Eduardo Sánchez Rugeles

Las diferencias entre En rojo (Alfa, 2011) y Todas las lunas (Equinoccio, 2011) se presentan en el territorio de la apariencia. Reseñas, entrevistas y apuntes sugieren que estos trabajos de Gisela Kozak Rovero poseen materias literarias contrapuestas e irreconciliables. La comparación, a primera vista, presenta una serie de antinomias: utopía y realidad, hedonismo y miseria, placer y dolor. Mientras el libro de cuentos relata el triste devenir de una ciudad podrida, la novela construye un universo mágico en el que la felicidad parece ser un valor privilegiado y asequible. Sospecho, sin embargo, que las fronteras que delimitan estos espacios de ficción no son tan rigurosas como lo crítica pretende. Una lectura atenta descubre flexibles “bordes de continuidad” entre las capitales protagonistas (usurpo la idea del borde a Oscar Rodríguez Ortiz).

Todas las lunas es un texto raro, atípico en el marco de las ficciones venezolanas contemporáneas. La novela cuenta la historia de lugares imposibles que, según la cartografía oficial, no tienen ningún tipo de relación con la Caracas amorfa que ostenta su debacle en las páginas de En rojo. Esta breve reseña pretende subrayar los caminos ocultos que comunican estos variables universos.

En rojo, hiperrealismo de la miseria

El anonimato, la identidad ausente, se constituye como el principal atributo del libro. En rojo es un tratado zoológico (o sociológico) en el que la vida humana se convierte en un vasto anecdotario de tristezas. Cualquier tipo de expectativa, como la idea de libertad, o cualquier otra estupidez exaltada (ER: 37), aparece bajo la forma del incordio o la impertinencia. Caracas proscribe cualquier tipo de esperanza. La capital no admite la figura del héroe; todo aquel que se atreve a establecer algún tipo de diferencia es calificado (en el sentido cervantino del término) como un pendejo ejemplar. Una amarga simpatía proyectan las peripecias de estos hombres y mujeres sin atributos que parecieran empeñarse, únicamente, en la búsqueda deliberada de la propia ruina (ER: 31).

Más de cincuenta relatos exponen una irrefutable evidencia de derrota. La pobreza moral de los personajes, representantes de distintos géneros, clases y oficios, permite trazar el esbozo de una ciudad sin discurso. Los habitantes del texto dan tumbos sobre el vacío; satisfacen su resignación degenerativa entre pulsiones eróticas, curda, la burda viveza o la fugaz alegría que, día a día, otorga la supervivencia.

Citaré, entre todo este compendio de desventuras, un relato ilustrativo que, en gran medida, llamó mi atención y mortificación: “Ir y quedarse” (ER: 61-62). El cuento es despiadado. Una mujer histérica contempla la alternativa del suicidio. La protagonista es portadora de una melancolía genuina, inmune a recetas o lugares comunes de terapeutas indolentes. La mujer de treinta y ocho años camina cerca del río Guaire. La posibilidad de desaparecer en esas corrientes de dudoso origen y olor sulfurado se presenta como una eficaz alternativa. Caracas, sin embargo, refuta su intención. Gobernadores y alcaldes iluminaron el río con el fin de celebrar la más vulgar e irredenta noción de Navidad. El escenario de luces es horrible, la fauna de bombillos acelera su indigestión. Ella, presa de horror observa delfines, ranas, hipocampos, conejos, bambalinas y renos que iluminan la noche. Primero viva que ridícula, dice al imaginar su patética inmersión. Esta reflexión, como sentencia cartesiana, proyecta el sentimiento trágico de la lógica urbana, de la visión del mundo expuesta por un grupo de personajes ahumados, abandonados a su soledad y su suerte.

Todas las lunas o la felicidad posible

Todas las lunas, por otro lado, celebra la vida y la escritura. La novela es una refutación a la convivencia imposible (a la condición humana revocada). El entorno se diluye y aparece el individuo. Estefanía, capital del relato, devuelve la dignidad a los nombres propios. Cada uno de los personajes, a diferencia de los caminantes anónimos (y anodinos) del libro de cuentos, es consciente de su identidad, posee un nombre, un apellido y una historia. El mundo interior de los protagonistas es el que modela sus felicidades o desgracias.

La sociedad de Estefanía, por momentos, parece emular algunas de las ordenanzas expuestas por Platón en la Comunidad de Mujeres e Hijos de La República. La tensión entre los sexos es de los principales atributos del texto. El discurso erótico, la sensualidad omnisciente, define la naturaleza de los personajes. Todas las lunas también posee un amplio bagaje erudito. Si bien Estefanía, Tecla y Diomira no quedan (geográficamente) en ninguna parte, histórica y culturalmente se insertan en un reconocible discurso cultural y libresco.

La novela plantea una compleja discusión en torno al argumento. La conjunción de voces, visiones, registros y estrategias narrativas, confunde (de manera intencionada) las expectativas del lector. La búsqueda de Loren, en principio, se presenta como un objetivo común. La desaparición de este personaje, el equilibrio roto por su ausencia, se presenta como estructura de sostén. Todas las lunas, sin embargo, promueve lecturas ocultas. La novela puede interpretarse como relato iniciático, como crónica incompleta, como diario, como texto de memorias. Y, justamente, en el frugal laberinto de la memoria es donde encuentro afinidades y reflejos convexos con la Caracas de En Rojo.

Lecturas simultáneas

La Caracas de Gisela Kozak, abordada en Pecados de la capital y otras historias (Monte Ávila, 2005) e, incluso, Latidos de Caracas (Alfaguara, 2006) ostenta un sentido del humor y la ironía que dosifica la perspectiva crítica. En esos textos, el entorno no pierde su condición de elemento de fondo. La Caracas de En Rojo, sin embargo, es la representación del Mal absoluto. En ella, la existencia implica la tristeza. Cada relato proyecta un incisivo disgusto. El ejercicio creativo tiene síntomas de nausea. Como lector, tengo la impresión de que la autora nunca se sintió cómoda con esa descripción hiperrealista. Percibo, en este sentido, que tanto en el compromiso de En rojo como en la visión escapista de Todas las lunas hay una lúcida conciencia de protesta. Todas las lunas es una novela de resistencia que toma partido a favor de las expectativas, convicciones y respeto por las más elementales dignidades humanas, aquellas que desaparecieron en la ciudad de los cuentos. Estefanía es aquello que Caracas dejó de ser, lo que perdió, lo que pudo ser (lo que quedó en la memoria), lo posible. Estefanía es la utopía que propone la imaginación literaria ante la inminencia de la derrota. Los relatos de Gisela Kozak muestran con pesar cómo Caracas se convirtió en un lugar de paso, en una comunidad de “olvidadores” que perdió la fe en el pasado, en el futuro y que, a la espera de la extinción, confronta la pandemia del presente. Estefanía es un exilio interior, un espacio de fuga, una invención que dignifica el poder de la palabra y, de alguna forma, contempla la posibilidad de la esperanza.

Pero incluso en Estefanía, a pesar de las venturas del contexto, el destino de los seres humanos parece estar determinado por un malestar interior, por un ejercicio de renuncia. Hay un fascinante pesimismo en el trabajo literario de Gisela Kozak que, de la misma manera, condena a los individuos a padecer el fuego del infierno y el aburrido bochorno del cielo.

Recomiendo la lectura simultanea de estos dos libros. Fantasía y realidad alternan roles en lugares distantes y, en apariencia, antitéticos. La urgencia de la memoria, el sacrificio de la infancia, la orfandad, la angustia por el paso del tiempo, el caos de la sensualidad y el sentimiento migratorio son argumentos recurrentes. La lectura comparada (la estrategia del espejo) encuentra curiosas coincidencias entre la expectativa y la debacle, entre la ciudad que perdimos y las utopías que nunca están de más.

@sanchezrugeles en Twitter

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