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Todosucedio400Caracas en 1957 era otra ciudad, una ciudad llena de espacios, con poca contaminación, donde existía una prohibición de tocar corneta vigente y el uso de la misma era penada por las autoridades. Toda una utopía existente y latente; donde los teatros, los espacios culturales y de recreación predominaban para el disfrute de sus habitantes. Estaban las salas de cine Imperial, Junín, Broadway, Metropolitano, salas de las que hoy poco o nada quedan, o sencillamente fueron convertidas en templos o lugares estatizados fuera de su uso original. A Isidoro Cabrera, ese último hombre al que Billo le dedica una canción que nuestras generaciones bailan con ligereza, se le podía encontrar frente a el restaurante Tony`s, en Plaza Venezuela para poder hacer un paseo en coche por la zona, el último coche que soportó el pasó de la modernidad y el concreto. Caracas de noche no cambiaba de piel ni se convertía en la ciudad que todos tenemos en el presente. La Caracas del 57 era un adolescente en formación.

Pero también en 1957 Caracas (y toda Venezuela) estaba regida por la dictadura de Marco Pérez Jiménez, el último dictador militarista que doblegó al pueblo a mitad del siglo XX. La persecución política era el pan nuestro de cada día, las desapariciones, los allanamientos, la lucha. Caracas era las dos caras de la moneda: por un lado era la ciudad con más proyección en Latinoamérica gracias a su moderna infraestructura y por otro lado era una ciudad políticamente opresora, que no permitía un pensamiento distinto al oficial. Este año fue crucial para poder lograr al derrocamiento del dictador, por medio de la organización de la oposición de esa época que abrió la puerta a un nuevo sistema político por el cual se luchaba: la democracia.

Bajo estos dos contextos ocurre Todo sucedió en un año Julio 1957- Julio 1958: antes y después del 23 de enero, el último libro de Gustavo Flamerich. La historia comienza en Julio de 1957 dando una visión panorámica de la Caracas en la que se vivía en aquellos tiempos, a través de la vida un grupo de jóvenes que están por entrar a la universidad, y en especial por Gerónimo, un muchacho que comienza a experimentar el mundo de los adultos a través de las fiestas, los hipódromos y los enamoramientos, que tiene que sobre llevar la experiencia de crecer en un ambiente entre lo dictatorial y lo rebelde, en donde, hasta el padre de una novia, quería ideologizarte.

La novela, como dice su introducción, es un recorrido romántico que busca exaltar los atributos de una ciudad a punto de sufrir un golpe de estado y de cómo fue la misma luego de que ocurrió. Flamerich intenta plasmar la vida caraqueña como un péndulo que se maneja entre el conformismo y el miedo a reaccionar, entre las ganas de un cambio y el valor de quienes decidieron alzar la voz para protestar. Igualmente busca hacer un quiebre dentro de la novela a través del 21 de noviembre, día en que los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela y de los liceos de Caracas inician la lucha contra el régimen perezjimenista, cansados de tanta persecución. Es aquí donde el tono de la novela cambia y comienza a contarnos los desaparecidos, los escondidos y los perseguidos que también son familia de alguien, amigos de alguien y que no pueden regresar a celebrar las fiestas decembrinas con sus allegados. Casi 50 años después nuestras navidades siguen estando signadas por la zozobra.

La misma novela lo afirma en el capítulo 21 de noviembre de 1957: “Se puede decir que en el año 1957 comenzó una etapa en la preparación de la juventud venezolana para la intervención en la política y búsqueda del rumbo en el camino de la toma de decisiones en los destinos del país”. Estos estudiantes se formaron más allá de sus casas de estudio, aprendiendo lecciones de consignas como ¡HUELGA YA!, ¡ABAJO EL DICTADOR! y resistencia, mientras luchaban desde la clandestinidad contra el gobierno

A partir del 23 de enero de 1958, bajo el grito unísono de “Ganamos. El dictador huyó” y “Nos jodimos. Se marchó el orden” se derroca a Pérez Jiménez y comienza otro país. Con una nueva Junta de Gobierno, presidida por Wolfang Larrazabal, los ciudadanos van con duda por su ciudad día a día, tratando de volver al trabajo, a la escuela, en una Caracas en la que aparentemente no existen personas que impongan la ley en estos tiempos de incertidumbre donde, incluso, un brazalete podía salvarte milagrosamente de la cárcel. Es así como comienza la democracia: tanteando entre lo desconocido. ¿Qué pasa luego del 23 de enero? Pues los exiliados vuelven, se instaura un nuevo régimen y se comienza una nueva vida política donde la participación ciudadana será el ensayo y error de la nueva democracia.

Particular y arriesgada en su extensión, esta novela, como su prologuista lo enuncia “no es un trabajo de investigación política ni con menos una chanfaina politiquera” sino un relato con rasgos históricos que muestra los sinsabores de una época que luchó y entendió el costó que puede llegar a tener la libertad de un país que busca su camino, que los jóvenes siempre serán el germen para comenzar todo de nuevo y encontrar las razones para luchar. Sirvan, entonces, estas líneas para que el lector se entusiasme con su lectura y comparta su visión crítica ante uno de los momentos más apasionantes de Venezuela.

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Reseña hecha por: Libro del día

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