Miriam Mireles

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rosanaLa cerradura de la portada de El cuerpo de la transparencia (Blacamán Editores y Asociación Civil En Cambio, Villa de Cura, 2012) tienta al lector a mirar más allá de la imagen de la palabra que contempla. Escucha o simplemente es loor ante el borboteo fluido, sin opacidad de los poemas de Rosana Hernández Pasquier.

Y en esa travesía aparecen versos donde el agua padece: sufre, convulsiona, desafina; aguas caracterizando seres humanos en su devenir. Nos sorprende la manera hermosa y simple de aprender del agua, una certeza condicionada al viaje por la llave de metal  y el percibir del ruido de la lluvia: … Si el agua del grifo sale y escucha llover aprende a ser lluvia…

Descubrimos en este camino acuático que la apacibilidad del andén de la estación meteorológica, que pronostica la lluvia, se desnuda en femenino; interpretamos que las gotas de agua son bolas de cristal para especular sobre el futuro del universo y que el conocimiento de su transparencia es esquivo.

Exploramos en este visionar que es El cuerpo de la transparencia, ¿adónde habita la desesperanza? ¿en nuestros deseos? o quizás, ¿se nos ha escapado a nuestros propios espejos? Pero, ¿dónde quedan esos lugares? La poeta Rosana Hernández Pasquier, adelantándose a la duda, nos advierte en el “Lenguaje del mercurio” que no son iguales las aguas a esos cristales que nos reflejan. Intuimos que la sabiduría, la infinitud del misterio está en la lluvia, en las corrientes de los ríos, en las ondulaciones del mar.

Al seguir navegando bordeamos la niñez,…viajo en la memoria de sus tardes…, en  “Invierno” y “Agosto” emergen los gratos sonidos y los divertimentos de nuestra infancia. Nos detenemos en una de sus orillas y aparece la muerte sin avisar, en ella recordamos la frase de Bachelard: El agua es también una invitación a morir. Algunos poemas signan la muerte.  En “Desequilibrio” aflora:

 

Los signos de las aguas estancadas

son ajenos a su naturaleza

En sus bordes reside la muerte

Detenidas

su código es distinto

su número es finito.

 

Caen las cartas del encierro

Dentro

un aleteo de pez nos trastoca

es el recinto de la actuación final

Sin comprender su insondable encantamiento

La inclinación es el gesto de la despedida.

 

Avistamos en “Vaticinio” y “Aislamiento”  la presencia de la terrible vaguada, ocurrida en Venezuela a finales de 1999. A pesar de la tragedia, le estamos agradecidos por no olvidarla. La epígrafe es demoledora: a los que viven para siempre en Vargas.

En este tránsito final por El cuerpo de la transparencia, nos preguntamos ¿Cómo hacemos la lluvia? Y en esa búsqueda incesante en que nos hemos convertido, las respuestas inimaginables las dan la poesía y esta extraordinaria poeta a través de personajes, hechos, plegarias, mitos como hacedores de lluvia:

… enternecerá el corazón de Dios/ y antes del amanecer/ mandará agua sobre los sembradíos.

… Oh Rana/ envíanos pronto las joyas de las aguas/el oro del maíz espera por ti.

… Oh padre/ moja estas endechas.

Soy una muchacha ataviada/ con yerbas y flores/ traigo un velo de lleno verdor/ bailaré en cada puerta /de esta aldea/ y cantaré: mojas las mieses y las viñas/ lava la sangre derramada/ por este pueblo serbio/ que cree en la paz de las aguas.

Siempre es muy fácil regresar a El cuerpo de la transparencia. Desde su inicio se dibujan guijarros líquidos para  ofrendar a ese viaje que llamamos vida. En la relectura sus poemas continúan el viaje desde la urbe: colorea ciudades con corrientes del macadán; regala a nuestro imaginario que los rascacielos sí conocen del idioma de la lluvia. En “Las miasmas” reconoce que la muerte sale por el grifo de las tuberías: En la ciudad nos circundan/aguas negras y muertas/ Vienes por el grifo/ pero hemos olvidado tus márgenes/y la líquida geografía/ de tu cuerpo

Rosana Hernández Pasquier en cuencos sobre los que yacen sus poemas llenos de luz, vierte sobre nosotros una pregunta ¿Quién sembró toda esta piel/ de culpas?

No podemos responderle, truena y nos convertimos en lluvia.

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@Miriam_Mireles en Twitter

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