John Manuel Silva

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SimpatíaDijo una vez la economista Janet Kelly que Ibsen Martínez no era un personaje que despertara simpatías automáticas. Por el contrario, en el contexto de unas letras tan conservadoras como las venezolanas, Martínez encarna a un tipo de escritor muy singular: polemizador habitual (casi siempre nombrando al objeto de su polémica con nombre y apellido, al contrario de la común esgrimilla verbal anónima, tan propia de los escritores del patio), defensor de ideas impopulares, protagonista de varios desaciertos en redes sociales (el último incidente fue una desafortunada andanada de inmerecidos insultos contra el promotor literario y traductor, Guillermo Parra) y autor de la telenovela Por Estas Calles, tal vez su mayor estigma, aunque, paradójicamente, también la razón más importante de su relevancia pública, Ibsen no es el típico escritor políticamente correcto e inofensivo, aunque tampoco encarna aquella figura del intelectual público tan popular en la Venezuela de los años 90´s; más bien su imagen se acerca a la de un enfant terrible, pretendidamente provocador y polémico, aunque indiscutiblemente talentoso.

Luego de su renuncia pública a RCTV, y de que el proceso político venezolano que se desarrolló durante la última década del pasado milenio terminara endilgándole, en una muestra de alarmante simplismo y pensamiento acomodaticio, la responsabilidad de ser uno de los mayores culpables de la ola anti-política precursora del posterior proceso de desinstitucionalización del país, Ibsen Martínez optó por dedicarse de forma exclusiva al periodismo de opinión y a la ficción literaria. En el año 2000 publicó El mono aullador de los manglares (Caracas: 2000. Grijalbo de Venezuela, 310 p.), una novela con la que Martínez comenzaría a exorcizarse de su imagen pública. Aquel brillante retrato del mundo de la televisión, que parte de una anécdota absurda, sería el inmediato precedente estético de su tercera novela, Simpatía por King Kong (Caracas: 2013. Planeta, 166 p.). Lo dijo el propio autor durante la presentación de la misma, en el recién finalizado Festival de la Lectura de Chacao, cuando, en divertida tertulia con César Miguel Rondón, Martínez comentaba que luego de intentar escribir sobre Carlos Marx en su segunda obra, había descubierto que su tema era la televisión y que debía volver a él. Esta resignación del autor al admitir cuál es su tema, puede notarse en las páginas de la novela, en el cambio de tono respecto a su primera obra. Porque aunque Simpatía por King Kong también recurre al mundo de la televisión, está escrita de un modo más amable; y no sólo hablo del estilo farragoso y complejo de su primera obra, que aquí desaparece para contar la historia de una forma sencilla que apenas y si da algunos saltos temporales nada confusos, sino también en la forma de abordar los personajes. Mientras que El mono aullador de los manglares era una novela que trataba a sus personajes con una áspera distancia, en Simpatía por King Kong hay espacio para la humanidad, gracias a una mirada compasiva y hasta tierna, como reconoció el propio Rondón cuando la presentaba.

En tan sólo siete capítulos, Martínez cuenta tres historias. Primero, la del sonero cubano Kiko Mendive en sus años postrimeros, cuando ya era conocido por todos como El Casanova Noventa, o cualquier otro personaje que hubiera hecho popular en Radio Rochela, el programa cómico más exitoso de la televisión venezolana. Viejo, mariguanero, solo, derrotado y pobre, Mendive es fabulado por Martínez como un hombre que, cercano a su vejez,recibe unos disparos durante los saqueos de El Caracazo, en 1989, mientras se roba un vibráfono de una tienda de instrumentos musicales.

En segundo lugar, en un largo flashback, se nos cuenta la historia de Mendive en sus años de sonero, durante la luminosa época de los cuarenta, en pleno esplendor del cine mexicano y la música cubana. Aquí, de forma inteligente, la novela resume varias de las leyendas que rodearon la vida de Mendive. Se contraponen versiones, como aquella que aseguraba que Mendive había descubierto a Pérez Prado, el Rey del mambo, y que éste lo había traicionado una vez alcanzado cierto éxito; con otras versiones, que dicen que el también actor del cine mexicano se vino a Venezuela simplemente porque el sindicado de artistas de ese país le había retirado el carnet para trabajar, y prefirió a Venezuela porque en Nueva York no tendría futuro y en La Habana estaba condenado a ser uno más del montón. Estas historias están contadas por retazos, personajes secundarios se la van contando al narrador, Raúl, un redactor del noticiario del canal de televisión donde Mendive pasa sus últimos años.

La tercera historia que Martínez narra en esta novela, es la del segundo periodo presidencial de Carlos Andrés Pérez. Es esa época el tapiz de fondo frente al cual se narra todo. El retrato de ese periodo, lejos de ser dramático o estar salpicado de análisis sociológicos-políticos, como cabría esperar de un autor que lleva unos veinticinco años siendo uno de los más leídos articulistas de la prensa local, es bastante cínico y tragicómico. Por un lado está el canal de televisión montándose en la ola renovadora de Pérez (nombrado púdicamente como numberone), asignándole a una periodista, Wanda, con quien el narrador tendrá un romance, la cobertura de los primeros cien días del plan de reformas económicas que llevaría al país a la modernidad y que devino en un violento naufragio apenas veinte días después de anunciado. Después está el cruel retrato de ese naufragio, un resumen nada idealizado de la ola de saqueos y represión de febrero y marzo de 1989. También la emoción de la antojosa clase media con Fidel Castro, quien visitó el país para la fastuosa coronación de Pérez en el Teresa Carreño. Así como algunos brochazos sobre los tecnócratas que conformaron el gabinete de aquel gobierno, los Harvard Boys, tan brillantes académicamente como desconectados de la realidad política de la Venezuela de ese entonces.

Simpatía por King Kong es una novela muy cómica, está narrada sin ese engolamiento grandilocuente que caracteriza la peor narrativa venezolana reciente, pero no por ello deja de ser una novela seria y profunda. Aquí habría que hacer la distinción entre narrativa y retórica, digresión que algunos escritores locales no saben hacer. Una historia dice en tanto cuenta, a medida que se nos cuenta una historia, de ella se desprenden los temas que trata. Narrar no es colocar una sucesión de frases retóricas llenas de obviedades y cursilerías, más cercanas a las moralinas de autoayuda que a la literatura, con algún leve brochazo de ficción. En el caso de esta novela, el tono distendido e irónico, amén del endemoniado ritmo en el que está escrita, podría llevar a pensar que se trata solo de una historia entretenida cuando no es así, nunca es así en las ficciones de Martínez, quien ha hecho de la derrota y el talento desperdiciado el tema que cruza toda su narrativa. La derrota sin épica, vale decir, y sin romanticismos. No se trata de personajes melancólicos acodados en la barra de un bar, recitando poemas pavosos mientras escuchan música triste y añoran amores imposibles. Los derrotados de Ibsen tienen un cariz distinto.

En El mono aullador de los manglares eran personajes brillantes derrotados por la falta de oportunidades y reducidos a entregar su talento a la televisión. ¿Recuerdan el despiadado retrato de José Ignacio Cabrujas, transfigurado en un tal Manuel Villaurrutia?, ¿o a las Latiniparlas, amigas de la esposa del protagonista, resignadas a escribir trabajos universitarios que no leería nadie, aunque se creyeran mujeres muy cultas y de avanzada?, ¿o al propio protagonista de aquella novela, un libretista de telenovelas, periquero, bebedor y golpeador de mujeres, al que su trabajo provocaba impotencia y cuyo mayor logro fue levantar una farsa televisiva con un fiel de José Gregorio como excusa?. En esta Simpatía por King Kong los personajes son otros perdedores, comenzando por el narrador, quién presume que su chica es amante del mismísimo Presidente Pérez, y que terminará, viejo y sobreviviente de un infarto, persiguiendo la historia de Kiko Mendive, luego de recibirle al sonero una grabación inédita de una canción, la que da título al libro, que había compuesto para Pérez Prado y que nunca llegó a grabarse (el episodio en que Mendive cree que grabará el tema para que sea la tonada central de una serie que se desarrolla en el canal, es demoledor). Y terminando, claro, con el propio Kiko Mendive, a quién Martínez da una muerte muy triste luego de El Caracazo, aunque en la realidad el sonero murió, de la misma forma triste y patética, en un ancianato, en el año 2000 cuando ya nadie se acordaba de él.

Precisamente en aquella luminosa primera novela de Ibsen se hablaba de un nomenclátor que podría llamarse Inconclusos Latinoamericanos, y del que pudieran ser parte, además del propio Cabrujas, gente como Tin Tan, Felisberto Hernández o Arsenio Cué. Hombres brillantes, destinados a carreras luminosas, pero obligados por las circunstancias a ser personajes menores, cuando no a ejercer labores que en nada hacían justicia a su talento. La historia de Kiko Mendive, parece decir Ibsen, bien podría tener una ficha en ese inexistente trabajo. La suya es otra historia más de un gran talento perdido. Aunque, en el caso de este libro, la mirada del autor sea mucho menos cruel que la que ponía sobre Cabrujas y los otros en su primera obra; el Kiko Mendive de esta novela se reafirma a sí mismo en su derrota, es un personaje digno e inspira mucha ternura, algo inédito en la obra de un escritor que, hasta ahora, se había negado a sentimentalizar sus historias. Es en esa historia, profundamente humana, en donde uno, como lector, termina simpatizando con Ibsen Martínez y olvidando sus desaciertos públicos.

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@johnmanuelsilva en Twitter

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