Andrea Mantione 

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dsA ritmos desiguales, pero a la vez compactos, oscila esta historia entre ejes tangenciales tan distintos, y en la cual la lectura juega un papel tan importante, tan protagónico. Los detectives salvajes (1998), del escritor chileno Roberto Bolaño, es, así sin aspavientos, una novela de lectores. Sin pecar de simpleza, puesto que de cabo a rabo estamos sumergidos en un remanso de historias y personajes que orbitan en torno a literatura y a la experiencia poética, tan vasta como es posible.

Dividida en tres partes que tienen sus respectivos ritmos temporales y narrativos, todos en tono confesional, se nos presenta la idea del lector desde su forma más simple hasta la más compleja, pasando por toda una gama de matices en los que la lectura hace vida y se deja vivir. Partiendo de la imagen del joven García Madero, y tratando de hacer consonancia con la búsqueda –tan esencial– de los poetas viscerrealistas Arturo Belano y Ulises Lima, se podría trazar a dedo el viaje que emprenden (o el viaje que los emprende a ellos) en busca de la poesía, esa fuerza magnética avasallante que arrastra y transforma.

En la primera parte, a modo de diario, el joven Juan García Madero nos muestra su carácter de lector novato, y por lo tanto ingenuo, que quiere dedicarse a las letras y que no puede porque sus tíos se niegan. Lo apremian a estudiar derecho en contra de su voluntad. Aquí está presente, en prima instancia, la imagen del lector como especie de marginado del círculo productivo de la vida; la lectura no es un negocio rentable del cual se pueda sacar provecho material. Este acto se convierte, a pesar de su inocencia, en uno de rebeldía para con su entorno porque no se conforma con acallar la llamada que le hace su espíritu –si así se le quiere llamar– para ir a responderle a la rutina. El lector es un rebelde que decide separarse voluntariamente del encasillamiento banal al que lo somete su contexto: por orden de sus tíos estudiará derecho, pero al mismo tiempo acudirá a un taller de poesía para intentar sobrellevar esta “rebeldía impasible” que se agita dentro de sí.

García Madero debe sobrellevar un ritual de iniciación que lo despojará definitivamente de la capa de lector ingenuo e infantil, lleno de inocente entusiasmo, y lo dotará de una madurez poética que no parará de fecundar jamás. Este ritual iniciático, que él al principio niega pero es tan evidente e importante, se manifiesta caótica, inexorablemente: “la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”. Ya son visibles los rastros de una conciencia poética más elevada, que va mucho más allá de reconocer estructuras formales del poema, pero que aún se está leudando en su ánimo y en su carácter. En la mediocre apacibilidad de lo que es cómodo y mundano, aparecen en su taller las dos figuras que sacarán a García Madero de este “ensimismamiento” literario, o ingenuidad poética si se quiere. Arturo Belano y Ulises Lima (que no vienen a ser sino una traspolación ficcional del propio Bolaño y su gran amigo Mario Santiago Papasquiaro) aparecen en la vida del joven Juan para ofrecerle un espacio en el que –dentro de esa enajenación que puede devenir para un lector del ejercicio de la lectura– ya no será un marginado: el poeta cachorro ha conseguido su puesto en la manada.

Vamos viendo cómo, en la mayoría de los casos, el lector no será capaz de sacudirse su inocencia si algo no viene a vapulear los cimientos de su cotidianidad. En este caso, el germen de su iniciación (aunque para García Madero no haya habido ceremonia formal propiamente) es en este taller de poesía que frecuenta, en el que advierte intuitivamente una mediocridad lectora que aún no tiene cómo explicar. Entonces llegarán estos dos muchachos, cual vendaval, a plantársele de plano a la idea tan estrecha –e impuesta– de poesía, negando tajantemente la tradición, como acto de sublevación que todo lector irreverente ha aspirado alguna vez. La gran metamorfosis del perplejo Juan, de la inocencia a un nuevo estado de madurez lectora, se ve claramente en el momento del enfrentamiento entre los talleristas y los poetas rebeldes, en el que todo es más agitado a punto de llegar a los golpes, y se le insta a Ulises Lima a leer uno de sus poemas. García Madero no puede hacer otra cosas más que escandalizarse: “Qué horror, pensé, este pendejo se ha metido él solo en la boca del lobo. Creo que cerré los ojos de pura vergüenza ajena. Hay momentos para recitar poesías y otros para boxear. Para mí aquel era uno de éstos últimos. Oí el silencio (si eso es posible, aunque lo dudo) algo incómodo que se fue haciendo a su alrededor. Y finalmente oí su voz que leía el mejor poema que yo jamás había escuchado”.

Vemos claramente el temor de todo lector inmaculado a aquello que pueda hacerle frente al orden preestablecido. Después de este episodio algo se transforma irremediablemente en García Madero y no volverá a ser el mismo; no volverá a pensar en la poesía como en algo ajeno a la vida, como en un elemento estéril que no sirve de nada en el terreno de la transgresión. Muy al contrario. La lectura cambia al ser humano, sin vuelta atrás. Una vez iniciado en la vivencia poética tangible, García Madero empieza a experimentar cambios no sólo mentales, sino también físicos, aunados a esta fuerza vital que le ha dado este reciente descubrimiento de la poesía, que a lo largo de la novela seguirá tanteando y redescubriendo. En este caso sería pertinente decir que no hay ­–no puede haber–­ lectores inocentes, reinterpretando aquellas palabras de Barthes, que señalan que el nacimiento del lector se paga con la aniquilación de dicha inocencia.

Al ser esta una novela de lectura y lectores, poesía y poetas, también vale la pena echar un ojo a cómo este acto no sólo alcanza a los que la ejercen activamente, sino también a aquellos que pululan alrededor de la lectura y de sus deudores, y que de igual modo son arrastrados de uno u otro modo por su caudaloso raudal. La poesía llega a manifestarse como una energía seductora e irresistible que se debe consumar al instante; como sucede cuando la camarera del bar que frecuenta García Madero le pide que le haga una poesía, pero en el momento: “Yo te invito la copa pero la poesía me la haces ahora”. Nótese la connotación un tanto erótica en la construcción de la frase, con ansiedad y premura, como si fuese una urgencia que ya no se puede contener. Vemos la poesía como forma en que se desatan las pasiones, que encuentra adeptos hasta en los no lectores (si es que acaso se le pueda poner un atavío formal a lo que es un lector). Un caso parecido ocurre con Joaquim Font, en el que evidentemente la lectura juega como un detonante de locura en un agente “pasivo” como él –en relación con otros personajes de la novela. A lo largo de toda la historia (tanto los primeros meses en los que se desarrolla la primera parte, como en el largo periodo de veinte años que comprende la segunda), somos testigos de la paulatina evolución del delirio de Quim, cuya razón de ser se nos descubre como una consecuencia de su relación con la lectura y los lectores que lo rodean.

Éste y muchos otros casos hay en la novela, en que se presenta al lector en muchas de sus facetas, siendo una de las más significativas la del lector que trasciende el acto de leer y adopta el de escribir; la escritura como consecuencia lógica de lectura, las cuales se complementan y se necesitan mutuamente. Pero a pesar de estos infinitos matices y recovecos, Arturo Belano y Ulises Lima pueden ser vistos como los pilares de la imagen prototípica de lector en la novela, rebeldes confesos, desarraigados insurrectos, que muestran el lado de la lectura –en este caso de la poesía– en cuanto hogar; como espacio de sosiego y pertenencia que no les da ningún otro sitio. Viven por y para la poesía. Esto se ve claramente, por ejemplo, cuando se describe el espacio en el que vive Ulises Lima: “El habitáculo es pequeño, tres metros de largo por dos y medio de ancho y los libros se acumulan por todas partes. (…) En el cuarto sólo hay un colchón en el suelo, que Lima enrolla por el día o cuando recibe visitas y utiliza como sofá; también hay una mesa minúscula cuya superficie cubre del todo su máquina de escribir y una única silla”.

Se nos presenta esta austeridad no como una forma de pobreza, sino más bien de libertad, en la que son los libros los que le quitan a ese espacio, minúsculo y vacío, todos los resquicios de inhabitabilidad. El lector que se muestra en la novela es un desarraigado que “puede hacer cualquier cosa por la poesía”. Cualquier cosa, hasta dejarlo todo por ella y dedicar su vida a nada que no sea ella –como hacen Arturo y Ulises en el viaje que emprenden en búsqueda de sus raíces poéticas. Si bien desde el primer momento su vena vanguardista los hace renegar de toda tradición hasta el punto de la ruptura, no significa que no respondan a su propia y más íntima tradición, y no tengan la necesidad de buscar en sus orígenes las razones que justifiquen su existencia poética; lo que hacen al buscar a Cesárea Tinajero, la piedra angular de su poesía, hasta el desierto de Sonora, arrastrando con ellos todo el lastre de la realidad.

La lectura, pues, puede ser interpretada como el viaje que se emprende una vez y para siempre, en la que el lector no deja de ser nunca un detective imparable, incontenible, rebelde, salvaje.

@mantitwo en Twitter

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