Había visto ese libro cada una de las veces que me sumergía en la biblioteca de mi abuelo. En la portada estaba la foto -casi en primer plano- de un hombre de cabellos y bigotes crespos, cuyos ojos ya traslucían el brillo de la gloria. El hombre de la foto era Gabriel García Márquez y el libro era El olor de la guayaba. Para quienes lo han leído, un taller de narrativa en si mismo.

Lo más fascinante de leer aquellas conversaciones de García Márquez con Plinio Apuleyo Mendoza, fue descubrir todo lo que un escritor debía ingeniárselas para hacer reales sus historias. Como por ejemplo, elevar al cielo a Remedios la bella, con ayuda de unas sábanas extendidas o sembrar guayabas en su casa para recrear en el libro el olor de la costa caribeña.

Incluso, descubrir en esa entrevista de que manera un escritor puede querer tanto a su personaje al punto de llorar toda la noche por haberlo matado; o encerrarse por dieciocho meses a jugarse la vida en un manuscrito.

Tan honda impresión causó en mi El olor de la guayaba, que cuando leí por primera vez Cien años de soledad, tuve algunos prejuicios a causa de las confesiones de García Márquez. Por un lado, conocía algunos entretelones del libro como la génesis de sus personajes, las tramas que se le salieron de las manos, la imposibilidad de plasmar literariamente a su esposa Mercedes en la historia. Por el otro, desconfiaba de ese libro al que su autor le reclamaba haberle robado su tranquilidad por lo que le quedaba de vida.

Nadie que sienta alguna inquietud por la literatura, permanece igual luego de haber leído Cien años de soledad. Su cantidad de arquetipos, tragedias y truculencia vuelven febril la imaginación del lector. Pocas obras son tan propicias para levantar sobre ellas el imaginario de América Latina, pocos simbolismos tan cercanos a una totalidad de la literatura en el mundo. Y sin embargo, siempre el escritor sobre su obra, como un demiurgo lúdico: sólo quería contar las historias como lo hacia mi abuela cuando yo era niño.

Plinio Apuleyo Mendoza invitó a Gabriel García Márquez a reflexionar sobre el gran tema de su obra (a la época de la entrevista): Macondo, el poder… El le responde que si debe haber un tema que conecta todas sus historias es el de la soledad, esa soledad que nace de la incapacidad para amar. Es la misma respuesta de Úrsula Iguarán al final de sus días cuando una tarde suelta su primera palabrota, Amaranta (creyendo que la había picado un alacrán) le pregunta dónde está el animal, y ella responde apuntando a su corazón: “¡Aquí!”

Con Gabriel García Márquez se aprende que ser escritor es un oficio de superlativos, y que la magia, cuando ocurre, exige vértigo y alquimia.

En la muy literaria ocasión de un jueves santo, García Márquez leyó la página final del pergamino de su vida. Tal vez en ese instante, el viento irreparable de la muerte lo devolvió a aquella vía de Acapulco donde encontró el tono para su gran novela, o un poco más atrás a la sala de la biblioteca donde sus mecanismos interiores se sacudieron leyendo a Kafka o, finalmente, a aquella tarde remota en que su abuelo lo llevó al circo a conocer el hielo.

Macondo en ese entonces era una aldea de casas construidas con caña brava y donde un perdurable olor de guayabas en el atardecer, presagia que una historia está por comenzar.

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