Cuidar la lectura del otro: sobre el oficio de librero

“Va a resultarme difícil persuadirlos de que, sin embargo, aquello a lo cual llamamos cultura y a lo cual siempre nos referimos abarca siempre escuchar y comprender”.

Hans-Georg Gadamer

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Ricardo Ramírez Requena

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Los libreros no existen desde el principio de los tiempos. Existían los sacerdotes o líderes religiosos y civiles que velaban por cuidar aquellos pergaminos y tablillas que recogían la sabiduría de antaño. Podemos pensar en aquellos que cuidaban y velaban por la biblioteca de Alejandría, según dicen quemada por cristianos, o en el monje Jorge de Burgos, que resguarda celosamente el segundo tomo de la Poética de Aristóteles en la biblioteca de su Abadía (según Umberto Eco en El nombre de la rosa). Estos no son libreros. Debemos llegar quizá, pensando en Occidente, al final de la Edad Media y los espacios de los mercados, en los sindicatos de artesanos, en la separación de los oficios, para pensar en la llegada del librero. Todo esto aunado a los anuncios paulatinos del Renacimiento, y su búsqueda del orden clásico, de aquello que nos enseñaron los antiguos. La figura del librero por tanto está asociada a dos cosas: búsqueda de conocimiento y comercio de ese conocimiento. Es a partir de Gutenberg que podemos ver aflorar con fuerza este oficio, en su sentido mayor: su peligrosidad.

Los libreros alcanzan cierta popularidad en tiempos de la Reforma, en la difusión secreta de los textos de Lutero y de Calvino y, luego del triunfo en diferentes países del quiebre con Roma, en su difusión abierta y constante. Los libreros empiezan a ser, además de vendedores de textos, editores de los mismos. De las carnes favoritas de las llamas en los tiempos inquisitoriales, los libreros imprimieron y difundieron textos heréticos, rosa-cruces, protestantes, diabólicos, paganos. El difundir el conocimiento ha estado más allá de los límites del poder del Estado y las Iglesias. Nada más peligroso que poseer una imprenta; nada más peligroso que seducir con la palabra.

El gran tiempo de los libreros vendría con la Enciclopedia, y su importante labor en Francia y toda Europa, pero principalmente con la Revolución Industrial y la impresión masiva. No sabríamos quiénes son Dostoievski, Dickens, Dumas, Hugo, Balzac, Tolstoi, sin la larga labor de sus editores en periódicos, pero luego, en especial en el alcance de las traducciones, sin la paciente labor de los libreros, que llevaban a libro aquellas obras que empezaron difundiéndose por entregas en los periódicos europeos y norteamericanos. Los grandes libreros se gestaron en el siglo XIX, traspasaron fronteras, tomaron barcos, y llegaron a otros lugares del mundo. Esos libreros salieron de Sevilla, Madrid, París, Hamburgo y llegaron a México, Buenos Aires, Lima, Caracas. Sin los libreros, no tendríamos la mitad de los libros que en su momento leyeron nuestros ancestros.

II

Ana Julia NiñoEl oficio de librero pasa siempre por el servicio, la difusión del conocimiento, gracias a la seducción del otro. Hay una erótica del libro y el librero la conoce bien. Es su legado más valioso: vender un libro significa seducir al lector y convencerlo de su necesidad, o de la necesidad del otro. Pero también, ser un librero significa entender el poder del NO. Saber a quién no venderle determinado libro, y a quién si, por ejemplo. Conocer al otro, con vistas a venderle aquello que sabemos que le gusta. Pero también negarle, aunque sea por un tiempo o para siempre, aquello que podría llevarlo a la perdición demasiado pronto. Todo librero es un Mefistófeles al revés. Serlo al derecho, es ser un vendedor de tienda, con los dientes listos para atacar el cuello. Un Mefistófeles al revés es un librero: aquel que no busca su caída final, sino su cálida conversación a través de los años, según los gustos de ese Fausto particular que es nuestro lector. Porque no hay nada más difícil que recomendar un libro. Pero es difícil sencillamente porque no todo el mundo es librero. Porque un librero sí sabe recomendar y vender libros. Desde siempre.

Pensar en el oficio de librero en el siglo XXI es entender que avanzamos hacia cosas nuevas. Hoy, un librero debe manejar las redes sociales, manejar la publicidad virtual constante, tener la preparación cultural y literaria necesaria: aquella que se va haciendo sin parar, constantemente, con regularidad. Un librero debe asistir a Ferias del Libro, a Congresos de Literatura, a Seminarios. Debe formarse; debe ser una persona en continua preparación. Muchas librerías insisten en la preparación académica de los mismos libreros. Varias librerías independientes insisten en esto en países como España. No sé si será indispensable. No lo fue para los libreros de antaño y los veteranos de hoy. La formación continuada, no académica, puede brindar un acercamiento anárquico y libre, salvaje, a lo que se lee, que con los años se va perfeccionando de acuerdo a los gustos de ese librero. Por otro lado, la academia puede paralizar, frenar el acercamiento a cierta literatura. También, puede propiciarla, dependiendo de la formación que haya recibido, es decir, de la visión de esos lectores mayores: los profesores, que sean abiertos a la experimentación, a las búsquedas, a la investigación. Un librero está marcado por el signo de Hermes, sí, pero también por Apolo y el sentido del orden de un espacio. Ambos pueden convivir, se pelean, se debaten y generan el afán mayor que es la lectura. Un librero es una de las formas de la memoria. Le pagamos para que sepa, para que recuerde siempre aquellos libros que tenemos en nuestra casa, aquellos que nos vendió, para que los recuerde. Su oficio es una invitación a invadir nuestra intimidad, de manera consentida, y a resguardar aquello que forma nuestro intelecto y nuestra sensibilidad.

III

Ana Julia Niño¿Tiene sentido el oficio de librero hoy en día o deberá desaparecer como otros tantos oficios? Creo que este oficio ha mutado en el tiempo, desde hace decenas de años. Tiene una de las capacidades de adaptación más dinámicas que se conocen. Creo, incluso, que el librero, la figura del librero, a partir de la tecnología de la comunicación, sobrevivirá incluso más allá de la idea de librería, sea de grandes superficies o independiente. El librero existirá mientras la idea de texto, asociada a su materialidad o virtualidad, exista. Existirá mientras existan lectores. Y estos lectores dependerán (como la existencia de los libros, de su concepto, de los editores) del acercamiento del librero a sus necesidades de lector. Un librero es aquel que vela por la lectura del otro, más en estos tiempos indigentes. Un librero resguarda: cuida. Su labor está signada por saber escuchar al otro y comprender aquello que necesita.

Un librero, quizá sea el último interlocutor que nos queda.

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Fotos: Ana Julia Niño

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La imagen del lector en Los detectives salvajes

Andrea Mantione 

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dsA ritmos desiguales, pero a la vez compactos, oscila esta historia entre ejes tangenciales tan distintos, y en la cual la lectura juega un papel tan importante, tan protagónico. Los detectives salvajes (1998), del escritor chileno Roberto Bolaño, es, así sin aspavientos, una novela de lectores. Sin pecar de simpleza, puesto que de cabo a rabo estamos sumergidos en un remanso de historias y personajes que orbitan en torno a literatura y a la experiencia poética, tan vasta como es posible.

Dividida en tres partes que tienen sus respectivos ritmos temporales y narrativos, todos en tono confesional, se nos presenta la idea del lector desde su forma más simple hasta la más compleja, pasando por toda una gama de matices en los que la lectura hace vida y se deja vivir. Partiendo de la imagen del joven García Madero, y tratando de hacer consonancia con la búsqueda –tan esencial– de los poetas viscerrealistas Arturo Belano y Ulises Lima, se podría trazar a dedo el viaje que emprenden (o el viaje que los emprende a ellos) en busca de la poesía, esa fuerza magnética avasallante que arrastra y transforma.

En la primera parte, a modo de diario, el joven Juan García Madero nos muestra su carácter de lector novato, y por lo tanto ingenuo, que quiere dedicarse a las letras y que no puede porque sus tíos se niegan. Lo apremian a estudiar derecho en contra de su voluntad. Aquí está presente, en prima instancia, la imagen del lector como especie de marginado del círculo productivo de la vida; la lectura no es un negocio rentable del cual se pueda sacar provecho material. Este acto se convierte, a pesar de su inocencia, en uno de rebeldía para con su entorno porque no se conforma con acallar la llamada que le hace su espíritu –si así se le quiere llamar– para ir a responderle a la rutina. El lector es un rebelde que decide separarse voluntariamente del encasillamiento banal al que lo somete su contexto: por orden de sus tíos estudiará derecho, pero al mismo tiempo acudirá a un taller de poesía para intentar sobrellevar esta “rebeldía impasible” que se agita dentro de sí.

García Madero debe sobrellevar un ritual de iniciación que lo despojará definitivamente de la capa de lector ingenuo e infantil, lleno de inocente entusiasmo, y lo dotará de una madurez poética que no parará de fecundar jamás. Este ritual iniciático, que él al principio niega pero es tan evidente e importante, se manifiesta caótica, inexorablemente: “la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”. Ya son visibles los rastros de una conciencia poética más elevada, que va mucho más allá de reconocer estructuras formales del poema, pero que aún se está leudando en su ánimo y en su carácter. En la mediocre apacibilidad de lo que es cómodo y mundano, aparecen en su taller las dos figuras que sacarán a García Madero de este “ensimismamiento” literario, o ingenuidad poética si se quiere. Arturo Belano y Ulises Lima (que no vienen a ser sino una traspolación ficcional del propio Bolaño y su gran amigo Mario Santiago Papasquiaro) aparecen en la vida del joven Juan para ofrecerle un espacio en el que –dentro de esa enajenación que puede devenir para un lector del ejercicio de la lectura– ya no será un marginado: el poeta cachorro ha conseguido su puesto en la manada.

Vamos viendo cómo, en la mayoría de los casos, el lector no será capaz de sacudirse su inocencia si algo no viene a vapulear los cimientos de su cotidianidad. En este caso, el germen de su iniciación (aunque para García Madero no haya habido ceremonia formal propiamente) es en este taller de poesía que frecuenta, en el que advierte intuitivamente una mediocridad lectora que aún no tiene cómo explicar. Entonces llegarán estos dos muchachos, cual vendaval, a plantársele de plano a la idea tan estrecha –e impuesta– de poesía, negando tajantemente la tradición, como acto de sublevación que todo lector irreverente ha aspirado alguna vez. La gran metamorfosis del perplejo Juan, de la inocencia a un nuevo estado de madurez lectora, se ve claramente en el momento del enfrentamiento entre los talleristas y los poetas rebeldes, en el que todo es más agitado a punto de llegar a los golpes, y se le insta a Ulises Lima a leer uno de sus poemas. García Madero no puede hacer otra cosas más que escandalizarse: “Qué horror, pensé, este pendejo se ha metido él solo en la boca del lobo. Creo que cerré los ojos de pura vergüenza ajena. Hay momentos para recitar poesías y otros para boxear. Para mí aquel era uno de éstos últimos. Oí el silencio (si eso es posible, aunque lo dudo) algo incómodo que se fue haciendo a su alrededor. Y finalmente oí su voz que leía el mejor poema que yo jamás había escuchado”.

Vemos claramente el temor de todo lector inmaculado a aquello que pueda hacerle frente al orden preestablecido. Después de este episodio algo se transforma irremediablemente en García Madero y no volverá a ser el mismo; no volverá a pensar en la poesía como en algo ajeno a la vida, como en un elemento estéril que no sirve de nada en el terreno de la transgresión. Muy al contrario. La lectura cambia al ser humano, sin vuelta atrás. Una vez iniciado en la vivencia poética tangible, García Madero empieza a experimentar cambios no sólo mentales, sino también físicos, aunados a esta fuerza vital que le ha dado este reciente descubrimiento de la poesía, que a lo largo de la novela seguirá tanteando y redescubriendo. En este caso sería pertinente decir que no hay ­–no puede haber–­ lectores inocentes, reinterpretando aquellas palabras de Barthes, que señalan que el nacimiento del lector se paga con la aniquilación de dicha inocencia.

Al ser esta una novela de lectura y lectores, poesía y poetas, también vale la pena echar un ojo a cómo este acto no sólo alcanza a los que la ejercen activamente, sino también a aquellos que pululan alrededor de la lectura y de sus deudores, y que de igual modo son arrastrados de uno u otro modo por su caudaloso raudal. La poesía llega a manifestarse como una energía seductora e irresistible que se debe consumar al instante; como sucede cuando la camarera del bar que frecuenta García Madero le pide que le haga una poesía, pero en el momento: “Yo te invito la copa pero la poesía me la haces ahora”. Nótese la connotación un tanto erótica en la construcción de la frase, con ansiedad y premura, como si fuese una urgencia que ya no se puede contener. Vemos la poesía como forma en que se desatan las pasiones, que encuentra adeptos hasta en los no lectores (si es que acaso se le pueda poner un atavío formal a lo que es un lector). Un caso parecido ocurre con Joaquim Font, en el que evidentemente la lectura juega como un detonante de locura en un agente “pasivo” como él –en relación con otros personajes de la novela. A lo largo de toda la historia (tanto los primeros meses en los que se desarrolla la primera parte, como en el largo periodo de veinte años que comprende la segunda), somos testigos de la paulatina evolución del delirio de Quim, cuya razón de ser se nos descubre como una consecuencia de su relación con la lectura y los lectores que lo rodean.

Éste y muchos otros casos hay en la novela, en que se presenta al lector en muchas de sus facetas, siendo una de las más significativas la del lector que trasciende el acto de leer y adopta el de escribir; la escritura como consecuencia lógica de lectura, las cuales se complementan y se necesitan mutuamente. Pero a pesar de estos infinitos matices y recovecos, Arturo Belano y Ulises Lima pueden ser vistos como los pilares de la imagen prototípica de lector en la novela, rebeldes confesos, desarraigados insurrectos, que muestran el lado de la lectura –en este caso de la poesía– en cuanto hogar; como espacio de sosiego y pertenencia que no les da ningún otro sitio. Viven por y para la poesía. Esto se ve claramente, por ejemplo, cuando se describe el espacio en el que vive Ulises Lima: “El habitáculo es pequeño, tres metros de largo por dos y medio de ancho y los libros se acumulan por todas partes. (…) En el cuarto sólo hay un colchón en el suelo, que Lima enrolla por el día o cuando recibe visitas y utiliza como sofá; también hay una mesa minúscula cuya superficie cubre del todo su máquina de escribir y una única silla”.

Se nos presenta esta austeridad no como una forma de pobreza, sino más bien de libertad, en la que son los libros los que le quitan a ese espacio, minúsculo y vacío, todos los resquicios de inhabitabilidad. El lector que se muestra en la novela es un desarraigado que “puede hacer cualquier cosa por la poesía”. Cualquier cosa, hasta dejarlo todo por ella y dedicar su vida a nada que no sea ella –como hacen Arturo y Ulises en el viaje que emprenden en búsqueda de sus raíces poéticas. Si bien desde el primer momento su vena vanguardista los hace renegar de toda tradición hasta el punto de la ruptura, no significa que no respondan a su propia y más íntima tradición, y no tengan la necesidad de buscar en sus orígenes las razones que justifiquen su existencia poética; lo que hacen al buscar a Cesárea Tinajero, la piedra angular de su poesía, hasta el desierto de Sonora, arrastrando con ellos todo el lastre de la realidad.

La lectura, pues, puede ser interpretada como el viaje que se emprende una vez y para siempre, en la que el lector no deja de ser nunca un detective imparable, incontenible, rebelde, salvaje.

@mantitwo en Twitter

UNA LECTURA PRECIPITADA DE CONFERENCIA SOBRE LA LLUVIA, DE JUAN VILLORO

Patricia G. Heredia P.

 

si uno permanece en casa
porque llueve de nuevo
llueve plomo y anzuelo

Franklin Hurtado

 

Entre los derechos del hombre figura el escribir largamente, para sí mismo primero, para los otros luego, con un propósito bien o mal definido: el de inundar las vitrinas, las paredes, los países, las casas.

Miyó Vestrini

 

 

descargaDesperté y llovía. No se puede escalar. Vagué por la casa medio haciendo cosas pendientes antes de ir a la oficina y a clases. Fui a la ducha mientras pensaba que para el trabajo final de esta materia también podía escoger un libro que no estuviera en la lista propuesta. Cuál podría ser… Abrí el agua. Recordé Conferencia sobre la lluvia de Juan Villoro y fui a buscarlo. Volvía de la biblioteca a la ducha, mientras lo ojeaba, y pegué la cabeza contra la puerta abierta de un gabinete. Borges casi muere de septicemia y escribió “El sur”. A mí me salió un chichón y empecé a escribir este trabajo.

Mientras, a espaldas de Villoro, yo me siento a escribir mi propia “conferencia” con cierto alivio y satisfacción, su conferencista ha perdido los papeles y está inquieto. Está ya en el lugar y momento de la conferencia y no le queda más remedio que ser honesto con su audiencia: va a improvisar. “¡Perdí los papeles!”, dice. “La conferencia. Perder los papeles es perder la compostura”. Helo ahí, sumido en el caos de lo no asentado en la palabra. Se nubla. Comienza a hablar de sí.

El conferencista es un bibliotecario. Un hombre ordenado, nos dice, a pesar de lo que le acaba de suceder. Le creemos. Se ve decididamente turbado y un poco perplejo. Sin embargo, pronto confiesa que su orden no se extiende a la vida práctica, “se le escapan las cosas”.“¿Dónde estoy cuando olvido lo que tengo en frente?”, se pregunta. Sin darse cuenta, se había respondido a sí mismo en la disertación que lo condujo a esa cuestión: “en el librero”.

Resulta que el protagonista –más que conferencista, bibliotecario o persona ordenada– es, fundamentalmente, un lector. Su vida transcurre con suprema comodidad entre estanterías, lomos y páginas y reina indiscutible sobre butacas durante sus lecturas. Pero, es su relación con el resto de las cosas la que no le resulta tan natural; ¡por distraído! Eso es un lector: alguien que constantemente se debate entre dos realidades y cuya naturaleza tiende a inclinarse hacia la realidad entre las páginas antes que a la que se encuentra fuera de ella. No diremos que todo lector es un Quijote, sumido en su ficción y desentendido del mundo tangible, pero –en todo caso– es el mundo textual el que actúa como punto de referencia para lo que ocurre afuera.

Pronto lo demuestra. Su entendimiento del mundo está mediado por su manera de concebir los textos. De Yola, por ejemplo, no nos habla como una persona metódica y atenta a los detalles, sino como una “naturalista” que cree en “el mundo descriptible” y posee una relación torrencial con la narrativa. Su máximo atributo es acomodar los libros, “conoce el orden alfabético”. Las relaciones del protagonista con las personas, no giran en torno a ellas sino a los libros, que son –para él– el elemento a través del cual logra establecer un vínculo. Los libros son la forma en que se aproxima y entiende al mundo y a los otros. Incluso a Soledad que era –por derivación lógica– alérgica a los libros.

Él es un bibliófilo y Soledad está a las antípodas. No se puede decir que ejerciera de forma activa su desprecio hacia los libros más que ordenándolos “con una dedicación que sólo puede tener alguien que los odia. (Pero) eran sus prisioneros; los mantenía a raya con crueldad”. A Soledad la pierde porque prefiere defender un libro de las manos de ella que a ella de un ratón acechante. La pierde porque “es alérgica a los ratones, y los libros producen ratones” y, en fondo, él es el ratón: devorador compulsivo de libros, no le interesa más que sus páginas y amenaza de la vida humana de ella con sus hábitos de roedor hasta un punto intolerable. “Supongo que en el fondo era alérgica a mí”, concluye.

Luego, llega Laura –con ele líquida–. Con ella la relación tiene bases seguras: es una intelectual y la conoce en la biblioteca, tras una montaña de libros y pesados lentes. El amor, al menos en un sentido, está asegurado. Laura no es un ratón de biblioteca, es un gato; otro tipo de lector. Ella entra en las profundidades de los libros, los desentraña y se alimenta de ellos, pero lo hace con mesura y, después, sabe cerrarlos. Fuera de los libros Laura conduce una vida y los dos mundos no se tocan entre ellos más que a través de su cuerpo, que tal vez sostiene el libro y otra vez no. Para Laura, la relación con el bibliotecario es, precisamente, como ir a leer libros a la biblioteca. Está circunscrita a un territorio –tanto geográfico como físico y no emocional–determinado del que no debe salir. La única forma en la que el mundo de la biblioteca se encuentra con el mundo externo en la vida de Laura es en la satisfacción “orgánica” que se lleva con ella, como un préstamo a renovar.

La relación amorosa fracasa. Un gato y un ratón no pueden convivir serenamente en la misma biblioteca, uno de los dos debe huir o perecer. Es un paraguas –para-agua– el que impulsará la acción definitiva del ratón. El bibliotecario, que todavía no comprende bien los límites entre las dos partes de una vida, traspasará las fronteras. Su colisión con el otro lado lo petrifica –y ahuyenta definitivamente a Laura, ese gato–. Quedará momificado en plena persecución, bajo una repentina y violenta lluvia, como thecat and therat en las cañas del órgano (Se trata de una rata y un gato momificados, encontrados dentro de la caña del órgano de Christ Chruch Cathedral de Dublín. Se presume que quedaron atrapados ahí mientras se perseguían uno a otro. James Joyce los menciona así en Finneganswake, aumentando su popularidad. Localmente son conocidos como Tom y Jerry).

Pero, ¿qué fue de la lluvia? Eso le sucede a un conferencista sin su conferencia: debe reescribir. En la escritura se divaga, pero sin ninguna consecuencia porque el texto se relee, se reescribe y se pule hasta que tenga coherencia y solidez. No puede hacerse lo mismo mientras se habla. Hablar es –como se diría en italiano– scrivere di getto, escribir de golpe, a propulsión, ¡a chorro abierto! Afuera llueve y la audiencia que entra mojada in media res, le recuerda al protagonista el asunto de su ponencia.

“Cuando no estoy leyendo me eclipso con facilidad, me encierro en una nube, como si buscara un libro”, dice. De su biblioteca mental extrae a Dante, para comenzar por su “Purgatorio” la disertación sobre el agua. “Dante habla de la fantasía (…), un impulso que nos permite escapar mentalmente, ascender”. A través de la fantasía literaria, el lector, “extasiado (…) se eleva”. En las alturas, el pensamiento se mueve, pugna. Pero, “¿qué obtenemos gracias a la alta fantasía? ¡Lluvia!”.

Una vez, cuenta, hubo goteras en la biblioteca. No se pudo reparar el techo sino al final de la temporada de lluvia, por lo que hubo que colocar cubetas bajo las goteras y convivir con el “plif, plaf” de las gotas que “caían como si fueran de arsénico”. Ser lector es también ser una biblioteca con goteras. En la lectura, se debe aprender a lidiar con el lento veneno del agua que el autor deja colar por nuestros puntos débiles: soportar el agobiante sonido, minimizar los daños, resignarse a que la atmósfera se verá afectada para siempre. Especialmente, se debe recordar vaciar las cubetas y devolver el agua a su cauce. Una idea persistente que golpea la superficie de un pensamiento estancado trae sus consecuencias; se puede terminar en el “médico por culpa de una cubeta de agua”.

El agua es pensamiento. El agua es maleable: fluye, se precipita, se evapora, diluye las sustancias.En las altas nubes, las ideas chocan entre ellas con violencia para finalmente precipitarse en líquido vital. “A veces la lluvia sale de su jaula” y se dice. El agua, cuando cae, es el lenguaje: la escritura, la conferencia, el monólogo. “Por eso la lluvia es buen tema: afecta al mundo sin acabar con él”.

“Hay algo útil en hablar en voz alta”, en escribir, en decir, en llover. Es necesario el “otro para decir algo”. Por eso leemos, por eso escribimos. Los libros unen a las personas a partir de sus necesidades y sus ideas. Leer un libro –o escuchar una conferencia– es como tomar en préstamo una idea para germinar las propias: “una transmisión, un contagio”. La literatura es el constante flujo y transformación delas aguas –las ideas– de un estado a otro: de lectura a escritura, de evaporación a precipitación. Y viceversa. El flujo de las ideas es indispensable para el ser humano como el ciclo del agua lo es para la vida en la Tierra.

Yo no perdí mi libro ni mis apuntes, tuve a la mano todos mis papeles mientras redactaba estas líneas. A pesar de eso, también a mí me sucedió dispersarme. Son caprichosos los fenómenos atmosféricos y una lluvia no está compuesta sólo de gotas que caen uniformemente. Como en el texto de mi colega conferencista, aquí también la lluvia ha arreciado y amainado, ha habido truenos y relámpagos, afortunados repuntes del sol y arco iris, vientos, muchos vientos irreverentes… Finalmente, la calma. No he logrado hacer una exposición clara sobre un tema específico, pero he podido tender algunas relaciones. Quizás exagero… “Los lectores somos exagerados, muchas veces inventamos asociaciones”.

@pattyghp

La soledad de los números primos

 ”La gente no perdía tiempo, se aferraba a unas pocas casualidades y fundaba sobre ellas su existencia” aquí se resume el momento de duda no resuelta que caracteriza la vida en común de Mattias y Alice. Una historia de soledades, matizada de amor, que nunca termina de cruzarse. Esa constante que le da voz a “La soledad de los números primos” y que permite a Paolo Giordano invitarnos a entrar al complejo mundo de silencios, de historias infantiles que marcan para siempre, de rasgos psicológicos de unos personajes que a través de su historia retratan momentos de nuestras propias vidas.

No se detiene a contarnos la historia de amor que a pesar de sus complejidades siempre logra capitalizar a su favor un final feliz. Confieso que en varias ocasiones estuve tentada a sellar la felicidad de estos dos seres, a desear febrilmente que rubricaran el pacto que los mantuviera juntos para siempre y felices. Al fin y al cabo sus historias tenían un montón de coincidencias. Y en la vida real uno termina buscando ese espacio de compartir con quien se ama, las historias y los gustos que sólo puede entender ese demente, tan demente como yo.

En la metáfora matemática de los números primos se esconde la historia de dos seres que se saben imposibilitados de pronunciar la palabra o el gesto que borre al número par que los separa. La vocación que han desarrollado por estar solos se impone, y conserva entre ellos la eterna sensación de estar juntos, pero sin tocarse. Hay entre ellos un tácito acuerdo de conservar momentos, flashes de momentos mágicos, sin la intención de eternizarlos. Porque la orfandad se les impone como un vicio que no quiere abandonarse.

Y aunque Paolo Giordano no viene a contarnos una historia fácil, sin embargo, fácilmente muchos reconocemos a una Alice o a un Mattias en nuestras historias de amor. Con melancolía o sin ella, seguro contamos con alguien a quien no dejamos de presentir, porque estamos “unidos por un hilo invisible, oculto entre mil cosas de poca importancia, que sólo podía existir entre dos personas como ellos: dos soledades que se reconocían”.

Reseña hecha por: Ana Julia Niño Gamboa. @anajulia07 en Twitter

ENARDECIDA MÁQUINA

 

“…La fleurquiplasaittant àmoncoeur desolé”

Gerard de Nerval. El desdichado.

 

eubm-96-21Un día de mil novecientos noventa y uno, Miyó Vestrini hizo suya una de las alegorías de Nerval y se sumergió para siempre en la gruta de las sirenas. Desde entonces, la violencia de su mirada interior resplandece -en modo de subyugación- en los materiales dispersos a los que el lector contemporáneo tiene acceso.

Pero también en la poesía hay actos de amor, y la editorial Letra Muerta viene de publicar un delicado homenaje a Miyó Vestrini: una reunión de su poesía inédita titulada “Es una buena máquina” (2015). Nada en el diseño del libro fue dejado al arbitrio, y para sus lectores el poemario será un objeto imprescindible en sus bibliotecas.

En “Es una buena máquina”, Vestrini aparece en su embrujo yuxtapuesto de plenitud y desolación. “Odio esa tropa del subconsciente y de la crueldad automática. En mis horas permisibles, renazco antes de la humedad última (…). De rodillas, me dejo envolver por las aguas de Boticelli”. Cada poema es un lacerante ejercicio de vigilia: “Invento gritos, alaridos, revueltas/pero generalmente la gente huye/o se queda silenciosa/Y siempre,/a esta hora,/me muero de ira, de sueño”.

La elección del título del libro, conduce a una época olvidada en el que los sonidos secos de la máquina de escribir daban cuenta de la soledad, la angustia o el dolor de los escritores. El eco circular de las teclas en una sala vacía, era la clave -parafraseando a la poeta- de “los que aún rondan el fuego enardecido”. Para Miyó Vestrini, cada jornada era un testimonial de su meditación con la muerte. “Para la poesía, maldita y aborrecida, siempre hay un día siguiente: la muerte”.

“Entre los derechos del hombre figura el escribir largamente, para sí primero, para los otros luego, con un profundo bien o mal definido: inundar las vitrinas, las paredes, los países, las casas. O en fin de cuentas, suicidarse”. La palabra de la poeta colma el silencio del lector, lo devora.

Asomarse a “Es una buena máquina”,es un réquiem a la solemnidad de los gritos primarios que hay en todo acto creador. El lector se conmueve de la insalvable soledad de la poeta, de su elegancia y excesos.

“Todavía no escoge el lugar/pero piensa ya en el exterminio de la luz/y la inquietud llena de lágrimas sus ojos”. Y otra vez Nerval, MiyóVestrini se sumergió en la infinita gruta de las sirenas. Todavía su frente está roja del beso del fuego enardecido.

@storytellerve09

Murakami en su fragua

En el prólogo a su libro de cuentos Sauce ciego, mujer dormida, Haruki Murakami afirma: “es difícil hacer experimentos como a mí me gusta dentro del marco de una novela”. No obstante, el lector de Baila, Baila, Baila deberá disentir del propio escritor. Si este lector, además, pertenece a la gran mayoría de aficionados al autor nipón que leyó en primer lugar Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, no verá en esta nueva traducción sino la fragua artesanal de la inequívoca firma del novelista.

Publicada recientemente en español casi un cuarto de siglo después de su primera edición en Japón, Baila, Baila, Baila, aparece como una novela de estilo dórico a los lectores hispanoamericanos de Murakami, ya acostumbrados a su imaginario superlativo. La trama es arquetípica del autor: un joven solitario debe completarse a sí mismo a través de las claves que le son dadas en una realidad yuxtapuesta. También esta vez, aparecen personajes misteriosos (incluido un escritor cuyo nombre es un anagrama de Haruki Murakami) y una adolescente dotada de un sentido de percepción oculta.

Baila, Baila, Baila es una novela más de estilo que de contenido. Sus símiles y onomatopeyas muestran a un autor en formación. Sus recursos literarios tienen una efectividad hiperbólica: “Era Kiki. Mi cuerpo se crispó sobre la butaca. Detrás de mí se oyó el ruido de una botella rodando por el pasillo del cine”. Falta el elemento épico que madura en las novelas siguientes. Sin embargo, los fanáticos hispanoamericanos del japonés agradecerán reencontrarse de nuevo con los fetiches del autor. Las primeras páginas de la novela, son un sorbo puro de licor murakamiano.

Paul Valéry establece en sus Cahiers tres grandes variables que constituyen el conocimiento: Cuerpo, Mundo, Yo-alma/espíritu; y escribe con resuelta clarividencia, “el yo es el origen”. Esta concepción es simétrica con la estrategia narrativa de Murakami. Sus historias establecen una relación irrevocable entre el cuerpo, el mundo y el espíritu. Sus personajes, proyectan los nudos que deben desenlazarse a lo largo de la trama (“y es que los pensamientos reverberaban” reconoce el protagonista de Baila, Baila, Baila).

Leer la última novela traducida al español de Murakami, implica colocarse en perspectiva. Como el alpinista que vuelve a escalar un monte cuya cima ya ha sido alcanzada, pero que esta vez sólo va a una estación intermedia. Quienes desconozcan la cronología del autor, pueden desalentarse o criticarlo de manera acerba. Pero Murakami, como la realidad, no es un sistema lineal y a sus lectores siempre les emocionará reflejarse en las solitarias contiendas de sus personajes; o imaginar sus propios pensamientos reverberar en la oscuridad de su particular Hotel Delfín, a donde cada quien vuelve en sueños.

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Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

¡Dejen en paz a Bartleby!

Jaime Fernández Martín

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Si Herman Melville se levantara de su tumba del cementerio neoyorquino de Woodlawn es probable que se extrañase de la curiosa suerte que ha corrido Bartleby, el personaje de uno de sus relatos más conocidos, Bartleby, el escribiente (1856). De un tiempo a esta parte, en el mundillo literario éste encarna al prototipo de escritor que, después de una carrera productiva y exitosa, un día decide abandonar el oficio para siempre, sin ofrecer explicación alguna. Ejemplos notorios de ello fueron en el siglo XX  Juan Rulfo y J.D. Salinger, autores de una breve pero influyente obra. Éste último quiso desaparecer también de la vida pública. El mexicano eludió hasta su muerte la cargante pregunta de por qué no volvía a escribir.

Hasta que se propagó la moda de identificar a Bartleby con los escritores dimisionarios, el autor por antonomasia con el que se los vinculaba era Arthur Rimbaud, quien a los 21 años abandonó la poesía para llevar una vida aventurera por Oriente y África, hasta su muerte en Francia a los 37 años.

Curiosamente, el “síndrome de Bartleby” parece haberse impuesto sobre el “síndrome de Rimbaud”. Enrique Vila-Matas ha popularizado aún más la moda en su libro Bartleby y compañía, en el que refiere los casos de numerosos escritores que desertaron de la escritura, así como de otros que, sin dejar de escribir, rehuyeron la imagen pública.

Pero, como reconoce el propio Vila-Matas, el texto fundador del fenómeno del escritor que abjura de su oficio es Carta de Lord Chandos, publicado por Hugo von Hofmannsthal en 1902. El relato contiene la misiva, fechada el 22 de agosto  de 1603,  que el joven aristócrata Philip Chandos escribe a su mentor, el filósofo Francis Bacon, en la que le desvela, en tono de disculpa, su propósito de renunciar para siempre a la actividad literaria tras perder “la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa”. En la carta, Chandos explica detalladamente las complejas razones que le han impulsado a tomar esta decisión.

¿Por qué, sin embargo, Bartleby se ha impuesto también sobre el erudito británico? Quizá porque la aparente actitud irracional del copista se presta más a la arbitrariedad imaginativa que el análisis introspectivo de Philip Chandos, quien atribuye su renuncia a la escritura a una “enfermedad del espíritu” que desmenuza brillantemente en la carta.

A pesar de su título, Bartleby, el escribiente no aborda en absoluto al asunto del escritor que abjura de su oficio. En realidad el relato encierra una profunda crítica a la moral del interés propio, en este caso al amparo de la religión calvinista.

Para empezar, el protagonista no es Bartleby sino el abogado anónimo que le cuenta al lector su estrambótica experiencia con un escribiente al que contrató para el despacho que regentaba en Nueva York. Sin su confesión no tendríamos a Bartleby ni la crónica de su relación con él. Como relator único, es el dueño de su testimonio y del lenguaje en el que lo transmite, razón de más para que leamos cuidadosamente cada una de sus palabras y, dada la conflictividad de la historia y su desenlace, lo observemos con desconfianza.

Sin embargo, la mayoría de las interpretaciones del cuento apuntan a Bartleby y no a su creador y su elocuencia. El abogado sabe que quien lleva la voz cantante tiene también la última palabra, y que el lenguaje sobrevive al silencio, aunque distorsione el hecho narrado. Por ello se dice que la historia la escriben los vencedores, quienes sólo han de esperar a que sus destinatarios se la crean.

Al comienzo del cuento el abogado, un solterón de unos sesenta años, confiesa que, después de treinta en el oficio, ha conocido a muchos escribientes, por lo que si quisiera, “podría relatar varias historias que harían sonreír a los bienhumorados y llorar a las almas sentimentales”. Quizá pensara en esta segunda clase de lectores mientras redactaba la de Bartleby. Lo único que lamenta es carecer de conocimientos biográficos de éste, un detalle que califica de “pérdida irremediable para la literatura”. Tanto interés por las vidas ajenas choca con la parquedad de datos que ofrece de la suya, hasta el punto de silenciar su nombre.

Pero, además de dar rienda suelta al deseo de lucir sus dotes de narrador, el otro propósito implícito que le mueve a contar la historia es convencerse, persuadiendo de paso a los lectores, de haberse conducido en su relación con el copista como un “alma caritativa”, guiado únicamente por la filantropía, la piedad y la obediencia al mandato de la compasión cristiana hacia el desvalido.

Por poco que el lector escarbe en el relato del abogado, descubrirá que se halla ante uno de los mentirosos más hábiles de la ficción literaria en su tentativa de hacerle creer la versión que ofrece de sus desventuras con Bartleby. Una versión en la que recurre a tretas de leguleyo para ocultar ante su conciencia y ante el lector su cobardía y egoísmo, apelando a sentimientos propios de sermón dominical y a la manoseada caridad cristiana.

Con la astucia que lo caracteriza, al describirse procura hacerlo a partir de la imagen, naturalmente positiva, que otros tienen de él. Así, sus conocidos le consideran un hombre de confianza (“safe man”) y el difunto millonario John Jacob Astor, “un personaje poco dado al entusiasmo poético”, dijo de él que su primera característica era la “prudencia” y luego “el método”. Al citar a este célebre personaje, cuyo nombre “le encanta repetir” porque le suena como “el tintineo con el que el oro llama al oro”, trata de presentarse ante el lector con una pátina de prestigio.

Pese a reconocer que carece de ambiciones y que prefiere el “cómodo recogimiento”, en vez del brillo que puede deparar la actividad pública, expresa su enojo por la pérdida inesperada, como consecuencia de una supresión administrativa, de un puesto vitalicio, poco complicado y bien remunerado: el de secretario de la Corte de Derecho Común.

En suma, la percepción que se ha formado de sí mismo y de su existencia, y con la que se muestra muy conforme, no dista mucho de la que identifica al burgués calvinista que encarnaba Benjamin Franklin, con su retahíla de pequeñas virtudes -frugalidad, utilitarismo, diligencia, sobriedad, ahorro, laboriosidad, perseverancia y confianza-, que si el individuo cultiva con esmero deben conducirle a la anhelada perfección moral.

Su visión del arte de vivir se reduce a estas virtudes, combinadas con un modus vivendi  cómodo y económicamente seguro. La inicial atracción que le despertó Bartleby se explica porque creyó hallar en él una suerte de doble, sólo que pobre y lacónico; alguien para quien, además, la conciencia no se distingue mucho de un libro de contabilidad y que, encadenado a la previsión y sumergido en “las aguas heladas del cálculo egoísta” -Marx dixit-, se encuentra más cerca de la muerte que de la vida. No sospechó que,  tras aquella fachada  de timidez y conformismo, se ocultaba un terco no a todo, en las antípodas de su positivismo alicorto.

Aparentemente el argumento de Bartleby, el escribiente es simple. Después de una larga experiencia laboral, el abogado contrata a un escribiente que refuerce el trabajo de los otros tres empleados que están a su servicio en el despacho de Wall Street. Según su testimonio, entre los candidatos que se presentaron, eligió a Bartleby porque le llamó la atención su figura “pulcra, respetable hasta inspirar compasión, con un aire irreprimible de desamparo”.

Pero a los pocos días ocurrió un incidente imprevisto. El apacible copista incumplió uno de los encargos burocráticos de su jefe, replicándole con una frase que volvería a pronunciar cada vez que éste le encomendaba algún cometido, por trivial que fuese: “Preferiría no hacerlo” (“I would prefer not to”). Esta es la célebre respuesta que ha dado pie a la interpretación literaria que asocia a Bartleby con los escritores dimisionarios.

Ante semejante reacción, el abogado descubre en el copista una oportunidad  para mostrarse paciente y compasivo, en cumplimiento del mandato de su moral religiosa. Para eso se siente dotado de “sensibilidad moral”. Incluso, a la vista del absentismo de Bartleby, confiesa que no le costará nada tolerar la extraña terquedad de éste, “mientras cultivo en mi alma  lo que, en su momento, será un bocado apetitoso para mi conciencia”. Así se hallaba más cerca de la retribución con la que, según el código religioso, se compensa a las “almas caritativas”, sobre todo cuando uno se siente frustrado por la derrota de alguna expectativa material en esta vida, como haber perdido el codiciado puesto de secretario de la Corte de Derecho Común que pensaba disfrutar con carácter vitalicio.

Finalmente, el copista se niega también a cumplir su oficio y cualquier orden que le imparte su jefe. Sólo quiere que lo dejen en paz, un deseo que el abogado no está dispuesto a satisfacer en su nada desinteresado empeño por ayudarlo. La apatía del escribiente llega al extremo de instalarse en la oficina, obligando al abogado a marcharse de ella. Desconcertado, éste concluye que  sus problemas con Bartleby le “estaban predestinados desde la noche de los tiempos” y que había venido a parar a su casa “por algún designio misterioso de la omnisciente Providencia” que él, “en su condición de simple mortal”, no podía desentrañar. Esta  conclusión no es más que charlatanería de catecismo concebida para conmover a los lectores “impresionables” y sólo sirve para encubrir el propósito expuesto por él mismo unas páginas atrás: que la terquedad de Bartleby le permitía cultivar en su alma lo que en el futuro sería un apetitoso bocado para su conciencia.

Las efectistas exclamaciones “¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!” con las que clausura su relato, después de la muerte del escribiente en una sórdida prisión en la que ha sido encerrado por su negativa a abandonar la oficina, constituyen el broche de oro de una historia que el abogado considera ejemplarizante, y en la que si él desempeña el loable papel de alma caritativa –para eso la ha escrito-, Bartleby está destinado a ejercer de pobre diablo que, inexplicablemente, se resistió a la fraternal oferta de auxilio de su jefe.

Esas breves exclamaciones finales resumen el sentido del relato. Como no se ha ayudado lo bastante al prójimo, hasta dejarlo morir igual que un perro en el patio de una cárcel, siempre quedará el refugio de la “humanidad” abstracta y lejana en el que limpiar la conciencia manchada por la culpa.

A mediados del siglo XIX, cuando Melville publicó su relato, el nuevo credo del humanitarismo se extendía como una mancha de aceite entre la pequeña burguesía ascendente y hasta entre los fieles de las religiones convencionales que, como el abogado, acudían los domingos a la iglesia para dejarse impresionar por el predicador de moda, algo que él mismo perseguirá con su historia.

En la Europa decimonónica el otro exponente literario de individuo humanitarista tan esquinado como el abogado neoyorquino de Bartleby fue Monsieur Homais, el boticario anticlerical y volteriano de Madame Bovary, quien, después de arruinar en su propio beneficio la carrera del ingenuo médico Charles Bovary, el marido de Emma, supo hacer méritos para ser condecorado por sus servicios.

Ignoramos la fuente precisa en la que Melville se inspiró al escribir su relato. Los críticos mencionan a Emerson. Sin embargo, el discurso del abogado concuerda con la reflexión formulada por su contemporáneo, el británico Matthew Arnold, en  su libro Cultura y anarquía (1869), acerca de la “concepción filistea de la vida”.

Arnold desarrolla esta idea tras comentar una noticia publicada en un periódico sobre el suicidio de un tal señor Smith, secretario de una compañía de seguros. De este individuo, exponente perfecto del filisteísmo de la clase media victoriana, se decía que trabajaba “con la aprensión de ser pobre y condenarse eternamente”.

En su comentario, Arnold advierte que con frecuencia “nos limitamos a la preocupación por hacer dinero y la preocupación por salvar nuestra alma”, de tal manera que “la estrecha y mecánica concepción de nuestros negocios seculares” procede de “una estrecha y mecánica concepción de nuestros negocios religiosos”, una derivación que, a su juicio, causa un verdadero estrago en la vida de las personas.

Volviendo al caso del “pobre señor Smith”, Arnold señala que en éste convergían

“tanto la más noble y gran preocupación como la más mezquina, la preocupación por salvar su alma (según la estrecha y mecánica concepción que tiene el puritanismo de lo que es la salvación del alma) y la preocupación por ganar dinero”.

Puesto que el abogado del relato de Melville no quiso revelarnos su nombre, podemos bautizarlo con el del directivo de la compañía de seguros, señor  Smith: ambos se parecen como gemelos. Este dechado de burgués, con ramalazos de Tartufo puritano, también encaja en una aguda observación que hizo Alexis de Tocqueville tras su estancia en Estados Unidos.

El pensador francés anotó que en este país el gusto por los goces materiales no sólo no se contradecía con las buenas costumbres, sino que incluso “a menudo viene a combinarse con una especie de moralidad religiosa”, que se reduce al deseo de “lograr lo mejor en este mundo, sin renunciar a las posibilidades del otro”.

A la luz del extraño destino que la posteridad ha asignado a Bartleby, también empeñada en no dejarlo en paz, resulta sintomático el interés que parecen despertar los escritores dimisionarios y aquellos otros que se apartaron del fulgor de los focos en una sociedad en la que se multiplica la gente que escribe, en la que los escritores juegan a escribientes y literatos y en la que los lectores, más que leer libros, pasan páginas.

Quizá estos rara avis sean los auténticos guardianes de la literatura, quienes, en contra de la corriente, prefieren no publicar más (aunque no dejen de escribir), atrincherándose en la mesa de su escritorio, como Bartleby en la oficina de su pelmazo jefe. Si “el único destino noble de un escritor que publica es no tener una celebridad acorde con sus merecimientos, el verdadero destino noble es el del escritor que no publica”, anotó Fernando Pessoa, otro apóstol de la renuncia que sólo quería que lo dejasen en paz con sus heterónimos.

Ya lo advirtió hace varias décadas Nicolás Gómez Dávila, el perspicaz (y también oculto) crítico de la cultura y la sociedad moderna:

“La literatura no perece porque nadie escriba, sino cuando todos escriben”.

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Esta reseña fue publicada originalmente en el blog: http://enlenguapropia.wordpress.com/

 
 

La profecía de Praga

Por Librodeldía

descarga (5)El poder es el arma que el hombre ha querido para sí desde el principio de los tiempos. En ella residen todas las ambiciones que guarda en secreto, por esos las grandes guerras que se han desatado en la historia solo han tenido este propósito. Esta es la propuesta de La profecía de Praga, una novela policial que combina lo antiguo con lo moderno para enganchar al lector con una historia que nos mantiene en vilo hasta su desenlace.

La historia parte desde la aparición un grupo de homicidios que aparentemente no guardan relación entre sí, pero que luego son vinculados al robo de un extraño libro en un museo en New York. Una división de investigaciones especiales llamada “La guardería”, integrada por un equipo de trabajo de mentes excepcionales (ingenieros, expertos en informática y programación) comienzan a desarrollar una investigación que aparentemente está basada en teorías conspirativas históricas y que puede considerarse en nuestros tiempos difícil de creer. A medida que van ahondando en el caso, el equipo se va dando cuenta que la profecía es más que un mito y son muchos los que están detrás de ella. Es aquí cuando una simple investigación policiaca se convierte en una cruzada para salvar algo más que el día de trabajo.

Rafael Carbajo, su autor, atrapa al lector por la pericia que tiene para lograr profundidad y acción en sus personajes, invitándolo a adentrarse en el entramado de situaciones que guardan un desenlace que poco se espera. Sin duda, un nuevo aire a la novela policiaca que dará tela que cortar.

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El mundo de Mariana

Por Librodeldía

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elmundodemarianaLa infancia es el territorio de lo asombroso. En ese tiempo donde todo es una primera vez, nuestros ojos observan el mundo como una gran épica cotidiana. Toda tarea, problema o inconveniente se convierte en una empresa que hay que asumir con gallardía, donde el coraje es necesario para afrontar las grandes batallas que se presentan. La infancia, entonces, parece ser el territorio donde todo puede ser posible. Esta es la prerrogativa de la novela El mundo de Mariana, de C.J. Torres, un interesante experimento narrativo donde la voz que lleva la historia es la de una niña que se va contando a medida que va deslumbrándose con lo que la rodea.

Mariana lo sabe, a sus cinco años de edad ha entendido que la vida se debe vivir así, con alegría, con esperanza, valentía y aplomo. A sus cinco años ya conoce el valor de los números, de la amistad, de las tradiciones y la familia, armas suficientes para emprender los años venideros. Como dice en su prólogo, Mariana “conserva su inocencia y eso la convierte en la mejor observadora”.

La odisea de su bautizo es el leitmotiv que va dando curso a esta novela llena de oralidad, de costumbres colombianas, donde cada intento frustrado va tejiendo una nueva alternativa, más exagerada que la otra, para que “Marianita la más bonita” pueda recibir la santa bendición que todo niño debe tener. Incluso, sus padres llegan al punto de intentar bautizarla por Internet al no poder haberlo hecho por ninguna de las vías convencionales. Pero esto no representa algo triste para nuestra protagonista, al contrario, nuestra niña dice: “Cada día me convenzo más de que mis bautizos no eran para bautizarme y ya, si no para darnos raticos felices, como que mis papis vieran las estrellas en El Rodadero, que yo conociera a Kai y ella me tejiera la manilla que me va a cuidar siempre”. El optimismo de los niños es una fuente que no se agota.

El mundo de Mariana es una novela muy bien lograda por su autor, capaz de moverse en un registro tan complicado como la voz infantil y de mostrar no solo la vida de los niños, sino parte de la idiosincrasia del colombiano, sus rasgos más representativos, y su ejemplar forma de crianza que los lleva a hacer todo por sus hijos.

 

El arte de contar brevedades

Por Librodeldía

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51hqjC9NybL._AA160_El microrrelato es una postal que narra un instante, que muestra un paisaje en un tiempo determinado. Es la imagen en su estado más puro, lograda con la precisión de un cirujano. Dominar este arte exige lenguaje y pericia, atributos que llaman al lector no solo al divertimento sino al reconocimiento, al asombro, el mismo que Aristóteles anunciaba en su Poética. En El cielo en ruinas, de Angel Fabregat Morera, nos topamos con esto y con más, siendo lo cotidiano y lo azaroso el telón de fondo para contarnos estas brevedades, donde también el juego y la ironía se hacen presentes para decirnos que el mundo no siempre es un buen lugar para vivir en él.

Fabregat Morera logra construir con criterio, dentro del corpus de las historias, dos tipos de personajes: personajes border, cansados, molestos, siempre a punto de la locura o la ira; Estos podemos verlos en relatos como “El desquiciado”, donde un hombre, al perder a su mujer, decide asediarla por el contestador del teléfono para poder escucharla siempre. O en el microrrelato “El intento”, la historia de un hombre que busca huir de su casa a media noche por no soportar la vida que lleva. Ambos, son la representación clásica de una bomba de tiempo la cual no sabemos cuándo va a explotar.

Pero también aparecen personajes derrotados, nostálgicos, agotados por el pasado, y sin fuerzas para repeler las embestidas que da la vida. Estos se ven en aquellos relatos donde la sensibilidad aparece como el motor de la historia, evocativa y sin melodramas que puedan opacar al texto; Este tipo de personaje podemos encontrarlos en cuentos como “El terrorista”, posiblemente uno de los relatos mejor logrados del libro, donde el militante de un grupo violento vuelve a su casa para compartir con la familia. O en “El hombre que pinta huidas” donde la locura de una persona, lo lleva a pintar las paredes del sanatorio donde se encuentra.

Historias particulares, llamativas y con mucho humor son la constante que nutre El cielo en ruinas, un libro sólido que dará de qué hablar entre sus lectores.