Por Librodeldía

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elmundodemarianaLa infancia es el territorio de lo asombroso. En ese tiempo donde todo es una primera vez, nuestros ojos observan el mundo como una gran épica cotidiana. Toda tarea, problema o inconveniente se convierte en una empresa que hay que asumir con gallardía, donde el coraje es necesario para afrontar las grandes batallas que se presentan. La infancia, entonces, parece ser el territorio donde todo puede ser posible. Esta es la prerrogativa de la novela El mundo de Mariana, de C.J. Torres, un interesante experimento narrativo donde la voz que lleva la historia es la de una niña que se va contando a medida que va deslumbrándose con lo que la rodea.

Mariana lo sabe, a sus cinco años de edad ha entendido que la vida se debe vivir así, con alegría, con esperanza, valentía y aplomo. A sus cinco años ya conoce el valor de los números, de la amistad, de las tradiciones y la familia, armas suficientes para emprender los años venideros. Como dice en su prólogo, Mariana “conserva su inocencia y eso la convierte en la mejor observadora”.

La odisea de su bautizo es el leitmotiv que va dando curso a esta novela llena de oralidad, de costumbres colombianas, donde cada intento frustrado va tejiendo una nueva alternativa, más exagerada que la otra, para que “Marianita la más bonita” pueda recibir la santa bendición que todo niño debe tener. Incluso, sus padres llegan al punto de intentar bautizarla por Internet al no poder haberlo hecho por ninguna de las vías convencionales. Pero esto no representa algo triste para nuestra protagonista, al contrario, nuestra niña dice: “Cada día me convenzo más de que mis bautizos no eran para bautizarme y ya, si no para darnos raticos felices, como que mis papis vieran las estrellas en El Rodadero, que yo conociera a Kai y ella me tejiera la manilla que me va a cuidar siempre”. El optimismo de los niños es una fuente que no se agota.

El mundo de Mariana es una novela muy bien lograda por su autor, capaz de moverse en un registro tan complicado como la voz infantil y de mostrar no solo la vida de los niños, sino parte de la idiosincrasia del colombiano, sus rasgos más representativos, y su ejemplar forma de crianza que los lleva a hacer todo por sus hijos.

 

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