Willy McKey, escritor venezolano autor de:

Vocado de orfandad, (Editorial Fundarte, 2008), Paisajeno, (Autoedición, Caracas 2011).

 
 

¿Cuál es tu libro del día?

Atlas portátil de América Latina. Arte y ficciones errantes, de Graciela Speranza. Fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo de este año y es una manera fascinante de leer una cadena de ensayos críticos hermosamente engarzados entre sí gracias a conexiones entre literatura y plástica, pero sin tener el requisito ineludible de la conclusión. Es ensayo crítico y crítica cultural, pero con las dinámicas de un catálogo de arte y, al mismo tiempo, un atlas que determina espacios, consigue lugares, informa relieves y corrientes acuáticas que ayudan a comprender todo lo que se está generando en América Latina como un insumo generoso, como un punto de partida, como un recorrido por lugares posibles (e insólitos).

¿Algún placer culposo literario?

Hasta hace poco podía parecer un placer culposo ser un lector de cómics y novelas gráficas, pero afortunadamente ya no es así. Quizás pueda confesar culpas literarias sin placer, como que reconozco la importancia de El Principito en la lectura de muchos, pero nunca me ha gustado ni conmovido del todo, salvo el capítulo 21.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

Son varios y dependen de muchas cosas que se olvidan más adelante, como todo aquello que cambia la vida. Moby Dick es un hito que me hizo creer en la aventura como manera de aprender, como todo cuanto tuvo que ver con personajes como Tom Sawyer y Allan Quatermain. Por otro lado, Watchmen me demostró que la literatura puede cambiar la historia mientras que Cubagua me mostró que puede cambiar el tiempo [antes que Tarantino]. Y mientras Los detectives salvajes me convencieron de que siempre podrá hacerse literatura con la literatura, Alfredo Silva Estrada ponía las palabras lejos de todas las manos y dentro de todos los ojos. Pero en esas regiones también están películas como Blade Runner coexistiendo con Rayuela explicándole a uno el amor,  o antihéroes como Cool McCool amando el peligro mientras Martín Romaña era víctima de sí mismo en un sillón Voltaire. Y Cervantes. Y Pessoa. Y Borges. ¿A quién no le ha cambiado la vida algo de Borges? Sin embargo, hecho este inventario, recuerdo que cuando terminé de leer La invención de Morel no podía creer que algo tan maravilloso terminara en Caracas. Fue espeluznante: debí haberlo terminado a las seis de la tarde de algún día porque, mientras me servía un café, en la tele empezó a sonar el himno nacional y me aterré. ¿Saben cómo termina La invención de Morel?

 

@willymckey enTwitter

Foto: Efrén Hernández Arias

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