Patricia G. Heredia P.

 

si uno permanece en casa
porque llueve de nuevo
llueve plomo y anzuelo

Franklin Hurtado

 

Entre los derechos del hombre figura el escribir largamente, para sí mismo primero, para los otros luego, con un propósito bien o mal definido: el de inundar las vitrinas, las paredes, los países, las casas.

Miyó Vestrini

 

 

descargaDesperté y llovía. No se puede escalar. Vagué por la casa medio haciendo cosas pendientes antes de ir a la oficina y a clases. Fui a la ducha mientras pensaba que para el trabajo final de esta materia también podía escoger un libro que no estuviera en la lista propuesta. Cuál podría ser… Abrí el agua. Recordé Conferencia sobre la lluvia de Juan Villoro y fui a buscarlo. Volvía de la biblioteca a la ducha, mientras lo ojeaba, y pegué la cabeza contra la puerta abierta de un gabinete. Borges casi muere de septicemia y escribió “El sur”. A mí me salió un chichón y empecé a escribir este trabajo.

Mientras, a espaldas de Villoro, yo me siento a escribir mi propia “conferencia” con cierto alivio y satisfacción, su conferencista ha perdido los papeles y está inquieto. Está ya en el lugar y momento de la conferencia y no le queda más remedio que ser honesto con su audiencia: va a improvisar. “¡Perdí los papeles!”, dice. “La conferencia. Perder los papeles es perder la compostura”. Helo ahí, sumido en el caos de lo no asentado en la palabra. Se nubla. Comienza a hablar de sí.

El conferencista es un bibliotecario. Un hombre ordenado, nos dice, a pesar de lo que le acaba de suceder. Le creemos. Se ve decididamente turbado y un poco perplejo. Sin embargo, pronto confiesa que su orden no se extiende a la vida práctica, “se le escapan las cosas”.“¿Dónde estoy cuando olvido lo que tengo en frente?”, se pregunta. Sin darse cuenta, se había respondido a sí mismo en la disertación que lo condujo a esa cuestión: “en el librero”.

Resulta que el protagonista –más que conferencista, bibliotecario o persona ordenada– es, fundamentalmente, un lector. Su vida transcurre con suprema comodidad entre estanterías, lomos y páginas y reina indiscutible sobre butacas durante sus lecturas. Pero, es su relación con el resto de las cosas la que no le resulta tan natural; ¡por distraído! Eso es un lector: alguien que constantemente se debate entre dos realidades y cuya naturaleza tiende a inclinarse hacia la realidad entre las páginas antes que a la que se encuentra fuera de ella. No diremos que todo lector es un Quijote, sumido en su ficción y desentendido del mundo tangible, pero –en todo caso– es el mundo textual el que actúa como punto de referencia para lo que ocurre afuera.

Pronto lo demuestra. Su entendimiento del mundo está mediado por su manera de concebir los textos. De Yola, por ejemplo, no nos habla como una persona metódica y atenta a los detalles, sino como una “naturalista” que cree en “el mundo descriptible” y posee una relación torrencial con la narrativa. Su máximo atributo es acomodar los libros, “conoce el orden alfabético”. Las relaciones del protagonista con las personas, no giran en torno a ellas sino a los libros, que son –para él– el elemento a través del cual logra establecer un vínculo. Los libros son la forma en que se aproxima y entiende al mundo y a los otros. Incluso a Soledad que era –por derivación lógica– alérgica a los libros.

Él es un bibliófilo y Soledad está a las antípodas. No se puede decir que ejerciera de forma activa su desprecio hacia los libros más que ordenándolos “con una dedicación que sólo puede tener alguien que los odia. (Pero) eran sus prisioneros; los mantenía a raya con crueldad”. A Soledad la pierde porque prefiere defender un libro de las manos de ella que a ella de un ratón acechante. La pierde porque “es alérgica a los ratones, y los libros producen ratones” y, en fondo, él es el ratón: devorador compulsivo de libros, no le interesa más que sus páginas y amenaza de la vida humana de ella con sus hábitos de roedor hasta un punto intolerable. “Supongo que en el fondo era alérgica a mí”, concluye.

Luego, llega Laura –con ele líquida–. Con ella la relación tiene bases seguras: es una intelectual y la conoce en la biblioteca, tras una montaña de libros y pesados lentes. El amor, al menos en un sentido, está asegurado. Laura no es un ratón de biblioteca, es un gato; otro tipo de lector. Ella entra en las profundidades de los libros, los desentraña y se alimenta de ellos, pero lo hace con mesura y, después, sabe cerrarlos. Fuera de los libros Laura conduce una vida y los dos mundos no se tocan entre ellos más que a través de su cuerpo, que tal vez sostiene el libro y otra vez no. Para Laura, la relación con el bibliotecario es, precisamente, como ir a leer libros a la biblioteca. Está circunscrita a un territorio –tanto geográfico como físico y no emocional–determinado del que no debe salir. La única forma en la que el mundo de la biblioteca se encuentra con el mundo externo en la vida de Laura es en la satisfacción “orgánica” que se lleva con ella, como un préstamo a renovar.

La relación amorosa fracasa. Un gato y un ratón no pueden convivir serenamente en la misma biblioteca, uno de los dos debe huir o perecer. Es un paraguas –para-agua– el que impulsará la acción definitiva del ratón. El bibliotecario, que todavía no comprende bien los límites entre las dos partes de una vida, traspasará las fronteras. Su colisión con el otro lado lo petrifica –y ahuyenta definitivamente a Laura, ese gato–. Quedará momificado en plena persecución, bajo una repentina y violenta lluvia, como thecat and therat en las cañas del órgano (Se trata de una rata y un gato momificados, encontrados dentro de la caña del órgano de Christ Chruch Cathedral de Dublín. Se presume que quedaron atrapados ahí mientras se perseguían uno a otro. James Joyce los menciona así en Finneganswake, aumentando su popularidad. Localmente son conocidos como Tom y Jerry).

Pero, ¿qué fue de la lluvia? Eso le sucede a un conferencista sin su conferencia: debe reescribir. En la escritura se divaga, pero sin ninguna consecuencia porque el texto se relee, se reescribe y se pule hasta que tenga coherencia y solidez. No puede hacerse lo mismo mientras se habla. Hablar es –como se diría en italiano– scrivere di getto, escribir de golpe, a propulsión, ¡a chorro abierto! Afuera llueve y la audiencia que entra mojada in media res, le recuerda al protagonista el asunto de su ponencia.

“Cuando no estoy leyendo me eclipso con facilidad, me encierro en una nube, como si buscara un libro”, dice. De su biblioteca mental extrae a Dante, para comenzar por su “Purgatorio” la disertación sobre el agua. “Dante habla de la fantasía (…), un impulso que nos permite escapar mentalmente, ascender”. A través de la fantasía literaria, el lector, “extasiado (…) se eleva”. En las alturas, el pensamiento se mueve, pugna. Pero, “¿qué obtenemos gracias a la alta fantasía? ¡Lluvia!”.

Una vez, cuenta, hubo goteras en la biblioteca. No se pudo reparar el techo sino al final de la temporada de lluvia, por lo que hubo que colocar cubetas bajo las goteras y convivir con el “plif, plaf” de las gotas que “caían como si fueran de arsénico”. Ser lector es también ser una biblioteca con goteras. En la lectura, se debe aprender a lidiar con el lento veneno del agua que el autor deja colar por nuestros puntos débiles: soportar el agobiante sonido, minimizar los daños, resignarse a que la atmósfera se verá afectada para siempre. Especialmente, se debe recordar vaciar las cubetas y devolver el agua a su cauce. Una idea persistente que golpea la superficie de un pensamiento estancado trae sus consecuencias; se puede terminar en el “médico por culpa de una cubeta de agua”.

El agua es pensamiento. El agua es maleable: fluye, se precipita, se evapora, diluye las sustancias.En las altas nubes, las ideas chocan entre ellas con violencia para finalmente precipitarse en líquido vital. “A veces la lluvia sale de su jaula” y se dice. El agua, cuando cae, es el lenguaje: la escritura, la conferencia, el monólogo. “Por eso la lluvia es buen tema: afecta al mundo sin acabar con él”.

“Hay algo útil en hablar en voz alta”, en escribir, en decir, en llover. Es necesario el “otro para decir algo”. Por eso leemos, por eso escribimos. Los libros unen a las personas a partir de sus necesidades y sus ideas. Leer un libro –o escuchar una conferencia– es como tomar en préstamo una idea para germinar las propias: “una transmisión, un contagio”. La literatura es el constante flujo y transformación delas aguas –las ideas– de un estado a otro: de lectura a escritura, de evaporación a precipitación. Y viceversa. El flujo de las ideas es indispensable para el ser humano como el ciclo del agua lo es para la vida en la Tierra.

Yo no perdí mi libro ni mis apuntes, tuve a la mano todos mis papeles mientras redactaba estas líneas. A pesar de eso, también a mí me sucedió dispersarme. Son caprichosos los fenómenos atmosféricos y una lluvia no está compuesta sólo de gotas que caen uniformemente. Como en el texto de mi colega conferencista, aquí también la lluvia ha arreciado y amainado, ha habido truenos y relámpagos, afortunados repuntes del sol y arco iris, vientos, muchos vientos irreverentes… Finalmente, la calma. No he logrado hacer una exposición clara sobre un tema específico, pero he podido tender algunas relaciones. Quizás exagero… “Los lectores somos exagerados, muchas veces inventamos asociaciones”.

@pattyghp en Twitter

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