La imagen del lector en Los detectives salvajes

Andrea Mantione 

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dsA ritmos desiguales, pero a la vez compactos, oscila esta historia entre ejes tangenciales tan distintos, y en la cual la lectura juega un papel tan importante, tan protagónico. Los detectives salvajes (1998), del escritor chileno Roberto Bolaño, es, así sin aspavientos, una novela de lectores. Sin pecar de simpleza, puesto que de cabo a rabo estamos sumergidos en un remanso de historias y personajes que orbitan en torno a literatura y a la experiencia poética, tan vasta como es posible.

Dividida en tres partes que tienen sus respectivos ritmos temporales y narrativos, todos en tono confesional, se nos presenta la idea del lector desde su forma más simple hasta la más compleja, pasando por toda una gama de matices en los que la lectura hace vida y se deja vivir. Partiendo de la imagen del joven García Madero, y tratando de hacer consonancia con la búsqueda –tan esencial– de los poetas viscerrealistas Arturo Belano y Ulises Lima, se podría trazar a dedo el viaje que emprenden (o el viaje que los emprende a ellos) en busca de la poesía, esa fuerza magnética avasallante que arrastra y transforma.

En la primera parte, a modo de diario, el joven Juan García Madero nos muestra su carácter de lector novato, y por lo tanto ingenuo, que quiere dedicarse a las letras y que no puede porque sus tíos se niegan. Lo apremian a estudiar derecho en contra de su voluntad. Aquí está presente, en prima instancia, la imagen del lector como especie de marginado del círculo productivo de la vida; la lectura no es un negocio rentable del cual se pueda sacar provecho material. Este acto se convierte, a pesar de su inocencia, en uno de rebeldía para con su entorno porque no se conforma con acallar la llamada que le hace su espíritu –si así se le quiere llamar– para ir a responderle a la rutina. El lector es un rebelde que decide separarse voluntariamente del encasillamiento banal al que lo somete su contexto: por orden de sus tíos estudiará derecho, pero al mismo tiempo acudirá a un taller de poesía para intentar sobrellevar esta “rebeldía impasible” que se agita dentro de sí.

García Madero debe sobrellevar un ritual de iniciación que lo despojará definitivamente de la capa de lector ingenuo e infantil, lleno de inocente entusiasmo, y lo dotará de una madurez poética que no parará de fecundar jamás. Este ritual iniciático, que él al principio niega pero es tan evidente e importante, se manifiesta caótica, inexorablemente: “la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”. Ya son visibles los rastros de una conciencia poética más elevada, que va mucho más allá de reconocer estructuras formales del poema, pero que aún se está leudando en su ánimo y en su carácter. En la mediocre apacibilidad de lo que es cómodo y mundano, aparecen en su taller las dos figuras que sacarán a García Madero de este “ensimismamiento” literario, o ingenuidad poética si se quiere. Arturo Belano y Ulises Lima (que no vienen a ser sino una traspolación ficcional del propio Bolaño y su gran amigo Mario Santiago Papasquiaro) aparecen en la vida del joven Juan para ofrecerle un espacio en el que –dentro de esa enajenación que puede devenir para un lector del ejercicio de la lectura– ya no será un marginado: el poeta cachorro ha conseguido su puesto en la manada.

Vamos viendo cómo, en la mayoría de los casos, el lector no será capaz de sacudirse su inocencia si algo no viene a vapulear los cimientos de su cotidianidad. En este caso, el germen de su iniciación (aunque para García Madero no haya habido ceremonia formal propiamente) es en este taller de poesía que frecuenta, en el que advierte intuitivamente una mediocridad lectora que aún no tiene cómo explicar. Entonces llegarán estos dos muchachos, cual vendaval, a plantársele de plano a la idea tan estrecha –e impuesta– de poesía, negando tajantemente la tradición, como acto de sublevación que todo lector irreverente ha aspirado alguna vez. La gran metamorfosis del perplejo Juan, de la inocencia a un nuevo estado de madurez lectora, se ve claramente en el momento del enfrentamiento entre los talleristas y los poetas rebeldes, en el que todo es más agitado a punto de llegar a los golpes, y se le insta a Ulises Lima a leer uno de sus poemas. García Madero no puede hacer otra cosas más que escandalizarse: “Qué horror, pensé, este pendejo se ha metido él solo en la boca del lobo. Creo que cerré los ojos de pura vergüenza ajena. Hay momentos para recitar poesías y otros para boxear. Para mí aquel era uno de éstos últimos. Oí el silencio (si eso es posible, aunque lo dudo) algo incómodo que se fue haciendo a su alrededor. Y finalmente oí su voz que leía el mejor poema que yo jamás había escuchado”.

Vemos claramente el temor de todo lector inmaculado a aquello que pueda hacerle frente al orden preestablecido. Después de este episodio algo se transforma irremediablemente en García Madero y no volverá a ser el mismo; no volverá a pensar en la poesía como en algo ajeno a la vida, como en un elemento estéril que no sirve de nada en el terreno de la transgresión. Muy al contrario. La lectura cambia al ser humano, sin vuelta atrás. Una vez iniciado en la vivencia poética tangible, García Madero empieza a experimentar cambios no sólo mentales, sino también físicos, aunados a esta fuerza vital que le ha dado este reciente descubrimiento de la poesía, que a lo largo de la novela seguirá tanteando y redescubriendo. En este caso sería pertinente decir que no hay ­–no puede haber–­ lectores inocentes, reinterpretando aquellas palabras de Barthes, que señalan que el nacimiento del lector se paga con la aniquilación de dicha inocencia.

Al ser esta una novela de lectura y lectores, poesía y poetas, también vale la pena echar un ojo a cómo este acto no sólo alcanza a los que la ejercen activamente, sino también a aquellos que pululan alrededor de la lectura y de sus deudores, y que de igual modo son arrastrados de uno u otro modo por su caudaloso raudal. La poesía llega a manifestarse como una energía seductora e irresistible que se debe consumar al instante; como sucede cuando la camarera del bar que frecuenta García Madero le pide que le haga una poesía, pero en el momento: “Yo te invito la copa pero la poesía me la haces ahora”. Nótese la connotación un tanto erótica en la construcción de la frase, con ansiedad y premura, como si fuese una urgencia que ya no se puede contener. Vemos la poesía como forma en que se desatan las pasiones, que encuentra adeptos hasta en los no lectores (si es que acaso se le pueda poner un atavío formal a lo que es un lector). Un caso parecido ocurre con Joaquim Font, en el que evidentemente la lectura juega como un detonante de locura en un agente “pasivo” como él –en relación con otros personajes de la novela. A lo largo de toda la historia (tanto los primeros meses en los que se desarrolla la primera parte, como en el largo periodo de veinte años que comprende la segunda), somos testigos de la paulatina evolución del delirio de Quim, cuya razón de ser se nos descubre como una consecuencia de su relación con la lectura y los lectores que lo rodean.

Éste y muchos otros casos hay en la novela, en que se presenta al lector en muchas de sus facetas, siendo una de las más significativas la del lector que trasciende el acto de leer y adopta el de escribir; la escritura como consecuencia lógica de lectura, las cuales se complementan y se necesitan mutuamente. Pero a pesar de estos infinitos matices y recovecos, Arturo Belano y Ulises Lima pueden ser vistos como los pilares de la imagen prototípica de lector en la novela, rebeldes confesos, desarraigados insurrectos, que muestran el lado de la lectura –en este caso de la poesía– en cuanto hogar; como espacio de sosiego y pertenencia que no les da ningún otro sitio. Viven por y para la poesía. Esto se ve claramente, por ejemplo, cuando se describe el espacio en el que vive Ulises Lima: “El habitáculo es pequeño, tres metros de largo por dos y medio de ancho y los libros se acumulan por todas partes. (…) En el cuarto sólo hay un colchón en el suelo, que Lima enrolla por el día o cuando recibe visitas y utiliza como sofá; también hay una mesa minúscula cuya superficie cubre del todo su máquina de escribir y una única silla”.

Se nos presenta esta austeridad no como una forma de pobreza, sino más bien de libertad, en la que son los libros los que le quitan a ese espacio, minúsculo y vacío, todos los resquicios de inhabitabilidad. El lector que se muestra en la novela es un desarraigado que “puede hacer cualquier cosa por la poesía”. Cualquier cosa, hasta dejarlo todo por ella y dedicar su vida a nada que no sea ella –como hacen Arturo y Ulises en el viaje que emprenden en búsqueda de sus raíces poéticas. Si bien desde el primer momento su vena vanguardista los hace renegar de toda tradición hasta el punto de la ruptura, no significa que no respondan a su propia y más íntima tradición, y no tengan la necesidad de buscar en sus orígenes las razones que justifiquen su existencia poética; lo que hacen al buscar a Cesárea Tinajero, la piedra angular de su poesía, hasta el desierto de Sonora, arrastrando con ellos todo el lastre de la realidad.

La lectura, pues, puede ser interpretada como el viaje que se emprende una vez y para siempre, en la que el lector no deja de ser nunca un detective imparable, incontenible, rebelde, salvaje.

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UNA LECTURA PRECIPITADA DE CONFERENCIA SOBRE LA LLUVIA, DE JUAN VILLORO

Patricia G. Heredia P.

 

si uno permanece en casa
porque llueve de nuevo
llueve plomo y anzuelo

Franklin Hurtado

 

Entre los derechos del hombre figura el escribir largamente, para sí mismo primero, para los otros luego, con un propósito bien o mal definido: el de inundar las vitrinas, las paredes, los países, las casas.

Miyó Vestrini

 

 

descargaDesperté y llovía. No se puede escalar. Vagué por la casa medio haciendo cosas pendientes antes de ir a la oficina y a clases. Fui a la ducha mientras pensaba que para el trabajo final de esta materia también podía escoger un libro que no estuviera en la lista propuesta. Cuál podría ser… Abrí el agua. Recordé Conferencia sobre la lluvia de Juan Villoro y fui a buscarlo. Volvía de la biblioteca a la ducha, mientras lo ojeaba, y pegué la cabeza contra la puerta abierta de un gabinete. Borges casi muere de septicemia y escribió “El sur”. A mí me salió un chichón y empecé a escribir este trabajo.

Mientras, a espaldas de Villoro, yo me siento a escribir mi propia “conferencia” con cierto alivio y satisfacción, su conferencista ha perdido los papeles y está inquieto. Está ya en el lugar y momento de la conferencia y no le queda más remedio que ser honesto con su audiencia: va a improvisar. “¡Perdí los papeles!”, dice. “La conferencia. Perder los papeles es perder la compostura”. Helo ahí, sumido en el caos de lo no asentado en la palabra. Se nubla. Comienza a hablar de sí.

El conferencista es un bibliotecario. Un hombre ordenado, nos dice, a pesar de lo que le acaba de suceder. Le creemos. Se ve decididamente turbado y un poco perplejo. Sin embargo, pronto confiesa que su orden no se extiende a la vida práctica, “se le escapan las cosas”.“¿Dónde estoy cuando olvido lo que tengo en frente?”, se pregunta. Sin darse cuenta, se había respondido a sí mismo en la disertación que lo condujo a esa cuestión: “en el librero”.

Resulta que el protagonista –más que conferencista, bibliotecario o persona ordenada– es, fundamentalmente, un lector. Su vida transcurre con suprema comodidad entre estanterías, lomos y páginas y reina indiscutible sobre butacas durante sus lecturas. Pero, es su relación con el resto de las cosas la que no le resulta tan natural; ¡por distraído! Eso es un lector: alguien que constantemente se debate entre dos realidades y cuya naturaleza tiende a inclinarse hacia la realidad entre las páginas antes que a la que se encuentra fuera de ella. No diremos que todo lector es un Quijote, sumido en su ficción y desentendido del mundo tangible, pero –en todo caso– es el mundo textual el que actúa como punto de referencia para lo que ocurre afuera.

Pronto lo demuestra. Su entendimiento del mundo está mediado por su manera de concebir los textos. De Yola, por ejemplo, no nos habla como una persona metódica y atenta a los detalles, sino como una “naturalista” que cree en “el mundo descriptible” y posee una relación torrencial con la narrativa. Su máximo atributo es acomodar los libros, “conoce el orden alfabético”. Las relaciones del protagonista con las personas, no giran en torno a ellas sino a los libros, que son –para él– el elemento a través del cual logra establecer un vínculo. Los libros son la forma en que se aproxima y entiende al mundo y a los otros. Incluso a Soledad que era –por derivación lógica– alérgica a los libros.

Él es un bibliófilo y Soledad está a las antípodas. No se puede decir que ejerciera de forma activa su desprecio hacia los libros más que ordenándolos “con una dedicación que sólo puede tener alguien que los odia. (Pero) eran sus prisioneros; los mantenía a raya con crueldad”. A Soledad la pierde porque prefiere defender un libro de las manos de ella que a ella de un ratón acechante. La pierde porque “es alérgica a los ratones, y los libros producen ratones” y, en fondo, él es el ratón: devorador compulsivo de libros, no le interesa más que sus páginas y amenaza de la vida humana de ella con sus hábitos de roedor hasta un punto intolerable. “Supongo que en el fondo era alérgica a mí”, concluye.

Luego, llega Laura –con ele líquida–. Con ella la relación tiene bases seguras: es una intelectual y la conoce en la biblioteca, tras una montaña de libros y pesados lentes. El amor, al menos en un sentido, está asegurado. Laura no es un ratón de biblioteca, es un gato; otro tipo de lector. Ella entra en las profundidades de los libros, los desentraña y se alimenta de ellos, pero lo hace con mesura y, después, sabe cerrarlos. Fuera de los libros Laura conduce una vida y los dos mundos no se tocan entre ellos más que a través de su cuerpo, que tal vez sostiene el libro y otra vez no. Para Laura, la relación con el bibliotecario es, precisamente, como ir a leer libros a la biblioteca. Está circunscrita a un territorio –tanto geográfico como físico y no emocional–determinado del que no debe salir. La única forma en la que el mundo de la biblioteca se encuentra con el mundo externo en la vida de Laura es en la satisfacción “orgánica” que se lleva con ella, como un préstamo a renovar.

La relación amorosa fracasa. Un gato y un ratón no pueden convivir serenamente en la misma biblioteca, uno de los dos debe huir o perecer. Es un paraguas –para-agua– el que impulsará la acción definitiva del ratón. El bibliotecario, que todavía no comprende bien los límites entre las dos partes de una vida, traspasará las fronteras. Su colisión con el otro lado lo petrifica –y ahuyenta definitivamente a Laura, ese gato–. Quedará momificado en plena persecución, bajo una repentina y violenta lluvia, como thecat and therat en las cañas del órgano (Se trata de una rata y un gato momificados, encontrados dentro de la caña del órgano de Christ Chruch Cathedral de Dublín. Se presume que quedaron atrapados ahí mientras se perseguían uno a otro. James Joyce los menciona así en Finneganswake, aumentando su popularidad. Localmente son conocidos como Tom y Jerry).

Pero, ¿qué fue de la lluvia? Eso le sucede a un conferencista sin su conferencia: debe reescribir. En la escritura se divaga, pero sin ninguna consecuencia porque el texto se relee, se reescribe y se pule hasta que tenga coherencia y solidez. No puede hacerse lo mismo mientras se habla. Hablar es –como se diría en italiano– scrivere di getto, escribir de golpe, a propulsión, ¡a chorro abierto! Afuera llueve y la audiencia que entra mojada in media res, le recuerda al protagonista el asunto de su ponencia.

“Cuando no estoy leyendo me eclipso con facilidad, me encierro en una nube, como si buscara un libro”, dice. De su biblioteca mental extrae a Dante, para comenzar por su “Purgatorio” la disertación sobre el agua. “Dante habla de la fantasía (…), un impulso que nos permite escapar mentalmente, ascender”. A través de la fantasía literaria, el lector, “extasiado (…) se eleva”. En las alturas, el pensamiento se mueve, pugna. Pero, “¿qué obtenemos gracias a la alta fantasía? ¡Lluvia!”.

Una vez, cuenta, hubo goteras en la biblioteca. No se pudo reparar el techo sino al final de la temporada de lluvia, por lo que hubo que colocar cubetas bajo las goteras y convivir con el “plif, plaf” de las gotas que “caían como si fueran de arsénico”. Ser lector es también ser una biblioteca con goteras. En la lectura, se debe aprender a lidiar con el lento veneno del agua que el autor deja colar por nuestros puntos débiles: soportar el agobiante sonido, minimizar los daños, resignarse a que la atmósfera se verá afectada para siempre. Especialmente, se debe recordar vaciar las cubetas y devolver el agua a su cauce. Una idea persistente que golpea la superficie de un pensamiento estancado trae sus consecuencias; se puede terminar en el “médico por culpa de una cubeta de agua”.

El agua es pensamiento. El agua es maleable: fluye, se precipita, se evapora, diluye las sustancias.En las altas nubes, las ideas chocan entre ellas con violencia para finalmente precipitarse en líquido vital. “A veces la lluvia sale de su jaula” y se dice. El agua, cuando cae, es el lenguaje: la escritura, la conferencia, el monólogo. “Por eso la lluvia es buen tema: afecta al mundo sin acabar con él”.

“Hay algo útil en hablar en voz alta”, en escribir, en decir, en llover. Es necesario el “otro para decir algo”. Por eso leemos, por eso escribimos. Los libros unen a las personas a partir de sus necesidades y sus ideas. Leer un libro –o escuchar una conferencia– es como tomar en préstamo una idea para germinar las propias: “una transmisión, un contagio”. La literatura es el constante flujo y transformación delas aguas –las ideas– de un estado a otro: de lectura a escritura, de evaporación a precipitación. Y viceversa. El flujo de las ideas es indispensable para el ser humano como el ciclo del agua lo es para la vida en la Tierra.

Yo no perdí mi libro ni mis apuntes, tuve a la mano todos mis papeles mientras redactaba estas líneas. A pesar de eso, también a mí me sucedió dispersarme. Son caprichosos los fenómenos atmosféricos y una lluvia no está compuesta sólo de gotas que caen uniformemente. Como en el texto de mi colega conferencista, aquí también la lluvia ha arreciado y amainado, ha habido truenos y relámpagos, afortunados repuntes del sol y arco iris, vientos, muchos vientos irreverentes… Finalmente, la calma. No he logrado hacer una exposición clara sobre un tema específico, pero he podido tender algunas relaciones. Quizás exagero… “Los lectores somos exagerados, muchas veces inventamos asociaciones”.

@pattyghp en Twitter

ENARDECIDA MÁQUINA

 

“…La fleurquiplasaittant àmoncoeur desolé”

Gerard de Nerval. El desdichado.

 

eubm-96-21Un día de mil novecientos noventa y uno, Miyó Vestrini hizo suya una de las alegorías de Nerval y se sumergió para siempre en la gruta de las sirenas. Desde entonces, la violencia de su mirada interior resplandece -en modo de subyugación- en los materiales dispersos a los que el lector contemporáneo tiene acceso.

Pero también en la poesía hay actos de amor, y la editorial Letra Muerta viene de publicar un delicado homenaje a Miyó Vestrini: una reunión de su poesía inédita titulada “Es una buena máquina” (2015). Nada en el diseño del libro fue dejado al arbitrio, y para sus lectores el poemario será un objeto imprescindible en sus bibliotecas.

En “Es una buena máquina”, Vestrini aparece en su embrujo yuxtapuesto de plenitud y desolación. “Odio esa tropa del subconsciente y de la crueldad automática. En mis horas permisibles, renazco antes de la humedad última (…). De rodillas, me dejo envolver por las aguas de Boticelli”. Cada poema es un lacerante ejercicio de vigilia: “Invento gritos, alaridos, revueltas/pero generalmente la gente huye/o se queda silenciosa/Y siempre,/a esta hora,/me muero de ira, de sueño”.

La elección del título del libro, conduce a una época olvidada en el que los sonidos secos de la máquina de escribir daban cuenta de la soledad, la angustia o el dolor de los escritores. El eco circular de las teclas en una sala vacía, era la clave -parafraseando a la poeta- de “los que aún rondan el fuego enardecido”. Para Miyó Vestrini, cada jornada era un testimonial de su meditación con la muerte. “Para la poesía, maldita y aborrecida, siempre hay un día siguiente: la muerte”.

“Entre los derechos del hombre figura el escribir largamente, para sí primero, para los otros luego, con un profundo bien o mal definido: inundar las vitrinas, las paredes, los países, las casas. O en fin de cuentas, suicidarse”. La palabra de la poeta colma el silencio del lector, lo devora.

Asomarse a “Es una buena máquina”,es un réquiem a la solemnidad de los gritos primarios que hay en todo acto creador. El lector se conmueve de la insalvable soledad de la poeta, de su elegancia y excesos.

“Todavía no escoge el lugar/pero piensa ya en el exterminio de la luz/y la inquietud llena de lágrimas sus ojos”. Y otra vez Nerval, MiyóVestrini se sumergió en la infinita gruta de las sirenas. Todavía su frente está roja del beso del fuego enardecido.

@storytellerve09

La ciudad vencida

Ana Julia Niño Gamboa

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©LDF_LA_CIUDAD_VENCIDA_YENITER_POLEO_18112014Febrero, de 1989 o de 1992. Caracas con todos sus íconos: música, colas, violencia en la calle, gobiernos corruptos, ostentosas rumbas, minitecas, estrenos de cine, gente alegre y gente triste, autopistas que en un dos por tres te ponen frente al mar, y todo, todo lo que puede pasar y pasa en una ciudad como esta. En ella, Guaní, un periodista ya casi en retirada y Cariú, una pasante ansiosa de comerse al mundo nos ponen frente a cuentas que sabemos pendientes pero que tratamos de saldar con el olvido.

Pensé que me encontraría con una historia para periodistas. Pero me sorprendí con una novela llena de datos y sentimientos delicadamente hilvanados, sensiblemente tejidos para tender una red que nos traspasa como lectores, que nos mueve como habitantes de una ciudad sacudida por dos eventos violentos que siguen agazapados en nuestra memoria, y que de tanto en tanto vienen a revolvernos a la Caracas de cielos azules y Ávila siempre verde.

Es fácil querer a Cariú, en algún momento me enamoré de Deto, casi pude ponerle voz a ese maniático Guaní, comprendí tanto a Magaly Prieto cuando confirma “no es cierto que el periodismo sea la búsqueda de la verdad; lo que busca es poner en evidencia las mentiras”. En fin, los personajes de Yeniter Poleo existen y con ellos traba una historia cuyos hechos te asaltan para traerte del pasado no superado, y lo hace sin pretensiones moralinas, sin pontificar. Poleo pone en la mesa un tema de ciudadanía que casi siempre consideramos apto para lecciones de escuela pero no como ejercicio reflexivo: lo que no hicimos, la solidaridad ausente, dejamos solos a los familiares con sus dolores, con la muerte, y a muchos, sin sus muertos. Y hoy nos repetimos. Tratamos de huir para volver a la normalidad, dejamos que los gobiernos incumplan con la ética mínima que significa garantizar la justicia y la paz, y no forzarnos a “vivir en un lugar donde las balas obligaran a la conformidad”.

La ciudad vencida más que una novela es un espacio de reflexión y encuentro, o de reencuentros. Es un “coro de voces que celebran sus olvidos con hambre de nuevas rupturas”.

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@Anajulia07 en Twitter

Todos los trenes de César Segovia

LDF_PT_CUBIERTA_RGB_071014Próximo Tren es una reescritura poética de la geografía del tren. Su autor es César Segovia y lo edita con sello impecable Libros del Fuego. Las estaciones de los trenes son el lugar poético de la dialéctica entre sus alegorías y símbolos. Hay en ellas un encuentro continuo entre la lentitud y la rapidez, el partir y el permanecer, entre la presencia y la ausencia. Contemplar los rieles y durmientes convoca la errancia, la lejanía y -para algunos- la muerte.

Desde el punto de partida queda establecido el tema y el vértigo en el poemario de Segovia (“A esta hora toca ser el vidente cegado por la/mínima luz que arde en las ventanas abiertas. Toca ser/el tren que parte desde el ánima lúdica hecha voz/frente al espejo“). En palabras de Eugenio Montejo, este esclarecimiento inmediato del tren como fuente poética ( “la prontitud para relacionar los elementos de su imaginación”) pone de manifiesto el dominio del autor.

Los poemas de Próximo Tren son asomos cuánticos al reverso del tránsito sobre los andenes (“Fue. El ánimo del viaje. Las marcas del gerundio al borde del andén. Las marcas del pretérito en las vías del tren. Las marcas subjuntivas en tus ojos”). Su ritmo es vertiginoso (“Un tren, cada tren, todos los trenes. Una sombra que se aterra con la luz de cada intento desnudo en un resquicio”).

Hay una recurrencia al tránsito y la desmemoria en los textos de Segovia. También al sentimiento universal de los últimos encuentros en las estaciones de tren, en los que las personas quieren comunicarse algo definitivo, pero como sentencia Henry Miller, sus caras son solo máscaras desfiguradas por una sonrisa vacía. Segovia propone una clave poética para la mecánica del tren en movimiento: miradas en gerundio.

“Yo no soy ni tren, ni riel, ni andén. Soy el tránsito desnudo de una palabra por decir”. Es el poeta haciendo énfasis en la creación y no en el objeto. Es Segovia que le recuerda al lector su propia historia personal de trenes que partieron.

No hay indicaciones de salida en Próximo Tren. Las escaleras de las estaciones no llevan a ninguna parte. Siempre habrá un próximo tren escribe César Segovia, para que aprendamos que la desesperanza es concéntrica.

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El perdurable olor de la guayaba

Había visto ese libro cada una de las veces que me sumergía en la biblioteca de mi abuelo. En la portada estaba la foto -casi en primer plano- de un hombre de cabellos y bigotes crespos, cuyos ojos ya traslucían el brillo de la gloria. El hombre de la foto era Gabriel García Márquez y el libro era El olor de la guayaba. Para quienes lo han leído, un taller de narrativa en si mismo.

Lo más fascinante de leer aquellas conversaciones de García Márquez con Plinio Apuleyo Mendoza, fue descubrir todo lo que un escritor debía ingeniárselas para hacer reales sus historias. Como por ejemplo, elevar al cielo a Remedios la bella, con ayuda de unas sábanas extendidas o sembrar guayabas en su casa para recrear en el libro el olor de la costa caribeña.

Incluso, descubrir en esa entrevista de que manera un escritor puede querer tanto a su personaje al punto de llorar toda la noche por haberlo matado; o encerrarse por dieciocho meses a jugarse la vida en un manuscrito.

Tan honda impresión causó en mi El olor de la guayaba, que cuando leí por primera vez Cien años de soledad, tuve algunos prejuicios a causa de las confesiones de García Márquez. Por un lado, conocía algunos entretelones del libro como la génesis de sus personajes, las tramas que se le salieron de las manos, la imposibilidad de plasmar literariamente a su esposa Mercedes en la historia. Por el otro, desconfiaba de ese libro al que su autor le reclamaba haberle robado su tranquilidad por lo que le quedaba de vida.

Nadie que sienta alguna inquietud por la literatura, permanece igual luego de haber leído Cien años de soledad. Su cantidad de arquetipos, tragedias y truculencia vuelven febril la imaginación del lector. Pocas obras son tan propicias para levantar sobre ellas el imaginario de América Latina, pocos simbolismos tan cercanos a una totalidad de la literatura en el mundo. Y sin embargo, siempre el escritor sobre su obra, como un demiurgo lúdico: sólo quería contar las historias como lo hacia mi abuela cuando yo era niño.

Plinio Apuleyo Mendoza invitó a Gabriel García Márquez a reflexionar sobre el gran tema de su obra (a la época de la entrevista): Macondo, el poder… El le responde que si debe haber un tema que conecta todas sus historias es el de la soledad, esa soledad que nace de la incapacidad para amar. Es la misma respuesta de Úrsula Iguarán al final de sus días cuando una tarde suelta su primera palabrota, Amaranta (creyendo que la había picado un alacrán) le pregunta dónde está el animal, y ella responde apuntando a su corazón: “¡Aquí!”

Con Gabriel García Márquez se aprende que ser escritor es un oficio de superlativos, y que la magia, cuando ocurre, exige vértigo y alquimia.

En la muy literaria ocasión de un jueves santo, García Márquez leyó la página final del pergamino de su vida. Tal vez en ese instante, el viento irreparable de la muerte lo devolvió a aquella vía de Acapulco donde encontró el tono para su gran novela, o un poco más atrás a la sala de la biblioteca donde sus mecanismos interiores se sacudieron leyendo a Kafka o, finalmente, a aquella tarde remota en que su abuelo lo llevó al circo a conocer el hielo.

Macondo en ese entonces era una aldea de casas construidas con caña brava y donde un perdurable olor de guayabas en el atardecer, presagia que una historia está por comenzar.

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El Falke. Una tragedia recobrada.

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falkeUna sola escena desnuda la quimera de la última invasión armada al régimen gomecista. Una sola escena da cuenta del espanto: “Son las siete de la mañana. Tenemos dos horas en tierra y Delgado está muerto a diez metros del Puente Guzmán Blanco”. Hace diez años el escritor Federico Vegas, a través de la literatura, le devolvió a la historia del Falke su lugar entre los fantasmas del inconsciente colectivo venezolano. Hoy, una nueva edición (Alfa, 2014) justifica la urgencia de recontar su tragedia.

¿Cuál es el magnetismo del Falke? Por cada arista donde se asome el lector resuenan las diatribas de aquellos expedicionarios: la desproporción entre sus fines y sus medios, el (des)encuentro de la última generación de caudillos con la camada de estudiantes del ’28, el vaivén interior entre modernidad y romanticismo en los jóvenes resueltos a dejar una huella y el convencimiento sintomático en la omnisciencia del dictador. Vegas muestra a Gómez como un amo lacaniano, a quien sólo escuchamos de manera indirecta.

La perspectiva autobiográfica del Falke nos hace empatizar desde el inicio con Rafael Vegas. En su reconstrucción como personaje literario, el novelista Federico Vegas no le insufla a su narrador una dimensión épica que hubiese traicionado la integridad de su legado histórico. Conforme se avanza en el libro, el lector se mimetiza con las pasiones del joven protagonista. Es imposible juzgar a otros personajes como Doroteo Flores o José Rafael Pocaterra, sin afectarse por los prejuicios de Rafael Vegas.

El autor no lo menciona, pero pareciera probable que su protagonista haya leído en París a Proust, ya conocido como autor importante para la fecha de la narración. Eso explicaría no sólo que en las anotaciones del joven Vegas ningún hecho tenga mayor jerarquía literaria que otro, sino también que su constante preocupación por no escribir la totalidad de su experiencia personal durante la aventura. No hay fronteras entre la vida y la escritura en los cuadernos del diarista del Falke.

Mención aparte merece el personaje de Armando Zuluaga, hay en él ese misticismo medieval de los poemas de Ramos Sucre. Podría hacerse un paralelismo entre el fatum del Zuluaga literario y el caballero del poema El Monólogo del poeta cumanés: “… Se ha arruinado con la desdicha y se extravía en medio de las lucubraciones de un entendimiento evaporado”. El carácter de Armando reúne los elementos esenciales del espíritu caballeresco y su muerte es un sacrificio cifrado.

La travesía marítima del Falke se vincula -inexorablemente- a los colores de los mares que cruza. El lector siente la fatiga del viaje junto a los personajes, su desconfianza recíproca. Incluso, siente el temor de verse a la deriva con un estado mayor que todas las noches consulta su destino a los espíritus. Cuando el barco se acerca a Cumaná, la naturaleza del trópico precipita la fatalidad en el destino de cada tripulante. Un siglo antes, Humboldt contempló estupefacto aquel mismo paisaje. Los indios caribes reclutados por Delgado y compañía no eran muy lejanos de aquellos que divisó el naturalista alemán navegando en sus piraguas.

El Falke es una tragedia que la fábrica venezolana de lugares comunes llamaría disparate. Gracias a su lucidez narrativa, Federico Vegas no cae en la impostura y ordena -con un dejo de melancolía- lo sublime, lo solemne, lo irónico y lo banal que hay en toda tragedia. “Acaso no sabíamos que hasta el más cruel y obstinado presente se convierte en pasado” le escribe Gallegos al joven Vegas; en los ecos de estas palabras retumba la inquietante moraleja de este libro imprescindible.

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Alcaravanes al vuelo

Ocurrió en febrero de 1996. Serrat volvía a Caracas, al Teresa Carreño.

A sala llena, el público y el cantautor vibraban en la misma intensidad. La Saeta, Aquellas Pequeñas Cosas, Señora.  A la mitad del concierto, devino la huella.

Serrat invita al escenario a Simón Díaz a cantar con él.

Aplausos y ovación de pie en la Ríos Reyna. Vemos al Tío Simón, sonriente, con su liqui liqui blanco.

Van a cantar Sabana. Un emocionado Serrat hace los prolegómenos y el Tío sigue sonriendo. Le agradece compartir allí con él. Serrat no sabe, todavía, lo hondo que navega su barca al lado de Simón en los mares venezolanos.

Simón Díaz, con una humildad traviesa, quiere demostrarle a Joan Manual Serrat por qué es el Tío de Venezuela entera. Le pide permiso para tararear una canción y, con aquella malicia encantadora de los nobles de corazón, lo previene: “ya vas a ver como la cantan”.

La vaca mariposa tuvo un terné… El público aplaude pletórico y ni siquiera deja al Tío terminar la primera frase. Una sola voz es la Sala Ríos Reyna del Teresa Carreño esa noche. Cada nota, pausa y cadencia es respetada. Los signos de la infancia venezolana cobraron vida allí mismo a través de la Vaca Mariposa: el olor de la arepa, el sabor del batido de parchita, la adrenalina de una travesura,  la felicidad de la lluvia a cielo abierto, las manos azucaradas de mango.

Una sola tonada une a ese público con su cantautor más querido. Algunos más formales le llamarían nacionalidad. Otros más bohemios, inconsciente colectivo. Para nosotros es cariño y del bueno. Una forma elemental de sabernos entre los nuestros.

Serrat se queda inmóvil. Sí claro se lo habían explicado, pero hay signos que reclaman ser vividos. La emoción dentro del Teresa Carreño, es una bandada de alcaravanes al vuelo. Simón le dice, con orgullo: “¿viste Joan Manuel?” Y él le responde, fulminado por el coro de sobrinos que fue su público: “yo también te voy a llamar Tío, Simón”. El liqui liqui nos arropa a todos.

Luego cantan Sabana a dúo.

Hoy la brisa de la mañana nos trajo el adiós del Tío Simón. Y vuelvo a esa noche de 1996 como quien rememora una vida anterior. Hoy Venezuela es una tonada. Hoy el mundo es un solo cielo lleno de alcaravanes.  Gracias por tu vida Tío Simón.

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@storytellerve09

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La insoportable levedad de Murakami

índiceQue Haruki Murakami merezca el Nobel por su testimonio artístico de la lucha de los hombres contra la soledad y el dolor que padecen, es una verdad manifiesta. Pero podría establecerse como hipótesis que, luego de haber salido al encuentro de  múltiples fantasmas y estados de conciencia, su escritura haya perdido densidad. Un  escritor no puede cruzar dos veces el mismo abismo.

Los años de peregrinación del chico sin color (TusQuets,2013) su última novela publicada, es una historia que reúne las claves típicas del autor. Si bien oscila más hacia la realidad, también propone elementos inconscientes que hubiesen añadido una riqueza extraordinaria a la anécdota, pero que son dejados a su suerte. Nada se salva del conjuro que cruza a la vida con el tiempo, ni siquiera la creación literaria.

Tsukuro Tazaki, excluido de su círculo íntimo de amigos de la infancia a comienzos de la universidad, debe confrontar su pasado dieciséis años después. No sólo para descubrir las razones del desprecio de sus amigos sino para dar también con las claves que le han impedido el desarrollo de sus afectos posteriores. En el camino, aprenderá a leer la partitura de su vida.

Una historia de personajes alegóricos y efímeros, de secretos no revelados. Una historia que apenas se elabora (especialmente en el plano de lo fantástico) a pesar de que Murakami se mantenga fiel a su sistema clásico de referencia.

“La escritura traza siempre mucho más que los signos que alinea” postula el filósofo francés Jacques Rancière. “Traza al mismo tiempo cierto tipo de relación entre los cuerpos con sus almas, entre los cuerpos entre sí y de la comunidad con su alma”. Todo esto vale para un Murakami que, por esta vez, deja en manos del lector el  descifrar las consecuencias de sus conocidas sincronizaciones oníricas.

Los asiduos murakamianos deben leer su nueva novela. De alguna manera está escrita para ellos, su elaboración es un cálculo exacto de la historia con el patrón creativo del autor japonés. No hay gatos esta vez, tampoco ecos que resuenan desde lo profundo, pero sí mucha música clásica y una historia universal. Las últimas páginas del libro, de una emocionada violencia interior, muestran al mejor Murakami.

Respecto a la historia de Tsukuro Tazaki, somos los lectores quienes debemos recrear por nosotros mismos el laberinto fantástico que sugiere, pero no cuenta Murakami; ¿fatiga de la pesantez o acto deliberado? De todas maneras, sus libros nos seguirán fascinando.

 

 

Reseña hecha por @storytellerve09

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Élmer Mendoza “Yo quiero hacer una literatura de mi tiempo”

Diajanida Hernández G.

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Élmer Mendoza (Culiacán, 1949) escribe sobre su tiempo, su tierra, su realidad. Con su literatura se apropió de un lugar, de un lenguaje y de una forma: Sinaloa, el habla de la calle y el género policíaco. Fue finalista del Premio Dashiell Hammett 2005 con Efecto tequila y recibió el Premio Tusquets de Novela 2007 por Balas de plata. Mendoza creó al detective Edgar “Zurdo” Mendieta, personaje cuyas andanzas ya han sido traducidas a siete idiomas.

Este escritor mexicano es reconocido como uno de los precursores de la narcoliteratura y por su trabajo de incorporación del lenguaje de la calle a su literatura. Federico Campbell, crítico de su país, ha dicho que Mendoza es “el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico” en México.

Mendoza comenzó su carrera literaria a los 30 años, cuando publicó su primer libro. Aunque era lector y “escribía cosas, estaba metido en otra área del trabajo humano”. Ingeniero electrónico, era empleado de una transnacional. Hasta una noche en que llenó un cuaderno de cien páginas, no durmió y cuando amaneció se dijo “voy a ser escritor”. Abandonó la ingeniería y decidió estudiar. “Tuve que renunciar no sólo a la empresa sino a la profesión para poder dedicarme a la literatura. Me inscribí en la UNAM para estudiar Lenguas Hispánicas y aprender otras cosas que necesitaba aprender”. Entre risas Mendoza cuenta que en ese momento se preguntó qué necesitaba para ser un buen escritor, “y yo mismo me respondí que tenía que estudiar literatura”.

A la vocación lectora llegó a los 9 años, en la escuela primaria. “Cuando fui a la escuela primaria me había retrasado tres años. Estaba muy ansioso porque viví mucho tiempo con mis abuelos y en un momento mi abuelo me entrega a mis padres. Me entregó justo el día de las inscripciones. Y mi madre decidió que la acompañara a la escuela para inscribirme.

En mi grupo había un niño más grande que yo, que ya sabía leer, él había llegado hasta tercer grado pero en una escuela en la sierra, y no le habían permitido inscribirse en su nivel y lo mandaron a primero. Era mi compañero de banca y él le puso mi nombre a mi cuaderno. Cuando el maestro nos enseñó la A, yo la ubiqué y la usé inmediatamente. Tenía urgencia por usar el lenguaje, el alfabeto. Ahora que soy escritor pienso que esas son señales.

Otro día mi padre me tenía que comprar un libro y me llevó a buscarlo. Nunca he olvidado el dibujo de la portada. Ese fui mi primer contacto con el discurso escrito”.

En su adolescencia, con 17 o 18 años, Mendoza leyó el libro que lo marcó definitivamente: El conde de Montecristo, de allí llegó a Veinte mil leguas de viaje submarino. “Esas lecturas me hicieron creer que es posible, que existe un mundo distinto al de la realidad, un mundo imaginario y que uno con esos mundos imaginarios puede emocionarse muchísimo. Fue como vivir dos mundos: el de la imaginación –donde yo participaba de todas las aventuras que leía– y el real”.

Después vinieron las lecturas adultas, las que asumió con atención para formarse como escritor. “Leí a Mario Benedetti, donde hay cuestiones sociales, a Borges, Cortázar y el boom latinoamericano: Vargas Llosa, García Márquez. También a Rubem Fonseca, mi gran maestro y ahora amigo. Igual leí la novela europea: francesa, española, alemana. Leí con el fin de ser un buen escritor, eso me llevó muchos años, muchas lecturas”.

—¿Cómo fue al experiencia de conocer a su maestro literario?

—Fue una experiencia de mucho temor y de mucho respeto. A mí me criaron mis abuelos, en un rancho, en una estancia, y ahí te enseñaban que tenías que respetar mucho a tus mayores, y una de las formas de respetarlos era que no debías cruzarte frente a ellos cuando estaban conversando y tampoco podías hacerles preguntas tontas. Cuando tuve mi primer encuentro con Rubem Fonseca, que fue en Rio de Janeiro, pues tuve esa sensación infantil. Pero Fonseca es un hombre muy humano, muy comprensivo y pudimos hablar cerca de tres horas. Le confié muchísimas cosas que tenía en la cabeza, él me animó mucho y fue sensacional conversar con él.

—¿Por qué escogió escribir sobre la violencia?

—Creo que es por la zona en la que vivo: el norte de México. Y allí tenemos otro perfil. Mis mayores son pensadores del desierto, de los pantanales; ahora es la zona más rica del país pero costó muchísimo, costó vidas, años, experimentar, y tenemos un sentido de la temeridad. Ahí se produce heroína por primera vez en nuestro país. Todo eso genera mitos, personajes y un misterio. Canciones, corridos. Cuando me fui a Ciudad de México noté que me respetaban mucho porque era de allá y eso me gustaba.

Digamos que emocionalmente me fui entrenando para eso. Y aunque he intentado escribir otras cosas no sabía que podía escribir tan fácil de esto, porque lo que yo andaba pretendiendo era encontrar mi propia voz. Escribí cuatro novelas antes de la primera que publiqué y las dejé porque no encontraba mi voz. Un día la encontré cuando descubrí que podía mezclar la norma culta del español y el lenguaje popular, el lenguaje de la calle, el lenguaje de la violencia. Mi entorno me ha dado los elementos, las historias, el lenguaje para hacer literatura.

—¿Se siente cómodo con la etiqueta de narcoliteratura o narcoescritor?

Sí, claro que me siento cómodo. Creo que también es una prueba de fortaleza emocional, escribir tiene sus riesgos y no es fácil.

No es fácil contar una realidad tan móvil y siento que algunas de las personas que tildan negativamente lo que hacemos son personas que no se atreven a salir de sus casas. Los hombres y mujeres que trabajamos la violencia somos gente que tiene cierto carácter, que superamos ciertos temores.

Ahora no hay sólo gente de la literatura trabajando este tema, hay gente de la danza contemporánea, de plástica, del cine, los corridistas, la música, el teatro, la ópera. Mira todo lo que hemos generado. Es una realidad muy móvil y no cualquiera le puede entrar. Nacer en medio de la violencia, en la zona de conflicto te entrena la percepción sobre ciertos fenómenos sociales.

—¿Cómo asume su rutina de escritura?

—Tengo rutinas, tengo rituales y no investigo. Me estoy enterando de cosas que pueden formar parte de mi discurso, pero realmente escribo lo que imagino. Todos los días empiezo como a las 5 de la madrugada. Los rituales siempre me ponen en situación, lo cual siempre me ayuda muchísimo, que consisten en leer poemas, trozos de ensayos, hacer ejercicios, hablar con dios. Y me digo a mí mismo que puedo, que soy un tipo capaz, que lo tengo que intentar, que lo mejor que puedo hacer es trabajar y que si lograré algo, algún texto memorable, será trabajando.

Nombre de perro

Sobre Nombre de perro

—En Nombre de perro el trabajo con el lenguaje se acentuó. Parece que las descripciones son menos necesarias y las conversaciones entre los personajes son las que van poniendo en escena la historia. Da la impresión de que hay un intento de despojo y de ser más directo en la narración. Es una narración rapidísima, que no da tregua al lector.

—Sí, la mayoría de mis atmósferas son de acción. Entonces las acciones, la escritura de las acciones no deben ser disgresivas, tienen que ser muy directas porque las acciones violentas, de acción son así. Si la pretensión es que sea una literatura que no solamente se lea sino que se sienta tienes que hacer ese ejercicio. Trabajo mucho para eso, lo calculo, lo escucho, lo siento, le pido a mi esposa que lo lea ella, que me diga qué está experimentando. Es un largo proceso de escritura, no es nada fácil. Igual tiene una dosis de angustia, de desesperación, pero, a la vez, hace falta paciencia para que resulte. Hay que dejar pasar tiempo, probar, probar, probar hasta que queda algo.

Sí la pretensión es esa. Yo quiero hacer una literatura de mi tiempo y quiero ser un autor que genere su voz, que tenga sus seguidores y me da mucho orgullo cuando voy a otro país y me dicen maestro (risas).

—De la saga del Zurdo Mendieta esta parece ser la más crítica. Cada tanto hay frases, oraciones que cuestionan, que interpelan la realidad.

—Sí, es verdad. Creo que al fin hago literatura social, una literatura que cala, que dice incluso asuntos que yo no traté, que nunca quise decir, que ni siquiera escribí, pero lo dice. Sobre todo a partir de una realidad absolutamente inconveniente que la mayoría de los mexicanos sufrimos. Es una carga que la novela tiene, además de todo lo que tiene que ver con el proceso de escritura y todo lo que pretento descubra el lector como distinción de mi prosa, pues también es inevitable que descubra asuntos que tienen que ver con lo que está ocurriendo en la realidad.

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