Alberto Sáez

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La fabula de las regiones_Siempre es difícil elegir un libro entre tantos otros que uno ha leído. Puede parecer, incluso, una traición con los demás resaltar los atributos de ese libro si otros te han ofrecido la misma satisfacción luego de leerlos. El oficio del lector, en casos como éste, se encuentra en una amable encrucijada, y no queda otra cosa que decantarse por aquel con el cual nos conectamos e hicimos, como dirían los griegos, alma.

Podría decir, primero, la historia de cómo llegó el libro a mis manos para amenizar este monólogo. Durante las vacaciones de 2011 en una pequeña librería de la ciudad de Buenos Aires estaba en la vitrina, como quién espera que lo vengan a buscar, con el cuadro Cocotero, del maestro Armando Reverón en la portada y orgulloso con su armadura que lo destacaba como un ejemplar de la editorial Anagrama; su nombre: La fábula de las regiones, de Alejandro Rossi (Anagrama, 1997). Haber conseguido este libro en otro país puede ser la clave de la exposición de motivos que pretendo hacer, ya que Rossi es uno de esos escritores que fue adoptado por tantas geografías (nacido en Italia, de madre caraqueña, criado en Argentina  y nacionalizado mexicano) y todos lo consideran, por afinidad o territorialidad, un autor nacional.

Para mí, Alejandro Rossi es un autor venezolano. Y no porque lo diga su pasaporte, o porque haya sido un autor importante para el catálogo de Monte Ávila editores, ni siquiera por haber recibido el Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela. No. Alejandro Rossi es para mí un autor venezolano porque él mismo guardo una estrecha relación con la tierra de su madre. Juan Villoro cuenta en su ensayo “Rossi: Pensar distrae”, de su libro Efectos personales que la tierra de la que habla en La fábula de la regiones es “la Venezuela que sirve de trasfondo (con sus muchachas fluviales y sus hamacas color espiga)”.

La fábula de las regiones es una serie de relatos que son un fresco de la historia de un territorio luego de la guerra de independencia, cada cuento está relacionado con el anterior, cada uno es la versión no oficial y que casi nadie quiere escuchar de cómo se vivió en realidad el acto de querer ser libres. Sin heroísmos, sin patriotismos. Sus personajes fungen como Aedos que van narrando las desventuras de su lucha enmarcada en la nostalgia y el desamparo. El amor, la ideología, la tristeza, la nostalgia, son algunos de los tópicos que descubrimos en cada cuento, en cada frase, en cada imagen.

Este libro a diferencia de un libro de historia, nos da el testimonio de una tierra que no logró convertirse en lo que sus sueños y luchas quisieron. En frases como: “El amor es así, necesita una confirmación, un espejismo que exige realidad.” Rossi no sólo demuestra su capacidad como hacedor de ficciones, también nos da señales de su necesidad de establecer la filosofía dentro de los espacios del relato, que habita en cada uno de sus textos, de su potente capacidad reflexiva que ensancha las historias y las vuelve una suerte de tratados. Acá también podemos vislumbrar el cuadro que pretende hacernos ver cuando nos habla del tópico central de su libro, la patria: “Ya le recalqué que soy un hombre de regiones. ¿Usted cree en la Patria, Don Leandro? Por supuesto, aunque nos aspiro a comprenderla. Que quede claro.”  Seis hermosos relatos que nos dicen lo importante de hacer nuestro un espacio, pero no por eso limitarlo ni hacerlo ajeno a otros. Esto bien lo sabía Rossi que tuvo tantas patrias como quiso, hasta que decidió quedarse en una: México.

Que cada lector de este libro pueda ver lo asombrosamente vigente que se encuentran con nuestros tiempos cada una de estas historias, que a estas alturas del partido nada es nuevo, sólo es vestido con otros colores. Los hombres que han venido y que vendrán serán historia, una historia que siempre será contada por fabuladores, la historia de los pueblos, la fábula de las regiones.

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@estonoesaqui en Twitter

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