SONY DSCYeniter Poleo, escritora venezolana, autora de:

La ciudad vencida, (Editorial Libros del Fuego, 2014).

 

 

 

¿Cuál es tu libro del día?

La carroza de Bolívar de Evelio Rosero. Es una metáfora que cuenta otra metáfora, ambas muy poderosas.  La ciudad de Pasto, la más vilipendiada y deshonrada por la historia, pese a haber sido la más ultrajada y masacrada por los actos “libertadores”, se vuelca contra uno de sus hombres principales porque este ha decidido construir una carroza de carnaval que cuente los desmanes cometidos por Bolívar contra esa misma ciudad.  Por un lado, la sola idea de que una carroza de carnaval desate tal furia y tantos actos siniestros, parece un absurdo, pero precisamente por eso nos evidencia, nos evidencia como países que siguen explosionando rivalidades perpetuas a partir de motivos bobos. Nos evidencia como seres nacidos en América Latina, cada vez más dummies en la medida en que, pese al tiempo transcurrido y los delitos revelados, seguimos estancados en rendir pleitesía a quienes nos maltratan y nos mienten, sabiendo que nos maltratan y nos mienten.  Por otro lado, es corajudo y original desmitificar a Bolívar mediante un objeto carnavalesco, porque vuelve elocuente eso en que se ha convertido el culto a la personalidad del prócer, un relajo, una distorsión, una hipérbole.  La ficción de Rosero combate el disimulo sobre cómo la historiografía oficial ha desterrado de la memoria aquellas voces que han gritado las historias más descarnadas de ese ídolo, empezando por el estudio de 1925 del investigador Sañudo (en cuyos textos el escritor basa el grueso de su relato), hasta los testimonios de quienes vivieron en Pasto y en toda la geografía que recorrió ese Bolívar implacable, feroz, ideologizado con su propia ideología. Rosero introduce personajes que son bisnietas o tataranietas de una niña violada por Bolívar, o una mujer vejada, que van desvelando las prácticas más oscuras del héroe deslumbrante. Acierta también el novelista con su propuesta de insertar relatos textuales pero arropados, aunque a veces se torna literal, empeñado en resaltar dato tras dato, acto bizarro tras acto bizarro. No obstante, es una historia cargada de sarcasmo, crudeza, con puntos de tensión y de deleite, pero también desde una cierta candidez e ignorancia muy nuestra. El autor cierra la primera parte de la novela con una frase que parece dirigirnos de forma solapada, y me atrevo a parafrasearla: Rosero parece feliz de entristecernos a todos, y creo que esa “tristeza” nos hace mucha falta.

¿Algún placer culposo literario?

No sé si culposo pero he disfrutado todo Sherlock de Conan Doyle y toda Agatha Christie.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

Novelas, varias.  El diario íntimo de Francisca Malabar, de Milagros Mata Gil; A quien corresponda, de Martín Caparrós; Purgatorio y Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez; La casa del pez que escupe el agua, de Herrera Luque; El mago de la cara de vidrio, de Eduardo Liendo; y más recientemente, La luz difícil, de Tomás González;  sin embargo, hay otras lecturas que han calado en mi memoria, sobre todo porque me han resultado reveladoras, me han dado luz sobre cosas que quería saber, o cosas que no sabía que quería saber; por ejemplo, un librito chiquitico, que conseguí en una librería de viejo, Cuando era feliz e indocumentado, de García Márquez, porque me mostró una Caracas desconocida.  Y también mucho ensayo histórico, como De la dificultad del ser criollo, de Carrera Damas, Contra lujuria, castidad, de Pino Iturrieta, La criolla principal, de Inés Quintero y La herencia de la tribu, de Ana Teresa Torres.

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Foto: Deborah Rodríguez

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