Naíbet Soto Parra

 

Caracas es femenina. Caracas es plural, aunque en el acento local suprimamos la ese. Es una y es muchas, de envidiable clima y connotada violencia, Caracas muerde. La mandíbula que gestó Héctor en sus relatos, posee el don del asalto secuencial, estimulante, inevitable, personalísimo.

Yo también sentí la afrenta de imaginarme asaltada en cualquier otra ciudad, y la necesidad de birlarle al atacante el logro de una caraqueña en su palmarés. Y fui una madre sorteando el Metro para abrazar a sus hijas; una motorizada condenando con mi ausencia a quien me amase, una mujer cuya belleza, podría calibrar sólo aquel que cerrara los ojos para oírme. Fui muchas y discutí con sus páginas, imaginándome la próxima vez que lo viera para decirle: Chico, ¿tú estás loco?, ¿cómo me echas esta vaina? Qué hago con el desasosiego, qué con la esperanza, con mis otras Caracas que te incluyen y en la docilidad de un guayoyo a media tarde, te reconcilian a diario con la que tú y yo construimos.

El libro de Héctor es como jugar con un cachorro, al que comienzas a fastidiar ante la imposibilidad de que te haga daño, y él se acelera y tú no lo sueltas, y él te busca y tú sigues confiado, y al finalizar el juego tienes el saldo de unos cuantos rasguños, que te duelen al día siguiente, en esa clara correlación entre herida y tropiezo, por la que, no importa lo improbable que sea volver a lastimarte ahí, indefectiblemente lo harás. No diré el saldo de mis rasguños, tampoco de mis sucesivos golpecitos acumulados. Diré que sentí el compromiso con mi optimismo compulsivo, y esperé que pasara la hora de almuerzo para salir a hablar con el chichero y sus clientes. Les eché uno de los cuentos del libro y esperé. No hubo aspavientos, ni sorpresas, ni caras compungidas. Así las cosas, de mordiscos estamos llenos todos. El cuero se va engrosando para que el próximo duela menos.

El chichero me dijo con gracia: Por eso es que yo no compro periódicos, mija, los sucesos me los cuentan aquí. La gente se toma un vaso grande para ahogar con dulce la amargura de esta ciudad. ¿Usted cree que esta ciudad muerde? Si te descuidas te arranca el tajo.

Regreso. Releo el más esperanzador de la selección. Y no termino de sonreír. Porque la esperanza está diseminada. Es un spray de alto espectro y cada quien decide las gotas que asimila y acumula para su próximo baño de realidad modelada. Comprando una película quemada, antes de ser asaltada en una sala de cine; celebrando un cumpleaños en la sala del apartamento, comprobando así el rendimiento de un metro cuadrado; usando un reproductor chino y chimbo, antes de que te arranquen las orejas por ostentosa.  Apuestas para tu ghetto, para tu forma de conservar un espacio dentro de las muchas Caracas que se desarrollan sin que las protagonices, porque no hay garantías para la vida, tanto menos para el placer.

Por eso me gustan las historias de Héctor. Es un protagonista, no un narrador, un fiel cultor de la feminidad que describe con cuidado, de la feminidad caraqueña además, que tantos millones aporta a la industria cosmética mundial, a la imposibilidad del ahorro energético a fuerza de secadores y planchas de pelo, a los diseñadores de piezas Prêt-à-porter separadas no por tallas, si no por la turgencia de los pechos.

Es inevitable leer y situarse en esas historias, caminar esas Caracas de Héctor, avenidas que muchos no han cruzado jamás -ni lo harán-, plazas a las que muchos hemos acudido sin mirar ni saber lo que él cuenta. Hay un raro imperativo moral al finalizar el libro, como si lo hubieses leído en voz alta, para gente que no conoce esta ciudad, que no la vive, unas ganas terribles de decirle: ¡Bueno, ya va, la cosa tampoco es así!, pero en rigor te lo dices a ti, se lo dices a tus otras Caracas, a tus amores, a tus encuentros, a tu ghetto.

Caracas muerde, sí.
Y Héctor, me debe un guayoyo.

 

@Naky en Twitter

 


Anuncios