Ricardo Ramírez Requena

 

Rubi Guerra tiene más de veinte años haciendo lentamente su obra (desde El avatar, publicado en el año 86), y no ha sido en vano su esfuerzo. No es un desconocido. Ha publicado en la Casa Ramos Sucre, en Monte Ávila, en México (UNAM), en Memorias de Altagracia, en Norma. Ha ganado concursos y ha elaborado una buena antología de cuentos para Ediciones B. No es un recién llegado, ni una novedad literaria. Ha realizado una elaborada obra, y eso ya es algo que pocos pueden decir en el país.

Unas líneas más arriba, escribí que Guerra no es un desconocido. ¿No lo es?, ¿entonces por qué no aparece en las listas de más leídos en el país?, ¿o llenando las páginas culturales? Nuestro autor reside en Cumaná desde siempre, lo que lo ha mantenido alejado del mundanal ruido de la capital. Eso le ha permitido quizá trabajar en silencio, pero a la vez, lo ha mantenido alejado de su público.

Pero las cosas están cambiando: desde la aparición de Un sueño comentado, publicado por Norma en el año 2004, el boca a boca se ha encargado de hacer llegar  los libros de Guerra a muchísimas manos ávidas de leer buenos textos. Los cuentos y novelas cortas de Rubi están escritos de manera magistral, demostrando dominio del oficio y un trabajo artesanal constante.

En La tarea del testigo, Rubi Guerra hace homenaje a José Antonio Ramos Sucre en sus últimos días en Europa. A través de cartas de Ramos Sucre a un primo, conversaciones con un amigo europeo, nostalgias, y una aventura llena de locura en donde su vida podía irse antes de lo que suponíamos, Guerra nos entrega al gran poeta cumanés en toda su complejidad.

Mediante una escritura sugerente, sensual y lacónica a la vez, llena de sonoridad pero sin escándalos, Guerra explora los pensamientos de uno de nuestros poetas mayores y uno de los que más curiosidad han despertado más allá de una obra. Muchos todavía se preguntan cómo alguien en la Cumaná de principios de siglo y la Caracas gomecista pudo alcanzar tan alta cultura y conocimiento de la tradición occidental; de igual manera, cómo pudo leernos en nuestra violencia. Esto no es nuevo. Lo mismo dijeron de Shakespeare y de Borges. Y son precisamente estos dos autores los que hacen triángulo junto con Ramos Sucre para ayudarnos a entender la maravilla de prosa que muestra Guerra en su novela breve, una prosa heredera de Quiroga, y que no tiene nada que envidiarle a sus pares en el continente.

Para terminar, me gustaría resaltar dos cosas: la primera, esa exploración en lo más íntimo de la figura de Ramos Sucre: su iniciación sexual, su romanticismo e idealismo de la figura femenina, y por otro lado, su relación con Salmerón Acosta, el poeta de Manicuare que enfermó de Lepra. Ambas exploraciones contienen, junto con la exploración de la psique de los otros por parte del poeta, lo mejor de esta pieza narrativa.

La editorial Lugar Común hace honor a su oficio editorial al apostar por la reedición de esta obra, publicada primero por el Perro y la Rana en el año 2007. Nuestros autores merecen reeditarse.

La tarea del lector es homenajear a Ramos Sucre, leyendo a Rubi Guerra.

 

@maqroll30 en Twitter

 

 

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