Roberto Echeto, escritor venezolano autor de:

Cuentos líquidos, (Ballgrub, 1997), Breviario galante, (Fundacion Para la Cultura Urbana, 2004), No habrá final, (Editorial Alfa, 2007), La máquina clasica, (Editorial Alfaguara, 2011).

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¿Cuál es tu libro del día? 

Dialogues with Marcel Duchamp, de Pierre Cabanne. Ahí se reúnen cinco conversaciones entre Cabanne y Duchamp, un prólogo de Salvador Dalí (quien era mejor escritor que pintor) y un epílogo de Jasper Johns.

Debo decir que este libro me tiene fascinado; me ha hecho descubrir detalles de la vida y de la obra de Duchamp que desconocía por completo.

Gracias a este libro descubrí la relación invisible, pero poderosa, entre los readymades y las piezas de ajedrez.

Las piezas de ajedrez son móviles e inmóviles a la vez. Son inmóviles porque no son piezas mecánicas, no tienen ruedas ni roscas ni pernos, y, sin embargo, son máquinas que, en el tablero de juego, sólo pueden moverse de una manera porque tienen sus movimientos acotados y determinados de antemano.

Lo que hace de las piezas de ajedrez unos objetos tan interesantes sobrepasa sus propias formas o, si lo prefieren, su propia corporeidad. En ellas lo importante es lo invisible, su dimensión simbólica y la posibilidad de moverse a partir de la imaginación. Todo eso las emparenta con las obras de arte.

Tanto las piezas de ajedrez como las obras de arte son «máquinas imaginarias».

Si lo miramos con detenimiento, veremos que lo que hace Duchamp con ciertos objetos, al convertirlos en readymades, es otorgarles una nueva dimensión simbólica, es convertirlos en piezas similares a las del ajedrez, vaciándolos de contenido y otorgándoles otros.

Lo mejor de todo es que esa operación no la hace desde la intensidad artístico-intelectual, sino desde el humor.

Dejo hasta aquí esta respuesta porque el tema es inagotable. Sólo diré que el año que viene (2013) se cumplirán cien años del primer ready made, que fue el de la rueda de bicicleta unida al taburete.

¿Algún placer culposo literario?

A veces leo mientras la luz del semáforo está en rojo. Lo hago no tanto para aprovechar el tiempo como porque sé que en cuanto llegue a la página que quiero leer, la luz cambiará a verde.

Conmino a todos los lectores de esta entrevista a que hagan lo mismo en medio del tráfico. Cuando tengan un camión o un autobús atravesado entre ustedes y su destino, saquen un libro, ábranlo en la página que deseen y comiencen a leerlo.

Cuando estén a punto de conectarse con lo que dicen las palabras y los párrafos, oirán los cornetazos detrás de ustedes y notarán que el camión atravesado desapareció.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

En mi haber de lector tengo varios antes y varios después marcados por distintos libros en diferentes épocas. Podría mencionar Así en la paz como en la guerra, de Guillermo Cabrera Infante, Relatos fantásticos, de Luciano de Samosata, Las ranas, de Aristófanes, Mi vida, de Oskar Kokoschka…

No obstante, hoy diré que un libro que marcó un antes y un después en mí fue Plan de evasión, de Adolfo Bioy Casares.

Plan de evasión es el antecedente directo de Matrix, de Piso 13, de Inception y de un capítulo de los Expedientes X en el que una espora gigante se come lentamente a sus víctimas mientras las pone a vivir unas vidas que sólo ocurren en sus mentes.

Saber que una idea viene rodando a través de los tiempos y que de vez en cuando se manifiesta a través de las historias que leemos, produce un placer indescriptible.

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