En la primera crónica de Caracas muerde,  el libro más reciente de Héctor Torres, la urbe es una paranoia móvil que determina la realidad circundante. Así lo deduce Eduardo (sureste inhabitant) al contraatacar –empuñando el mar Caribe- a dos gamberros parisinos.

Lúcido y expresionista es el amanuense de los relatos de Caracas muerde. “Cada momento y cada zona de esta ciudad estrepitosa tiene su ritmo, su densidad, su olor, su puesta en escena”. Los epítetos y aforismos de Torres, ensordecen al lector como ráfagas de metralla: “el que esté harto del infierno que no conozca la pesadilla”. Las intervenciones del autor en las crónicas que narra, desnudan lo que sus protagonistas callan detrás de las palabras: la impotencia del miedo cuando les  llega su hora.

Héctor Torres reescribe el orden simbólico de Caracas desde la violencia y la inversión de las relaciones de poder. “¡Piérdete, que estás vivo de vaina!”, es la propina de un taxista en la última noche que ejerce su oficio.  Puede afirmarse al leer Caracas muerde que, se ha instalado en la capital (robándole el término a Juan Villoro) “una nueva gramática del espanto”. La realidad a uno y otro lado del Guaire es, en sí misma, un ultimátum.

La crónica Secuestro Exprés en azul muestra el despotismo de los policías corruptos y Una afeitadora de dos hojillas, la anarquía de los violentos. Unos y otros son agentes de poder según Michel Foucault, pues someten nuestra conducta y disponen la probabilidad de nuestra supervivencia.

Caracas, por fortuna, desobedece instintivamente a su cinismo. Héctor Torres descubre seres cotidianos que leen la Ilíada y rescatan niñas que cruzan los aires. En Caracas la gente hasta puede aspirar a ser feliz, concluye el autor. Sólo hay que descifrar los signos del laberinto que es el miedo.

Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

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