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JezabelAl finalizar Jezabel, la nueva expedición de Eduardo Sánchez Rugeles por nuestras apostasías mantuanas, el lector echará de menos el arquetipo de héroe infausto de sus libros anteriores. Hay cánones que no deben romperse, la novela negra tiene sus reglas invisibles. En la historia más reciente del autor de Liubliana, sobra expresionismo y falta suspense.

El problema no es la anécdota sino su enfoque desde la mirada tediosa de Alain Barral, una figura bidimensional e intrascendente; quien, por más que se regodee en ello, no logra escapar a su propio determinismo moral. El viaje del lector naufraga en el piélago de la ceguera y el miedo de Barral. Sin misterio, pistas o soluciones. Hay cánones que no deben romperse.

Jezabel se alimenta de la contemplación extática de nuestra banalidad. Alain Barral y sus amigas, según las disquisiciones de C.S. Lewis, serían espejos en el que reflejamos nuestro “yo más sombrío”. Este simulacro del Narciso, precisamente, desvanece el propósito de la historia y hace más ominosa la impunidad de la muerte de Eliana Bloom.

La transgresión como estrategia fatal en el imperio de los signos, lleva a los protagonistas de Jezabel a la traición última: la de sus verdades. Es el precio por disfrutar, en palabras de Baudrillard, del “sabor fatal de los paraísos artificiales”. Expulsado de cualquier materialismo, Alain Barral enfrentará el castigo más severo que se conoce desde el origen de la humanidad: el extravío errante. Vivir sin contextos de referencia es la pena del protagonista de Jezabel. Literariamente, este recurso funcionaría, si no se tratase de una novela negra.

Sánchez Rugeles reelabora, en grado superlativo, el mal du siècle de sus personajes nihilistas. Como Baudrillard, intuye que el cinismo es el orden secreto de las cosas; pero en Jezabel pierde de vista lo esencial: la demolición de los signos es catastrófica (también en la literatura). Cacá, Eliana, Lorena y Alain alimentan por ratos el goce efímero de lo fantasmagórico que yace en nuestras conciencias lectoras; pero no se insertan en la lógica de la novela negra, cuyas historias entraman las claves de supervivencia de sus héroes.

No sorprende que los muchachos de Jezabel, se sientan privilegiados por no padecer el infortunio de amar. Su dialéctica caníbal les hizo olvidar lo que se sabe desde Cien años de soledad: que las especies incapaces de amar no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.  Un Baudrillard imaginario cierra el libro y sonríe: “¿con quién compartir este fin irónico?”.

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Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

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