Portada Los incurables DEF OUT

Al principio fue la mirada. Octavio Paz propone el ver como la tautología original y paradisíaca; y sin embargo, advierte, el ojo retrocede frente a las imágenes, para tender un puente entre una orilla a otra de la realidad. El lenguaje es el puente primordial y la luz es el asidero. En el lado contrario del lenguaje, lo que se mira. El Otro.

Federico Vegas en su nueva novela, Los Incurables, confronta la mirada, la luz y el lenguaje, en esa aproximación narrativa al Otro que es Armando Reverón. Su clave: “ligeros arreglos en las secuencias, los escenarios y las motivaciones de los personajes”.  Para ello, desordena los espejos y coloca la locura donde hay cordura, y viceversa.

En Los Incurables, Reverón es un artista chamánico cuya vitalidad es lo bastante poderosa para que Vegas, lo haga ubicuo en toda su novela. Cada vez que interviene en la historia, Armando apunta al emperador desnudo que  pretende clasificarlo como loco o artista. En este sentido, la escena de Reverón visitando Castillete, es inolvidable. Y sin embargo, el autor hace una lectura, casi mística, de la fragilidad de su personaje; bien mientras Reverón discute con Margot Benacerraf el final de su película biográfica, o sube sudoroso a Caracas a vender sus cuadros.

Vegas expone desde el inicio de su obra, el propósito de su mirada a la totémica luz del pintor: alcanzar una visión sincera de su propio naufragio. Coherente con esta premisa, Los Incurables incluye una bitácora de navegación escrita detrás de la escena de su anécdota. Estos incisos son enjundiosos y especulativos; un diario de las contradicciones y las traiciones del escritor con su libro (“Estoy cayendo en una pereza de una vulgaridad que se ha hecho corporal, epidérmica”).

El hilo de Ariadna del autor para llegar al artista es el cascarrabias Dr. Hutchson. La conversación entre el psiquiatra y Vegas es un ejercicio de la imposibilidad del goce, el placer que no se alcanza por temor a su fin. Sus regaños seniles a Vegas aportan un humor mantuano a la historia. Hutchson es el primer referente en la construcción de Reverón.

Tzvetan Todorov afirma que “yo es otro”, que los demás pueden ser descubiertos en uno mismo. Federico Vegas asimila esta premisa en el discurso de su novela. Entre sus personajes hay mecanismos de transferencia que desdibujan sus perímetros ontológicos, conforme se acercan a la luz total que es Reverón.

Leer Los Incurables es regresar a uno de los relatos arquetípicos de la memoria colectiva venezolana. El escritor da cuenta de lo más caótico de nuestra modernidad: la unilateralidad de nuestra mirada; lo cual se hace patente al asomarnos a las relaciones de Reverón con un entorno que lo hace más objeto que sujeto (“comprensión que mata” susurra otra vez Todorov). El argumento a fortiori de este libro, es que los signos de desconocimiento del Otro, hacen imposible remitir nuestra incurabilidad.

Sobre el propósito personal del autor al escribir su novela, puede recordarse a Ungaretti: “Y en seguida reanuda/el viaje/como/después del naufragio/un superviviente/lobo de mar”. Hablamos de Federico Vegas y su literatura.

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Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

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