Daniel Centeno

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Armar una antología no siempre es cosa fácil. Menos aún si el encargo reviste responsabilidades internacionales o, para ser más claros, contiene la pretensión de compendiar un corpus digno de la literatura de un país para presentárselo a otro con diferente lenguaje y cultura. De eso, precisamente, se trata el volumen Sol, piedra y sombras. Veinte cuentistas mexicanos de la primera mitad del siglo XX. Este esfuerzo conjunto de la Editorial Fondo de Cultura Económica (México) y del National Endowment for the Arts (USA), además de unir a dos naciones y dos idiomas en su propuesta, también busca otro tanto con el contenido del libro que nos compete: enlazar discursos, tiempos, estilos y temáticas de narradores mexicanos de la primera mitad del siglo pasado.

Y el cometido lo logra, pero con desiguales resultados. Jorge F. Hernández, en su papel de antólogo, prologuista y responsable de esta criatura, planifica su proyecto mediante la división de cinco grupos distinguibles: La irrealidad fantástica, Paisajes de la realidad mexicana, El pasado palpable, El insólito cotidiano urbano e Íntima imaginación. Pero desde el inicio del libro nos adelanta unas frases de su cosecha que podrían considerarse un desacierto capaz de vaticinar que lo peor aún está por venir: “Quizás sea la literatura el mejor lente para observar el alma de México. Y de entre todos los géneros literarios el cuento corto sea el vehículo preciso para mostrar escenas instantáneas, lugares específicos, palabras compartidas u olvidadas por los tiempos, pero sobre todo perfiles y semblanzas de mexicanos de carne y hueso…”

Un lugar común de este tamaño dentro de un texto publicado en versión de español e inglés da una idea de la oferta que contiene: la intención de explicar la mexicanidad al lector anglosajón mediante preconceptos manoseados, entendibles para el norteamericano y afines a sus creencias establecidas. Este plan de vuelo, anclado en lo típicamente esperado, atenta con el espíritu de rigor y estudio que se espera en una antología.

Pese a que Hernández logra reunir a autores como Octavio Paz, Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Elena Garro, Sergio Pitol, Jorge Ibargüengoitia, José Emilio Pacheco, Juan José Arreola y Carlos Fuentes, entre otros; la elección de sus cuentos no siempre es de las más afortunadas. Si no los coloca en unidades temáticas que no tienen que ver con la historia que relatan (La sunamita dentro El insólito cotidiano urbano es el ejemplo más delirante de todos), entonces, busca los escritos menos logrados de sus autores para armar su compilación de 20 plumas. El caso de Octavio Paz es uno de ellos. Parece que su inclusión sólo responde a la fama del escritor. Elena Garro tampoco corre con suerte. Su cuento no es el mejor para ser descubierta al público que desconoce su obra. Por otro lado, decir que escritos como los de Inés Arredondo, Rosario Castellanos o Juan García Ponce pudieron ser removidos de la antología sin ningún remordimiento, caen de lo obvio.

Salvo honrosas excepciones los relatos responden a visiones de la Revolución Mexicana, a mujeres sometidas por los hombres o a leyendas indigenistas. Algunos de ellos, como los de Edmundo Valadés, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Francisco Rojas González o Martín Luis Guzmán, sobresalen del conjunto con maestría. Otros, como ya fue referido en esta reseña, parecieran reafirmar el estereotipo que tienen los estadounidenses sobre los mexicanos.

Por eso, al terminar de leer Sol, piedra y sombras…, uno espera que el del párrafo anterior no haya sido el propósito central del antólogo. El principio humano de este deseo es evidente: siempre es mejor creer en la buena fe de las personas… incluso cuando se equivocan de manera garrafal.

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@dcenteno1 en Twitter

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