208732_6295836303_6827_nMario Morenza, escritor venezolano, autor de:

Pasillos de mi memoria ajena, (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2008), La senda de los diálogos perdidos, (Editorial Equinoccio, 2008).

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¿Cuál es tu libro del día?

Hoy acabo de terminar de leer Bestiario de Juan José Arreola. Es un recorrido por la fauna del mundo. Una verdadera fiesta de la animalidad, pues muchos de los aspectos que se les endosan a los protagonistas de esta breve pero brillante pieza de la literatura latinoamericana son características muy humanas. La jirafa, el mono, el ajolote, el hipopótamo, cualquiera de ellos, está a un punto y coma de escaparse de la página e irse tranquilamente a reclamar derechos en la plaza más concurrida y cercana, o solicitar una entrevista con Cala para dar a conocer toda su cultura y toda su historia llena de leyendas y misterios, y capaz anuncien que en veinte años se lancen a la presidencia. Uno como lector, se siente en cada pliegue del animal de turno, en cada mandíbula, en cada superficie áspera como la que nos describe Arreola cuando nos habla del rinoceronte, o de la lentitud  reflexiva y memoriosa del último “modelo de maquinaria pesada de la naturaleza”, el elefante. Cada una de estas breves historias nos desgranan cómo la biología en la Tierra puede tener distintas formas de presentación, pero al fin y al cabo, todas las adaptamos a nuestra manera de ser, pensar y comportarnos. Bestiario se trata del ser humano realizando un elaborado ejercicio de mimesis. Nos leemos en lo animal: cada colmillo y cada protuberancia ósea es el códice que nos define.

Un breve libro, sí, pero recomiendo que lo lean con un lápiz Mongol a la mano, ya que no pararán de subrayar y subrayar. Una recomendación: si llegan a leerlo o releerlo, que sea en la mañana, y que sea a razón de una historia por día. Antes de levantarse de la cama, cepillarse, bañarse y partir a la oficina. En el safari diario, ese animal en más de una ocasión se les manifestará, ya sea en la conducta de los (moto)taxistas, o en la psicología variable de cajeros bancarios. Siempre ese relato dejará huellas de su existencia, o más bien, de su persistencia, a lo largo, ancho y profundo de la jornada. Quizá en la noche, cuando estemos en el proceso de quitarnos el día de encima, de bañarnos, cepillarnos e ir al sueño, pensaremos que el guión onírico que nos prepara nuestro subconsciente hará aparecer, febril y soberbio, una de estas bestias del catálogo arreoleano.

¿Algún placer culposo literario?

Años atrás no me atrevía subrayar ningún libro, ni mucho menos doblar sus hojas. Para mí, el subrayado era una herida que uno podía esgrimirle a la página sagrada de un Muñoz Molina, un Villoro, un Marías o Vila-Matas. Doblar una página, suponía su fractura.

Alguna vez escuché a una profesora de bachillerato decir en plena clase que “un libro que no estuviera rayado era un libro que jamás había sido leído, era un libro incompleto”. Sus palabras, aunque magistrales, con ese tono con que pronunciamos las frases que nos recomiendan la moral y las luces, las juzgué como la mayor de las blasfemias: el lema de una sociedad secreta antilibros.

Para aquel entonces, apenas leía a Otrova Gomas y Aquiles Nazoa, y soñaba con escribir obras como las de ellos (y aún el sueño persiste). Con el tiempo, y ya en Letras UCV, la lectura se me convirtió en una actividad de cotidiana ferocidad. Hallaba una frase iluminadora y de inmediato acudía a un desteñido cuaderno Caribe. En él, hasta el indio de la portada se veía anémico y a las siluetas del mar se ceñía un oleaje amarillo, contaminado por un extraño moho. Era una visión desalentadora si el cuaderno lo hubiera destinado para anotaciones de Biología o Ciencias de la Tierra (ya las tablas de multiplicar y dividir de la contraportada eran una tabla única de pruebas microscópicas de nuevos elementos químicos). En ese deteriorado cuaderno transcribí las mejores frases y ocurrencias de los escritores que iba descubriendo en mis primeras lecturas. Me gustaba una frase, y allí estaba mi cuaderno Caribe para recibir a las nuevas palabras como si se tratasen de coordenadas y latitudes que más tarde me revelarían un misterio del universo.

Para bien, la situación ha cambiado. La militancia pro-derechos-de-las-páginas-sin notas-marginales-ni-subrayados ha cedido a favor de una vida literaria más práctica. Mi sueño adolescente ha quedado en el olvido. Un vago recuerdo de mi inicial método de clasificar frases.

Hoy, para bien, la situación ha cambiado. Con la ayuda de un lápiz Mongol, en el Metro, en el Instituto de Investigaciones Literarias UCV, o en Coche, si me topo con una frase genial, que capte mi atención, que me haga comprender un poco más del Universo, una frase potencialmente citable o tuiteable, o perfecta para el epígrafe de algún cuento o para citarla bajo las reglas APA; pues bien, respiro profundo, y con la frialdad de Django y el doctor Schultz que en mis tempranos 20 años nunca me imaginé ser portador, tomo mi lápiz, trazo en la página una línea vertical que extenderé desde un punto determinado paralelo al comienzo de la frase hasta que ésta concluya.

(En la transición entre no rayarlos en lo absoluto y ahora apenas con lápiz, lo que hacía antes era dibujar un círculo alrededor del número de la página que contenía la frase reveladora. Así sabía que en la 156 o en la 404, se encontraba una buena frase. Releía la página y de seguro daría con ella en alguno de los párrafos.)

No puedo negar que este placer me deja algo de culpa. Que en cada centímetro de estos trazos verticales mido mi traición a los ideales primigenios de lector. A pesar de todo, está una compensación. Dentro de unas décadas, por allá, a finales de febrero de 2033, sabré con certeza cuál fue mi lectura de Bestiario cuando tenía 30.8 años de edad y estaba a semanas de ser magíster en Literatura Venezolana.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

En mi adolescencia dos autores me llevaron de la mano a elegir Letras como carrera universitaria: Otrova Gomas (Jaime Ballestas) y Aquiles Nazoa, el primero con la totalidad de sus obras y el segundo con su Humor y amor. Me llevaron de la mano no por una acera ni bulevar, más bien, me guiaron a través del abismo que significaban para mí los algoritmos, las fórmulas matemáticas para resolver problemas de Baldor y que, a veces, con la ayuda de las gomas Nata, lograba traficar estas fórmulas como chuletas, ese material ilícito a la hora de un examen. ¡Esas fórmulas! ¡Esas fórmulas para calcular la velocidad de una pelota que tardó 7 segundos en caer desde un décimo tercer piso o el periodo del Berilio o cualquier problema que se le ocurriera al redactor creativo de Física 9no! Cada fórmula una para mí más complicada y extraña que la anterior: ¿cómo aprender sobre sustancias que ni siquiera sabía de qué color eran ni mucho menos a qué demonios olían? (muchas huelen como debe oler un demonio).

Me es difícil precisar obras, pero sí autores. Ya he mencionado algunos en esta entrevista. Pero puedo nombrar otros más cuya narrativa me ha impactado, me ha hecho repensar la vida. Por ejemplo, toda la literatura de Augusto Monterroso es una. La de Felisberto Hernández es otra. Éste, altamente recomendable como inconseguible, es el número 116 de la Biblioteca Ayacucho, que recopila gran parte de sus cuentos y novelas. De Bernardo Atxaga, si comienzas a escribir narrativa, es de carácter obligatorio dar un paseo por las páginas de Obabakoak, siempre agradezco estas clases con Luis Felipe Castillo en Letras, por allá, por el año 2002 en el aula 207; él, fervoroso, nos mandaba a leer Obras completas y otros relatos, a Cortázar, a Hemingway, a Carver, a Marías y a Villoro. El libro Vacío perfecto es de los más geniales que he leído. Se trata de críticas a libros inexistentes. Su autor es el Stanislaw Lem. Cada uno de estos autores me ha abierto una compuerta, una posibilidad de saberme parte de otros mundos de ficción, de saber a qué velocidad cae la realidad cuando se lanza por la ventana a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde.

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@MarioMorenza en Twitter

Foto: Nenúfar Colmenares

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