Tal vez los mejores retratos de la estructura de sentimiento con que se organiza la vida venezolana de los últimos tiempos los están ofreciendo sus narradores. Una novela de Alberto Barrera que plasma como pocas la experiencia nacional reciente, La enfermedad, tiene un pasaje, por ejemplo, donde se traza fielmente el horizonte afectivo en que se conciben y circulan muchas obras literarias: Andrés [el protagonista] de repente piensa en que la situación política ha salvado a muchos matrimonios que ya no tenían de qué hablar. Ahora las familias se reúnen y ya tienen tema. La política ha resucitado sus vínculos, sus euforias, sus maneras de distribuir las pasiones.

En un plano muy solapado, la familia de Andrés, criatura ficticia, sugiere la de ciertos escritores venezolanos y esas “pasiones distribuidas” la respuesta de éstos al entorno. Dicha respuesta actúa medicinalmente. Si la vida pública y los discursos oficiales en tantas ocasiones adquieren un perfil circense u operático, seudoheroico y pomposo, la imaginación de los narradores, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas, se inclina a la oblicuidad y la discreción, con algo así como un realismo sutil que aborda la política sin necesariamente nombrarla, hablando más bien de encuentros y desencuentros eróticos, relaciones de padres e hijos, límites de la amistad, manuscritos perdidos o recobrados, sueños, fantasías diversas y pesadillas, pero siempre poniendo a dialogar el espacio de lo personal o íntimo con el de lo colectivo e histórico, para darnos una sensación de vitalidad y de humana incertidumbre a la que los sermones cívicos y las proclamas que antes pasaban por compromiso no lograban acceder. A tal familia literaria pertenece Bajo tierra.

Lo primero que llama la atención de esta novela de Gustavo Valle es la acumulación de registros de escritura que se enriquecen unos a otros. Por una parte, está la historia de misterio o aventuras, hasta con una pizca de Jules Verne aquí y allá sazonado con guiños de Rocambole y una prosa de gran plasticidad visual a la que Hitchcock y varios cultores del thriller cinematográfico añaden ingredientes. Por otra parte, la psique de Sebastián C., narrador y protagonista, va colonizando la intriga hasta hacerla subsidiaria de una lógica personal que se impone a la exuberancia de la acción y nos hace adivinar que personajes, lugares y acontecimientos connotan una existencia interior empeñada en materializarse como símbolo o nostalgia de vivencias que nunca se han producido. Bajo tierra, igualmente, pertenece a una tradición ya antigua de relatos sobre ciudades venezolanas donde la fenomenología de lo nacional, con sus fracasos y esperanzas, cristaliza: estamos ante una novela urbana como lo fueron en su tiempo Todo un pueblo, Ídolos rotos y El hombre de hierro, y como recientemente lo han sido, cada una a su manera, Latidos de Caracas, Un vampiro en Maracaibo, Ajena y Nocturama. Por si lo anterior no fuera suficiente, Gustavo Valle también consigue que su escritura insinúe una fantasía histórica: los protagonistas de este viaje por cloacas y galerías, túneles y grutas de la Caracas actual, tapiados por deslaves y tragedias menos naturales, descubrirán que los vestigios del pasado siguen movilizando desde la oscuridad la vida cotidiana. Lo que no significa que se esté agregando un título más al canon excesivo de la novela histórica: Bajo tierra contradice las premisas del género acudiendo a mitos y ambiguos fragmentos de información acerca de la historia y la prehistoria del país; el conocimiento racional se diluye en el presentimiento de un destino cuyo sentido, sin embargo, se resiste a las grandes interpretaciones y, por lo tanto, a las grandes manipulaciones a las cuales nos tiene habituados la demagogia.

La fábula ctónica no tiene tanto que ver con hechos datables (la Conquista española o la Tragedia de Vargas) como con la Venezuela auténticamente subterránea, subterránea en espíritu y carácter, que comenzó durante la dictadura de Juan Vicente Gómez en dos sentidos al menos: el de una falsa modernidad que pareció enterrar un pasado que resurge de vez en cuando como monstruo vengativo, sea en forma de violencia, sea en forma de caudillo, y el de una economía minera que hace depender todo lo que está arriba de todo lo que pueda sacarse de abajo. Por algo el padre de Sebastián, es decir, la semilla, el origen, se dedicó a las excavaciones y en una de en ellas se extravía y, por algo, las empresas petroleras acaban tarde o temprano haciendo acto de presencia. Pero repito: una de las virtudes de Bajo tierra es que los asomos de alegoría jamás definen un sistema; son, por el contrario, señales aisladas, parpadeantes luciérnagas que no bastan para iluminar estas cavernas. Que Sebastián vea a su Gloria (mujer que acaso es una idea) perderse también en el laberinto de túneles confirma que no estamos ante un relato heroico ni que el telurismo de un autor que se llama Valle sea ingenuamente llano. Para él, que rinde homenaje al Sábato de Informe sobre ciegos, lo sublime y lo abyecto, la razón y la locura van de la mano. Por el efecto de tantos choques y paradojas, la alegoría late en cada una de sus páginas sin manifestarse cabalmente, flotando en la lectura como sombra de una interpretación inminente que no se concreta. La coincidencia con la irresolución de la trama es magistral: lo que nos queda es incógnita, desafío para la comprensión que el narrador resume en un prosaico “¿qué diablos estoy haciendo aquí?” y en la sospecha, más poética, de encontrarse “al borde de un vacío”.

Vacío de su existencia, podríamos concluir, y vacío de un destino nacional que hasta ahora no depara demasiadas certidumbres. En esta novela, que escarba en los abismos, se esboza una arqueología moral tanto de la Venezuela más remota como de la que todavía tenemos ante nosotros: enigma para la sensibilidad, el entendimiento y la memoria.

*Presentación de la novela Bajo tierra (Caracas: Norma, 2009) en Mérida, Venezuela, el 10 de julio de 2009, como parte de las actividades de la Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, organizada por la Universidad de Los Andes.

**Reseña publicada originalmente en el blog: http://www.bajotierragustavovalle.blogspot.com/

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