo, lejos de ser dramático o estar salpicado de análisis sociológicos-políticos, como cabría esperar de un autor que lleva unos veinticinco años siendo uno de los más leídos articulistas de la prensa local, es bastante cínico y tragicómico. Por un lado está el canal de televisión montándose en la ola renovadora de Pérez (nombrado púdicamente como numberone), asignándole a una periodista, Wanda, con quien el narrador tendrá un romance, la cobertura de los primeros cien días del plan de reformas económicas que llevaría al país a la modernidad y que devino en un violento naufragio apenas veinte días después de anunciado. Después está el cruel retrato de ese naufragio, un resumen nada idealizado de la ola de saqueos y represión de febrero y marzo de 1989. También la emoción de la antojosa clase media con Fidel Castro, quien visitó el país para la fastuosa coronación de Pérez en el Teresa Carreño. Así como algunos brochazos sobre los tecnócratas que conformaron el gabinete de aquel gobierno, los Harvard Boys, tan brillantes académicamente como desconectados de la realidad política de la Venezuela de ese entonces.

Simpatía por King Kong es una novela muy cómica, está narrada sin ese engolamiento grandilocuente que caracteriza la peor narrativa venezolana reciente, pero no por ello deja de ser una novela seria y profunda. Aquí habría que hacer la distinción entre narrativa y retórica, digresión que algunos escritores locales no saben hacer. Una historia dice en tanto cuenta, a medida que se nos cuenta una historia, de ella se desprenden los temas que trata. Narrar no es colocar una sucesión de frases retóricas llenas de obviedades y cursilerías, más cercanas a las moralinas de autoayuda que a la literatura, con algún leve brochazo de ficción. En el caso de esta novela, el tono distendido e irónico, amén del endemoniado ritmo en el que está escrita, podría llevar a pensar que se trata solo de una historia entretenida cuando no es así, nunca es así en las ficciones de Martínez, quien ha hecho de la derrota y el talento desperdiciado el tema que cruza toda su narrativa. La derrota sin épica, vale decir, y sin romanticismos. No se trata de personajes melancólicos acodados en la barra de un bar, recitando poemas pavosos mientras escuchan música triste y añoran amores imposibles. Los derrotados de Ibsen tienen un cariz distinto.

En El mono aullador de los manglares eran personajes brillantes derrotados por la falta de oportunidades y reducidos a entregar su talento a la televisión. ¿Recuerdan el despiadado retrato de José Ignacio Cabrujas, transfigurado en un tal Manuel Villaurrutia?, ¿o a las Latiniparlas, amigas de la esposa del protagonista, resignadas a escribir trabajos universitarios que no leería nadie, aunque se creyeran mujeres muy cultas y de avanzada?, ¿o al propio protagonista de aquella novela, un libretista de telenovelas, periquero, bebedor y golpeador de mujeres, al que su trabajo provocaba impotencia y cuyo mayor logro fue levantar una farsa televisiva con un fiel de José Gregorio como excusa?. En esta Simpatía por King Kong los personajes son otros perdedores, comenzando por el narrador, quién presume que su chica es amante del mismísimo Presidente Pérez, y que terminará, viejo y sobreviviente de un infarto, persiguiendo la historia de Kiko Mendive, luego de recibirle al sonero una grabación inédita de una canción, la que da título al libro, que había compuesto para Pérez Prado y que nunca llegó a grabarse (el episodio en que Mendive cree que grabará el tema para que sea la tonada central de una serie que se desarrolla en el canal, es demoledor). Y terminando, claro, con el propio Kiko Mendive, a quién Martínez da una muerte muy triste luego de El Caracazo, aunque en la realidad el sonero murió, de la misma forma triste y patética, en un ancianato, en el año 2000 cuando ya nadie se acordaba de él.

Precisamente en aquella luminosa primera novela de Ibsen se hablaba de un nomenclátor que podría llamarse Inconclusos Latinoamericanos, y del que pudieran ser parte, además del propio Cabrujas, gente como Tin Tan, Felisberto Hernández o Arsenio Cué. Hombres brillantes, destinados a carreras luminosas, pero obligados por las circunstancias a ser personajes menores, cuando no a ejercer labores que en nada hacían justicia a su talento. La historia de Kiko Mendive, parece decir Ibsen, bien podría tener una ficha en ese inexistente trabajo. La suya es otra historia más de un gran talento perdido. Aunque, en el caso de este libro, la mirada del autor sea mucho menos cruel que la que ponía sobre Cabrujas y los otros en su primera obra; el Kiko Mendive de esta novela se reafirma a sí mismo en su derrota, es un personaje digno e inspira mucha ternura, algo inédito en la obra de un escritor que, hasta ahora, se había negado a sentimentalizar sus historias. Es en esa historia, profundamente humana, en donde uno, como lector, termina simpatizando con Ibsen Martínez y olvidando sus desaciertos públicos.

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Jezabel en la mesita de noche de Baudrillard

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JezabelAl finalizar Jezabel, la nueva expedición de Eduardo Sánchez Rugeles por nuestras apostasías mantuanas, el lector echará de menos el arquetipo de héroe infausto de sus libros anteriores. Hay cánones que no deben romperse, la novela negra tiene sus reglas invisibles. En la historia más reciente del autor de Liubliana, sobra expresionismo y falta suspense.

El problema no es la anécdota sino su enfoque desde la mirada tediosa de Alain Barral, una figura bidimensional e intrascendente; quien, por más que se regodee en ello, no logra escapar a su propio determinismo moral. El viaje del lector naufraga en el piélago de la ceguera y el miedo de Barral. Sin misterio, pistas o soluciones. Hay cánones que no deben romperse.

Jezabel se alimenta de la contemplación extática de nuestra banalidad. Alain Barral y sus amigas, según las disquisiciones de C.S. Lewis, serían espejos en el que reflejamos nuestro “yo más sombrío”. Este simulacro del Narciso, precisamente, desvanece el propósito de la historia y hace más ominosa la impunidad de la muerte de Eliana Bloom.

La transgresión como estrategia fatal en el imperio de los signos, lleva a los protagonistas de Jezabel a la traición última: la de sus verdades. Es el precio por disfrutar, en palabras de Baudrillard, del “sabor fatal de los paraísos artificiales”. Expulsado de cualquier materialismo, Alain Barral enfrentará el castigo más severo que se conoce desde el origen de la humanidad: el extravío errante. Vivir sin contextos de referencia es la pena del protagonista de Jezabel. Literariamente, este recurso funcionaría, si no se tratase de una novela negra.

Sánchez Rugeles reelabora, en grado superlativo, el mal du siècle de sus personajes nihilistas. Como Baudrillard, intuye que el cinismo es el orden secreto de las cosas; pero en Jezabel pierde de vista lo esencial: la demolición de los signos es catastrófica (también en la literatura). Cacá, Eliana, Lorena y Alain alimentan por ratos el goce efímero de lo fantasmagórico que yace en nuestras conciencias lectoras; pero no se insertan en la lógica de la novela negra, cuyas historias entraman las claves de supervivencia de sus héroes.

No sorprende que los muchachos de Jezabel, se sientan privilegiados por no padecer el infortunio de amar. Su dialéctica caníbal les hizo olvidar lo que se sabe desde Cien años de soledad: que las especies incapaces de amar no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.  Un Baudrillard imaginario cierra el libro y sonríe: “¿con quién compartir este fin irónico?”.

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Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

Los cuentos prófugos de Esmeralda

Cuentos prófugos  Los ecos de un sueñoLo primero que vale acotar sobre Cuentos prófugos, colección de cuentos de Esmeralda Tosta Montserrat, es su diversidad. Dentro de este conjunto la autora despliega un extenso abanico de temas y formas de aproximarse al relato. Así pasamos por medio de confesiones, angustias, pérdidas y miedos, al mismo tiempo que por recuerdos, alegrías y amores, todo en el marco de la cotidianidad.  Con abundantes detalles y descripciones sensoriales, cada uno de los cuentos no sólo nos conecta y atrapa como espectadores, sino que nos coloca dentro de su realidad. De esta forma, y con un ritmo que nos mantiene en permanente estado de atención, vamos descubriendo cada uno de estos pequeños mundos.

Por otra parte, Los ecos de un sueño es una novela corta en la que Esmeralda Tosta Montserrat nos presenta la historia de la familia Di Pietro. Partiendo de la llegada desde Italia de Carlo y María Pía, y durante diversas generaciones, somos testigos del establecimiento, evolución y caída de una dinastía criolla centrada en la industria hotelera. A partir de este tronco principal la trama se expande, las ramas crecen sólo para volver a él cargadas de nuevas visiones.

Cada miembro del clan Di Pietro vive la novela familiar de forma distinta, cada uno crea su identidad a partir de su memoria; sus experiencias, sus recuerdos y vivencias son el punto de partida que lo definen como un ser, cada uno va agregando sus logros y tragedias. Los recuerdos se convierten en símbolos que los conectan con su pasado. Su significado no se encuentra en los hechos. Les dan sentido y valor distinto dependiendo de cómo se han visto afectados. Todos estos trazos forman una compleja red que sostiene delicadamente la narración. Así se establece la continuidad entre el presente desamparado, el pasado confuso, un tiempo lleno de triunfos y pesares, que lo precede, y el futuro incierto, desconocido e inminente.

Un libro donde se juntan la novela y el cuento y que nos dejó un sabor agradable, recomendamos su lectura.

Reseña hecha por Libro del día.

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Todo sucedió en un año

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Todosucedio400Caracas en 1957 era otra ciudad, una ciudad llena de espacios, con poca contaminación, donde existía una prohibición de tocar corneta vigente y el uso de la misma era penada por las autoridades. Toda una utopía existente y latente; donde los teatros, los espacios culturales y de recreación predominaban para el disfrute de sus habitantes. Estaban las salas de cine Imperial, Junín, Broadway, Metropolitano, salas de las que hoy poco o nada quedan, o sencillamente fueron convertidas en templos o lugares estatizados fuera de su uso original. A Isidoro Cabrera, ese último hombre al que Billo le dedica una canción que nuestras generaciones bailan con ligereza, se le podía encontrar frente a el restaurante Tony`s, en Plaza Venezuela para poder hacer un paseo en coche por la zona, el último coche que soportó el pasó de la modernidad y el concreto. Caracas de noche no cambiaba de piel ni se convertía en la ciudad que todos tenemos en el presente. La Caracas del 57 era un adolescente en formación.

Pero también en 1957 Caracas (y toda Venezuela) estaba regida por la dictadura de Marco Pérez Jiménez, el último dictador militarista que doblegó al pueblo a mitad del siglo XX. La persecución política era el pan nuestro de cada día, las desapariciones, los allanamientos, la lucha. Caracas era las dos caras de la moneda: por un lado era la ciudad con más proyección en Latinoamérica gracias a su moderna infraestructura y por otro lado era una ciudad políticamente opresora, que no permitía un pensamiento distinto al oficial. Este año fue crucial para poder lograr al derrocamiento del dictador, por medio de la organización de la oposición de esa época que abrió la puerta a un nuevo sistema político por el cual se luchaba: la democracia.

Bajo estos dos contextos ocurre Todo sucedió en un año Julio 1957- Julio 1958: antes y después del 23 de enero, el último libro de Gustavo Flamerich. La historia comienza en Julio de 1957 dando una visión panorámica de la Caracas en la que se vivía en aquellos tiempos, a través de la vida un grupo de jóvenes que están por entrar a la universidad, y en especial por Gerónimo, un muchacho que comienza a experimentar el mundo de los adultos a través de las fiestas, los hipódromos y los enamoramientos, que tiene que sobre llevar la experiencia de crecer en un ambiente entre lo dictatorial y lo rebelde, en donde, hasta el padre de una novia, quería ideologizarte.

La novela, como dice su introducción, es un recorrido romántico que busca exaltar los atributos de una ciudad a punto de sufrir un golpe de estado y de cómo fue la misma luego de que ocurrió. Flamerich intenta plasmar la vida caraqueña como un péndulo que se maneja entre el conformismo y el miedo a reaccionar, entre las ganas de un cambio y el valor de quienes decidieron alzar la voz para protestar. Igualmente busca hacer un quiebre dentro de la novela a través del 21 de noviembre, día en que los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela y de los liceos de Caracas inician la lucha contra el régimen perezjimenista, cansados de tanta persecución. Es aquí donde el tono de la novela cambia y comienza a contarnos los desaparecidos, los escondidos y los perseguidos que también son familia de alguien, amigos de alguien y que no pueden regresar a celebrar las fiestas decembrinas con sus allegados. Casi 50 años después nuestras navidades siguen estando signadas por la zozobra.

La misma novela lo afirma en el capítulo 21 de noviembre de 1957: “Se puede decir que en el año 1957 comenzó una etapa en la preparación de la juventud venezolana para la intervención en la política y búsqueda del rumbo en el camino de la toma de decisiones en los destinos del país”. Estos estudiantes se formaron más allá de sus casas de estudio, aprendiendo lecciones de consignas como ¡HUELGA YA!, ¡ABAJO EL DICTADOR! y resistencia, mientras luchaban desde la clandestinidad contra el gobierno

A partir del 23 de enero de 1958, bajo el grito unísono de “Ganamos. El dictador huyó” y “Nos jodimos. Se marchó el orden” se derroca a Pérez Jiménez y comienza otro país. Con una nueva Junta de Gobierno, presidida por Wolfang Larrazabal, los ciudadanos van con duda por su ciudad día a día, tratando de volver al trabajo, a la escuela, en una Caracas en la que aparentemente no existen personas que impongan la ley en estos tiempos de incertidumbre donde, incluso, un brazalete podía salvarte milagrosamente de la cárcel. Es así como comienza la democracia: tanteando entre lo desconocido. ¿Qué pasa luego del 23 de enero? Pues los exiliados vuelven, se instaura un nuevo régimen y se comienza una nueva vida política donde la participación ciudadana será el ensayo y error de la nueva democracia.

Particular y arriesgada en su extensión, esta novela, como su prologuista lo enuncia “no es un trabajo de investigación política ni con menos una chanfaina politiquera” sino un relato con rasgos históricos que muestra los sinsabores de una época que luchó y entendió el costó que puede llegar a tener la libertad de un país que busca su camino, que los jóvenes siempre serán el germen para comenzar todo de nuevo y encontrar las razones para luchar. Sirvan, entonces, estas líneas para que el lector se entusiasme con su lectura y comparta su visión crítica ante uno de los momentos más apasionantes de Venezuela.

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Reseña hecha por: Libro del día

La vida interior de los ecos de Pron

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la-vida-interior-de-las-plantas-de-interiorEn El cerco, un cruce anaeróbico de situaciones, el argentino Patricio Pron establece una premisa teológica que tiene un sabor a Wittgenstein: “si la Biblia tiene razón y Dios es principalmente una clase de escritor, entonces es uno indiferente a lo que sucede con sus personajes, a los que deja perderse (…) de ser Dios un escritor justo, crearía un cerco de palabras para que sus personajes no se dispersaran (…) y que ese cerco de palabras sería el mundo pero también sería el relato”.

Tal es el primer cuento del más reciente libro de Pron, La vida interior de las plantas de interior (Mondadori, 2013), que ofrece en conjunto un intento de subversión literaria contra los demonios implacables, banales o inverosímiles que subyugan la vida cotidiana.

Títulos expresionistas como Un jodido día perfecto sobre la Tierra, o Como una cabeza enloquecida vaciada de su contenido apuntan la perspectiva de las narraciones del autor. En cuentos como Diez mil hombres o Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas, el mismo Pron hace suya la idea de la desaparición del autor de Roland Barthes, y juega al simulacro asomándose en las entrelíneas de su propio monólogo.

Su técnica discursiva va de lo omnisciente hasta permitirse que las disquisiciones de escritor, sean el propio objeto a ser atestiguado por un narrador encubierto. Los finales de sus cuentos son metáforas de puntos suspensivos que le marcan el sendero al lector, cuando se encuentra frente a frente al significante del protagonista.

La historia titulada En tránsito (cuyo inicio le hace un guiño a Tolstoi) destaca por la intensidad de su pulso poético: “A veces él piensa en ella y se dice que quisiera saber cómo está pero que no va a llamarla y que le gustaría que las colillas, que están apagadas y frías y sucias en el suelo, se encendieran todas de repente como las luces a los costados de una pista de aterrizaje desquiciada al comienzo de un vuelo nocturno…”.

Uno de los puntos clave en la intuición filosófica de Nietzsche, es la observación de uno mismo en el juego estético. En La vida interior de las plantas de interior, Pron se ha contemplado a sí mismo desde los ecos de numerosos Otros que resuenan en su mente; y los ha exorcizado en esta serie de relatos que escribe con la solvencia de quienes han seguido las enseñanzas de los maestros secretos del oficio de narrar; y como él mismo confiesa, de resolver dejarse arrastrar por ese sueño de la literatura “como un mal viento adondequiera que ese viento quisiera llevarme”.

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Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

Se solicita librero

Rodnei Casares

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A raíz de la convocatoria que hiciéramos para El Premio Libro del Año otorgado por los libreros he tenido la oportunidad de asistir a varias entrevistas radiales en las últimas semanas. En dichos encuentros, aparte de hablar del premio, he conversado sobre el papel del librero en la sociedad actual. Traigo a colación esto porque la mayoría de los entrevistadores han coincidido en una pregunta, ¿Quiero ser librero, qué debo hacer? En otras entregas he contado un poco por encima como ha sido mi formación. En esta, haré una lista con algunas de las cosas que debemos hacer si queremos dedicarnos a este oficio.

1.- Lo primero, y más importante, es que te gusten los libros y la lectura. Cualquiera puede vender zapatos o electrodomésticos, pero vender un libro no es nada fácil. En las librerías tendrás que atender a un público que, en la mayoría de los casos, ha estudiado más que tú, así que tendrás que saber muy bien de que hablas.

2.- Tener buen oído, ¿Te acuerdas aquellas clases sobre las normas del buen hablante y el buen oyente? Pues este será el momento para ponerlas en práctica. Humanamente es imposible leer todo lo que sale, así, que si sabemos escuchar aprenderemos sobre aquellos libros que no hemos leído, esas historias que los lectores se mueren por contar.  Aprovecha esos momentos y agranda tu biblioteca mental.

3.- Tener buen ojo, sí, el manejo de los sentidos es muy importante en este oficio. Cada persona que entra a una librería viene buscando algo, pero muy pocas veces sabe qué.  Entonces, si no pregunta directamente, déjalo que se sienta cómodo entre los libros, que mire las mesas y los estantes. Eso sí, nunca dejes de verlo, aprende sobre el lenguaje corporal, en el momento que el cliente necesite algo lo demostrará. Es ahí donde amablemente acudirás en su ayuda y entablaras la conversación.

4.- Hay que tener claro que todas las librerías tienen un fin comercial, en eso nos podemos comparar con la zapatería o la tienda de ropa. Entonces, recuerda que cuando vas a comprar una camisa siempre te la mides, primero a ver si es tu talla, y segundo a ver si va contigo. Igual pasa con los libros. Los lectores quieren ver el tipo y tamaño de letra, sentir y oler el papel (nuevamente los sentidos), leer algunas líneas a ver si la historia lo atrapa; entonces, permíteles a los clientes revisar todos los libros que quieran, siempre que los manejen con cuidado. Si haces eso tendrás media venta asegurada.

5.- Respeta a los lectores. Todos los gustos son distintos, y así como hay mucha6203224417_65fe8c46fe_b gente que sabe más que nosotros, también hay los que saben menos y han leído muy poco. No importa si el autor que busca sea alguien  que a nosotros no nos guste, lo que importa es que esta leyendo, en algún momento crecerá como lector y avanzará. A estos hay que llevarlos con más cuidado, se están iniciando; si los tratamos despectivamente se van a alejar de nuestra librería.

6.- Investiga. Mantente al tanto de todo lo que pasa en materia editorial, averigua la vida de tus autores favoritos, sus curiosidades, escándalos, aciertos. Está pendiente de los premios literarios, oye los programas donde se hable de libros, lee las páginas de cultura. Todos los detalles son importantes al momento de lograr una venta.

7.- Invierte tiempo y dinero en tu carrera. Es muy importante visitar las ferias de libros, nacionales e internacionales, en estos eventos hay muchas actividades para libreros.  Además solo estando en contacto con personas con intereses comunes vas a crecer dentro de la carrera.

8.- Visita librerías, que el trabajo no se quede en las ocho horas reglamentarias. Solo viendo la oferta que tienen los otros puntos de venta podrás mejorar tu stock.

9.- Los niños y jóvenes serán los lectores de mañana. Esos son tus clientes más importantes: mantén un espacio para ellos, déjalos que se familiaricen con los libros, consiéntelos, guíalos, está muy pendiente de sus gustos y, sobre todo, pregúntale sobre el libro anterior. Dale la oportunidad que te cuente la última aventura que acaba de culminar.

10.- Por último, un consejo que aplica para todo lo que te propongas en la vida: divierte con lo que hagas, ama tu trabajo y sobre todo realízalo con pasión.

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@rodcasares en Twitter

Foto: Ana Espinoza

Los escritores también tienen su #Librodeldía

208732_6295836303_6827_nMario Morenza, escritor venezolano, autor de:

Pasillos de mi memoria ajena, (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2008), La senda de los diálogos perdidos, (Editorial Equinoccio, 2008).

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¿Cuál es tu libro del día?

Hoy acabo de terminar de leer Bestiario de Juan José Arreola. Es un recorrido por la fauna del mundo. Una verdadera fiesta de la animalidad, pues muchos de los aspectos que se les endosan a los protagonistas de esta breve pero brillante pieza de la literatura latinoamericana son características muy humanas. La jirafa, el mono, el ajolote, el hipopótamo, cualquiera de ellos, está a un punto y coma de escaparse de la página e irse tranquilamente a reclamar derechos en la plaza más concurrida y cercana, o solicitar una entrevista con Cala para dar a conocer toda su cultura y toda su historia llena de leyendas y misterios, y capaz anuncien que en veinte años se lancen a la presidencia. Uno como lector, se siente en cada pliegue del animal de turno, en cada mandíbula, en cada superficie áspera como la que nos describe Arreola cuando nos habla del rinoceronte, o de la lentitud  reflexiva y memoriosa del último “modelo de maquinaria pesada de la naturaleza”, el elefante. Cada una de estas breves historias nos desgranan cómo la biología en la Tierra puede tener distintas formas de presentación, pero al fin y al cabo, todas las adaptamos a nuestra manera de ser, pensar y comportarnos. Bestiario se trata del ser humano realizando un elaborado ejercicio de mimesis. Nos leemos en lo animal: cada colmillo y cada protuberancia ósea es el códice que nos define.

Un breve libro, sí, pero recomiendo que lo lean con un lápiz Mongol a la mano, ya que no pararán de subrayar y subrayar. Una recomendación: si llegan a leerlo o releerlo, que sea en la mañana, y que sea a razón de una historia por día. Antes de levantarse de la cama, cepillarse, bañarse y partir a la oficina. En el safari diario, ese animal en más de una ocasión se les manifestará, ya sea en la conducta de los (moto)taxistas, o en la psicología variable de cajeros bancarios. Siempre ese relato dejará huellas de su existencia, o más bien, de su persistencia, a lo largo, ancho y profundo de la jornada. Quizá en la noche, cuando estemos en el proceso de quitarnos el día de encima, de bañarnos, cepillarnos e ir al sueño, pensaremos que el guión onírico que nos prepara nuestro subconsciente hará aparecer, febril y soberbio, una de estas bestias del catálogo arreoleano.

¿Algún placer culposo literario?

Años atrás no me atrevía subrayar ningún libro, ni mucho menos doblar sus hojas. Para mí, el subrayado era una herida que uno podía esgrimirle a la página sagrada de un Muñoz Molina, un Villoro, un Marías o Vila-Matas. Doblar una página, suponía su fractura.

Alguna vez escuché a una profesora de bachillerato decir en plena clase que “un libro que no estuviera rayado era un libro que jamás había sido leído, era un libro incompleto”. Sus palabras, aunque magistrales, con ese tono con que pronunciamos las frases que nos recomiendan la moral y las luces, las juzgué como la mayor de las blasfemias: el lema de una sociedad secreta antilibros.

Para aquel entonces, apenas leía a Otrova Gomas y Aquiles Nazoa, y soñaba con escribir obras como las de ellos (y aún el sueño persiste). Con el tiempo, y ya en Letras UCV, la lectura se me convirtió en una actividad de cotidiana ferocidad. Hallaba una frase iluminadora y de inmediato acudía a un desteñido cuaderno Caribe. En él, hasta el indio de la portada se veía anémico y a las siluetas del mar se ceñía un oleaje amarillo, contaminado por un extraño moho. Era una visión desalentadora si el cuaderno lo hubiera destinado para anotaciones de Biología o Ciencias de la Tierra (ya las tablas de multiplicar y dividir de la contraportada eran una tabla única de pruebas microscópicas de nuevos elementos químicos). En ese deteriorado cuaderno transcribí las mejores frases y ocurrencias de los escritores que iba descubriendo en mis primeras lecturas. Me gustaba una frase, y allí estaba mi cuaderno Caribe para recibir a las nuevas palabras como si se tratasen de coordenadas y latitudes que más tarde me revelarían un misterio del universo.

Para bien, la situación ha cambiado. La militancia pro-derechos-de-las-páginas-sin notas-marginales-ni-subrayados ha cedido a favor de una vida literaria más práctica. Mi sueño adolescente ha quedado en el olvido. Un vago recuerdo de mi inicial método de clasificar frases.

Hoy, para bien, la situación ha cambiado. Con la ayuda de un lápiz Mongol, en el Metro, en el Instituto de Investigaciones Literarias UCV, o en Coche, si me topo con una frase genial, que capte mi atención, que me haga comprender un poco más del Universo, una frase potencialmente citable o tuiteable, o perfecta para el epígrafe de algún cuento o para citarla bajo las reglas APA; pues bien, respiro profundo, y con la frialdad de Django y el doctor Schultz que en mis tempranos 20 años nunca me imaginé ser portador, tomo mi lápiz, trazo en la página una línea vertical que extenderé desde un punto determinado paralelo al comienzo de la frase hasta que ésta concluya.

(En la transición entre no rayarlos en lo absoluto y ahora apenas con lápiz, lo que hacía antes era dibujar un círculo alrededor del número de la página que contenía la frase reveladora. Así sabía que en la 156 o en la 404, se encontraba una buena frase. Releía la página y de seguro daría con ella en alguno de los párrafos.)

No puedo negar que este placer me deja algo de culpa. Que en cada centímetro de estos trazos verticales mido mi traición a los ideales primigenios de lector. A pesar de todo, está una compensación. Dentro de unas décadas, por allá, a finales de febrero de 2033, sabré con certeza cuál fue mi lectura de Bestiario cuando tenía 30.8 años de edad y estaba a semanas de ser magíster en Literatura Venezolana.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

En mi adolescencia dos autores me llevaron de la mano a elegir Letras como carrera universitaria: Otrova Gomas (Jaime Ballestas) y Aquiles Nazoa, el primero con la totalidad de sus obras y el segundo con su Humor y amor. Me llevaron de la mano no por una acera ni bulevar, más bien, me guiaron a través del abismo que significaban para mí los algoritmos, las fórmulas matemáticas para resolver problemas de Baldor y que, a veces, con la ayuda de las gomas Nata, lograba traficar estas fórmulas como chuletas, ese material ilícito a la hora de un examen. ¡Esas fórmulas! ¡Esas fórmulas para calcular la velocidad de una pelota que tardó 7 segundos en caer desde un décimo tercer piso o el periodo del Berilio o cualquier problema que se le ocurriera al redactor creativo de Física 9no! Cada fórmula una para mí más complicada y extraña que la anterior: ¿cómo aprender sobre sustancias que ni siquiera sabía de qué color eran ni mucho menos a qué demonios olían? (muchas huelen como debe oler un demonio).

Me es difícil precisar obras, pero sí autores. Ya he mencionado algunos en esta entrevista. Pero puedo nombrar otros más cuya narrativa me ha impactado, me ha hecho repensar la vida. Por ejemplo, toda la literatura de Augusto Monterroso es una. La de Felisberto Hernández es otra. Éste, altamente recomendable como inconseguible, es el número 116 de la Biblioteca Ayacucho, que recopila gran parte de sus cuentos y novelas. De Bernardo Atxaga, si comienzas a escribir narrativa, es de carácter obligatorio dar un paseo por las páginas de Obabakoak, siempre agradezco estas clases con Luis Felipe Castillo en Letras, por allá, por el año 2002 en el aula 207; él, fervoroso, nos mandaba a leer Obras completas y otros relatos, a Cortázar, a Hemingway, a Carver, a Marías y a Villoro. El libro Vacío perfecto es de los más geniales que he leído. Se trata de críticas a libros inexistentes. Su autor es el Stanislaw Lem. Cada uno de estos autores me ha abierto una compuerta, una posibilidad de saberme parte de otros mundos de ficción, de saber a qué velocidad cae la realidad cuando se lanza por la ventana a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde.

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@MarioMorenza en Twitter

Foto: Nenúfar Colmenares

Cosas que puedes saber de Enza García Arreaza leyendo sus plegarias

Violeta Rojo

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Plegarias para un zorroEn este nuevo, reciente, magnífico libro de Enza García Arreaza, cada cuento pareciera totalmente distinto al anterior y un ejemplo en su género, pero también hay sorpresivos hilos conductores que conforman un todo orgánico.  Hay elementos fantásticos, autoficcionales, líricos, eróticos que confluyen en un durísimo retrato de la realidad venezolana reciente. Quizás más duro que los más duros libros que hemos leído sobre el tema en estos años. Quizás más acertado en desnudar el momento político que muchos ensayos.

Pero no quiero hacer una lectura de profesora, solo quiero decirles porqué este es un libro que vale mucho la pena leer, entre otras cosas porque está escrito de manera maravillosa y porque además de una aguda y no siempre directa descripción de lo que pasamos, también la magia, el amor, el dolor, la sexualidad anidan en estas páginas. En suma,  lo que quiero es decirles porqué deberían leer este libro y también que uno puede aprender  muchas cosas sobre Enza, los zorros, los espíritus, los hechizos, el tiempo, la muerte y nosotros leyendo estas páginas.

En Gracias Nuestro señor Alexander Stein, por ejemplo aprendí que Enza (o un personaje que no puedo dejar de pensar que es Enza, o una narradora que se parece sospechosamente a Enza, pero que debe ser otra porque los escritores juegan mucho a enmascararse) quería ser astrónoma.  También supe que tiene un tarot de su abuela, la que tenía la casa llena de patos; que espía besos, que a su tía Lucía le hicieron una maldad al lado de una mata de nísperos y que revisa la correspondencia ajena para averiguarle la vida a los demás. La narradora escribe un español diáfano (y el adjetivo lo tomo de una diáfana descripción de uno de sus diáfanos relatos). Esta Enza que narra que quizás no es Enza, suma y resta colores y descubrió que “la etimología de una persona no siempre se ciñe a la historia universal de lo cotidiano”. Y no hay que olvidar a  Alexander Stein que puede ser malo, misterioso o bueno, depende del cuento o la circunstancia y que no trabajaba con dioses rústicos.

En Jorge y el dragón supe que se  inventa un personaje que se llama Don Fernando de los Santos Lugares y Cortés, que es dueño de barcos y consiente a su hija Luna en demasía.  A esa pobre Luna, por cierto, “el lecho siempre sabría a mar pútrido, a cielo negro despellejándose en la dilación de un vacío”, y coincidirán conmigo en que eso es una desgracia. Hay indios devotos de la luna  del cielo que protegen a la mujer que se llama como su diosa.  Hay un niño con mal poder a quien llaman San Jorge, que vive cerca de un monte donde vive una vámpira a ofrecer saciar la sed de los que piensan en agua. Y por supuesto aparece Federico, porque cuando hay lunas se abre camino a un poeta de gitanos.

En la historia de Andrei Baladescu y los caballos supe que es una mala costumbre poner primero los adjetivos y hacer del primer deseo del día una metáfora. Y me asusté cuando apareció de nuevo Alexander Stein y descubrí que quizás no es el mismo y que el problema de éste tiene que ver con el diablo y un bar que se llama Dracul, porque además el asunto es en Transilvania. (Y que conste que es la segunda referencia a nosferatus en dos cuentos). Además hay una Cornelia que no es la Cornelia de Blaga, pero prima de él y terminan apareciendo fugaces los Poemele Luminii. Pero el Lucian que vuelve a Caracas es otro, es hijo de la señora Stein que también leía la muerte. Y además aparecen los Strigoi, que son unos vámpiros y vamos por la tercera referencia a Nosferatus en dos cuentos.

En cambio en Vistiendo a Matías el narrador es un señor que vive en la época de Luis Herrera y que dice, muy acertadamente, que el tiempo de dios no es ningún perfecto y que más bien ese tiempo parece la “máscara anciana y tribal de un locutor de las tinieblas” (y aquí hago constar que cuando escribía esta cita tuve un lapsus y puse el corazón de las tinieblas y el error tiene sentido).  Aquí también las mujeres son de armas tomar, porque las mujeres de Enza son tan aguerridas que las describe como “fantasmas iracundos, devoradoras de cunas (…), abrelatas, basiliscos”.  (Y aquí les indico que es bueno que se den cuenta que en este libro hay más fantasmas que árboles en el anterior).  El caso es que aquí en magia vivimos, así que los días que la gente nace o se conoce determina como van a ir las cosas. Y los nombres también tienen ánima, así que es malo correr detrás de gente que se llama así o asá. Y se dicen cosas tan hermosas como que “Nuestro tiempo, frente al llanto de una mujer o la imagen de nuestro árbol preferido, sólo es un plagio de la realeza perdida”.

Y después viene Akuma contra el tiempo, que un cuento de un futuro que no va a existir, o quizás sí, o quizás habla de un pasado que existió o quizás no. Aquí hay un diario que explica un mundo y un país con ciudades grises, donde hay una guerra y una insurrección. Resulta que el país es Venezuela y el mundo es el que va a venir y lo que nos espera da mucho miedo. Pero también hay un pasado tenebroso, y hay señores de la absolución y regentes del castigo y una cosmogonía.  Y también una mujer que fabrica un laúd que solo con tocar la piel se lanzaba a tocar solito melodías distintas que eran la ira, la gracia o la risa o la pena que sentía el dueño. Y es un mundo en el que las mujeres domesticaban a los hombres susurrándoles al oído, porque si no se quedaban entre los árboles.  Aquí, “no es fácil mirar a los dioses a los ojos” y hay hecatombes de colibríes y abejas, mujeres que se convierten en detalles olvidados y  y la puerta del infierno es un peñasco de lapislázuli.   Por si fuera poco, a la gente de la tribu se les pueden sembrar recuerdos del futuro y hay zorros con alas. Y vuelve a aparecer Stein, pero quizás es otro distinto al de los otros dos cuentos.

Y por último está Plegarias para un zorro, que es posiblemente el cuento más bello y más triste del mundo. Aquí hay gente que debe abandonar su país y no puede volver, porque Enza otra vez, con la excusa de contar sobre otros tiempos, países y personas, termina escribiendo cuentos políticos, lúcidos, terribles, que me hacen pensar que si aquí la cosa es invivible, afuera también lo es porque salimos cargando un país que es tan doloroso que va sembrando congojas. En Plegarias hay niños solitarios y tristes y niñas que “huelen a hojas húmedas por el rocío” y que se llaman Kitsune, como espíritu de zorro.  Aquí también hay noticias de un país lejano que son tan desoladoras y lacerantes como las que escuchamos cada vez más a menudo.  Quizás más, porque las malas noticias viajan rápido y se fortalecen en la distancia. Y hay en este cuento fantasmas (ya les dije que éste es un libro de fantasmas) y  éstos requieren mucha atención y están vinculados a los zorros de una manera que prefiero no repetir porque me da miedo invocarlos.

Ya ustedes saben que Enza García Arreaza es una magnífica escritora y que sus pocos años de edad parecieran cientos de años de experiencia narrativa. Lo único que me queda es decirles otra vez que hay muchas cosas que se pueden saber de Enza y de lo que nos rodea leyendo este libro, entre otras que la vida es triste, que el país es duro, que el amor duele y que el futuro y el pasado se entremezclan como un juegos de barajas.

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@violetred en Twitter

Cuidar la lectura del otro: sobre el oficio de librero

“Va a resultarme difícil persuadirlos de que, sin embargo, aquello a lo cual llamamos cultura y a lo cual siempre nos referimos abarca siempre escuchar y comprender”.

Hans-Georg Gadamer

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Ricardo Ramírez Requena

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Los libreros no existen desde el principio de los tiempos. Existían los sacerdotes o líderes religiosos y civiles que velaban por cuidar aquellos pergaminos y tablillas que recogían la sabiduría de antaño. Podemos pensar en aquellos que cuidaban y velaban por la biblioteca de Alejandría, según dicen quemada por cristianos, o en el monje Jorge de Burgos, que resguarda celosamente el segundo tomo de la Poética de Aristóteles en la biblioteca de su Abadía (según Umberto Eco en El nombre de la rosa). Estos no son libreros. Debemos llegar quizá, pensando en Occidente, al final de la Edad Media y los espacios de los mercados, en los sindicatos de artesanos, en la separación de los oficios, para pensar en la llegada del librero. Todo esto aunado a los anuncios paulatinos del Renacimiento, y su búsqueda del orden clásico, de aquello que nos enseñaron los antiguos. La figura del librero por tanto está asociada a dos cosas: búsqueda de conocimiento y comercio de ese conocimiento. Es a partir de Gutenberg que podemos ver aflorar con fuerza este oficio, en su sentido mayor: su peligrosidad.

Los libreros alcanzan cierta popularidad en tiempos de la Reforma, en la difusión secreta de los textos de Lutero y de Calvino y, luego del triunfo en diferentes países del quiebre con Roma, en su difusión abierta y constante. Los libreros empiezan a ser, además de vendedores de textos, editores de los mismos. De las carnes favoritas de las llamas en los tiempos inquisitoriales, los libreros imprimieron y difundieron textos heréticos, rosa-cruces, protestantes, diabólicos, paganos. El difundir el conocimiento ha estado más allá de los límites del poder del Estado y las Iglesias. Nada más peligroso que poseer una imprenta; nada más peligroso que seducir con la palabra.

El gran tiempo de los libreros vendría con la Enciclopedia, y su importante labor en Francia y toda Europa, pero principalmente con la Revolución Industrial y la impresión masiva. No sabríamos quiénes son Dostoievski, Dickens, Dumas, Hugo, Balzac, Tolstoi, sin la larga labor de sus editores en periódicos, pero luego, en especial en el alcance de las traducciones, sin la paciente labor de los libreros, que llevaban a libro aquellas obras que empezaron difundiéndose por entregas en los periódicos europeos y norteamericanos. Los grandes libreros se gestaron en el siglo XIX, traspasaron fronteras, tomaron barcos, y llegaron a otros lugares del mundo. Esos libreros salieron de Sevilla, Madrid, París, Hamburgo y llegaron a México, Buenos Aires, Lima, Caracas. Sin los libreros, no tendríamos la mitad de los libros que en su momento leyeron nuestros ancestros.

II

Ana Julia NiñoEl oficio de librero pasa siempre por el servicio, la difusión del conocimiento, gracias a la seducción del otro. Hay una erótica del libro y el librero la conoce bien. Es su legado más valioso: vender un libro significa seducir al lector y convencerlo de su necesidad, o de la necesidad del otro. Pero también, ser un librero significa entender el poder del NO. Saber a quién no venderle determinado libro, y a quién si, por ejemplo. Conocer al otro, con vistas a venderle aquello que sabemos que le gusta. Pero también negarle, aunque sea por un tiempo o para siempre, aquello que podría llevarlo a la perdición demasiado pronto. Todo librero es un Mefistófeles al revés. Serlo al derecho, es ser un vendedor de tienda, con los dientes listos para atacar el cuello. Un Mefistófeles al revés es un librero: aquel que no busca su caída final, sino su cálida conversación a través de los años, según los gustos de ese Fausto particular que es nuestro lector. Porque no hay nada más difícil que recomendar un libro. Pero es difícil sencillamente porque no todo el mundo es librero. Porque un librero sí sabe recomendar y vender libros. Desde siempre.

Pensar en el oficio de librero en el siglo XXI es entender que avanzamos hacia cosas nuevas. Hoy, un librero debe manejar las redes sociales, manejar la publicidad virtual constante, tener la preparación cultural y literaria necesaria: aquella que se va haciendo sin parar, constantemente, con regularidad. Un librero debe asistir a Ferias del Libro, a Congresos de Literatura, a Seminarios. Debe formarse; debe ser una persona en continua preparación. Muchas librerías insisten en la preparación académica de los mismos libreros. Varias librerías independientes insisten en esto en países como España. No sé si será indispensable. No lo fue para los libreros de antaño y los veteranos de hoy. La formación continuada, no académica, puede brindar un acercamiento anárquico y libre, salvaje, a lo que se lee, que con los años se va perfeccionando de acuerdo a los gustos de ese librero. Por otro lado, la academia puede paralizar, frenar el acercamiento a cierta literatura. También, puede propiciarla, dependiendo de la formación que haya recibido, es decir, de la visión de esos lectores mayores: los profesores, que sean abiertos a la experimentación, a las búsquedas, a la investigación. Un librero está marcado por el signo de Hermes, sí, pero también por Apolo y el sentido del orden de un espacio. Ambos pueden convivir, se pelean, se debaten y generan el afán mayor que es la lectura. Un librero es una de las formas de la memoria. Le pagamos para que sepa, para que recuerde siempre aquellos libros que tenemos en nuestra casa, aquellos que nos vendió, para que los recuerde. Su oficio es una invitación a invadir nuestra intimidad, de manera consentida, y a resguardar aquello que forma nuestro intelecto y nuestra sensibilidad.

III

Ana Julia Niño¿Tiene sentido el oficio de librero hoy en día o deberá desaparecer como otros tantos oficios? Creo que este oficio ha mutado en el tiempo, desde hace decenas de años. Tiene una de las capacidades de adaptación más dinámicas que se conocen. Creo, incluso, que el librero, la figura del librero, a partir de la tecnología de la comunicación, sobrevivirá incluso más allá de la idea de librería, sea de grandes superficies o independiente. El librero existirá mientras la idea de texto, asociada a su materialidad o virtualidad, exista. Existirá mientras existan lectores. Y estos lectores dependerán (como la existencia de los libros, de su concepto, de los editores) del acercamiento del librero a sus necesidades de lector. Un librero es aquel que vela por la lectura del otro, más en estos tiempos indigentes. Un librero resguarda: cuida. Su labor está signada por saber escuchar al otro y comprender aquello que necesita.

Un librero, quizá sea el último interlocutor que nos queda.

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Fotos: Ana Julia Niño

Los escritores también tienen su #Librodeldía

Ruffato Luiz_lisbeth Salas1 copyLuiz Ruffato escritor brasileño. Ha publicado los libros Histórias de remorsos e rancores (1998) y Os sobreviventes (2000. Ganó los premios APCA (Associação Paulista de Críticos de Arte) y Machado de Assis de la Fundación Biblioteca Nacional de Brasil con la novela Eles eram muitos cavalos (2001). En 2005 comenzó la serie Inferno provisório. Este año recibió el Premio Casa de las Américas en la categoría Literatura Brasileña por la novela Domingos sem deus. Sus libros han sido traducidos al español, italiano, francés y alemán.

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¿Cuál es tu libro del día?

Estoy leyendo Ganhando meu pão (no sé como se llama en español) de Máximo Gorki. Es el segundo volumen de una trilogía autobiográfica del autor ruso. En esto libro, Gorki cuenta la vida de aventuras y miserias de un niño en una Rusia pobre, paralizada por la ignorancia y por la falta de perspectivas.

¿Algún placer culposo literario?

No, toda mi relación con la literatura es siempre placentera…

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

El libro que cambió mi vida fue Babi Iar, de un autor ucraniano (en la época que yo lo he leído era soviético) llamado Anatoly Kuznetzov… Él cambió mi vida porque fue el primer libro que leí… Y con él descubrí que el mundo era más ancho de lo que creía y que era posible viajar sin salir del lugar… Es un libro terrible, sobre un masacre de judíos en la Segunda Guerra Mundial, pero marcó a aquél niño que vivía en una pequeña ciudad del interior de Brasil…

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