Enza García Arreaza, escritora venezolana autora de:

Cállate poco a poco, (Monte Ávila Editores 2008), El bosque de los abedules, (Editorial Equinoccio 2010), Plegarias para un zorro, (bid & co. editor 2011).

.

¿Cuál es tu libro del día?

Estoy en Habla, memoria, la autobiografía de Vladimir Nabokov. Se acaba la puesta en escena y el cuerpo se pone en guardia. No tengo reparos, voy idealizando al muerto en un mundo donde la literatura es asidero. Como sucede con la mayoría de sus obras, no se puede afrontar a la ligera por más que cierto furor amenace con apresurar la lectura: ya sabemos que la pasión de Nabokov por los detalles (la mecánica de la vida vegetal, los colores a través de una ventana, por ejemplo) convierten la experiencia de leerlo en un asunto alucinatorio. Si estamos frente a un recuento exhaustivo de una vida no es porque registre cada acontecimiento sino por el detallismo inescrupuloso en eventos puntuales. Además parece el testimonio de un niño con mañas de príncipe, tan desproporcionado en sus obsesiones como cualquier hombre de genio. Ni bien había empezado la senda cuando ya echaba pestes sobre el médico brujo vienés, faltándole bien poco para declarar que la música le resulta apenas soportable. Pero ganas un lugar donde los escudos no sobreviven: los retratos familiares, la extraña y a la vez natural presencia de los criados, el nacimiento de un primer poema y de un amor sobre el tablero de ajedrez que se formaba entre blancos abedules y negros abetos, de pronto, te es dado en las manos y en la próxima se te arrebata, como si ser ruso sin tierra fuera un asunto universal. Nabokov me gusta porque parece el antídoto perfecto frente a la desesperación de escribir para todo el mundo o para la etiqueta de moda.

¿Algún placer culposo literario?

No. Aquí no se permiten culpas. Para eso tengo el resto de mi vida.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

En lugar de buscar ese libro en mi pasado distante, nombraré uno todavía fresco como una costra recién levantada en la rodilla. El museo de la inocencia, lo primero que leí de Orhan Pamuk. Hace dos meses hice una relectura y me vi incapaz de siquiera adelantar las partes fastidiosas. No creo que estemos frente a su mejor novela, Nieve o Me llamo Rojo la superan en cuanto a compromiso narrativo y si queremos, incluso, podemos decir que la superan en cuanto a compromiso histórico y social. Sin embargo, sé que no exagero cuando creo que esa primera lectura de Pamuk seguirá pulsando en mí con la fuerza de un libro capaz de registrar lo humano con toda la comodidad y la saña posible. Hemos atravesado por los sentimientos que pululan en esa historia: la prepotencia burguesa nos ha hecho creer que merecíamos todo sin mirar a los lados, sin detenernos a pensar en un país, en las ruinas de nuestro propio imperio; luego la puya del resentimiento nos ha hecho creer que merecíamos nuestra venganza. El amor es un sentimiento universal pero no más que el odio, el desdén o la obsesión con el tiempo que todo lo desmantela. Corremos a convertirnos en ruinas en un vasto e inútil museo, esa eternidad estéril que nos repite y nos repite y nos…

.

@enzagarcia en Twitter

Anuncios