Daz Medrano

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Algunos hombres quieren demasiado.  No es solo un problema de excesos, sino de lo que es legítimo exigirle al destino. Pero los sueños no conocen las limitaciones de quien los sueña.

En El Gran Gatsby la vida de un hombre es definida por una obsesión inalcanzable. Sabe que debe convertirse en alguien más para obtener lo que desea, y en cierta medida lo logra gracias a una nación que tampoco creía en imposibles. Durante la primera mitad de los años 20, en la opulencia ficticia que anunciaba a la Gran Depresión, el sueño americano parecía una realidad irrefutable. Sostenida por una sociedad que confiaba en que la sofisticación y  el dinero pudieran comprarlo todo. El asunto no es poseer objetos, sino el poder y la fama que llegan con ellos: “You always look so cool” le dice Daisy a Gatsby, aun durante los días más calurosos y húmedos del verano.

Pero para que el conjuro pueda durar las apariencias deben mantenerse. Cuando todos poseen riqueza es necesario algo más porque nunca es suficiente: se abren grietas y se erigen sombras del pasado que recuerdan que las estrellas pueden nacer pero no fabricarse. Un hombre es capaz de construirse a sí mismo pero no pasar por algo que no es sin pagar las consecuencias. El juego no es justo y hay que arriesgarlo todo para entrar.

Bajo las risas y las fiestas de coctel subyacen la soledad y la insatisfacción permanente. Una ansiedad frívola que el hombre ingenuo no es capaz de comprender. Por eso observa en la distancia, siempre ajeno y alienado, guardando secretos del mismo modo en que un mago intentaría convencerse de su propio truco. Entonces, cuando por un instante parece lograrlo, el trágico azar le recuerda que una época desencantada y cínica no puede creer en la felicidad ni en el amor.

A veces lo más sabio es reconocer el momento de abandonar un sueño. Darle la espalda a ese oasis del que no se puede beber, aunque en un día ya lejano nos fuera prometido.  La grandeza de Gatsby se encuentra más en su enorme sacrificio y en lo que entregó generosamente que en la excentricidad de su riqueza. Resulta irónico que no tuvo tiempo para entender que en lo que nunca alcanzamos también es posible encontrar la redención.

El Gran Gatsby es una obra magistral con un clímax inolvidable. Una novela que hace honor a su distinción de clásico en cada página. Nadie ha logrado escribir sobre los años dorados de la alta sociedad estadounidense como F. Scott Fitzgerald. Sin duda, es uno de los grandes.

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@dazmedrano en Twitter

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