Atamaica Mago

“Fue cerrar, como las puertas del vagón, esa ventana que le dejó todo el zumo agrio del lado de adentro del corazón”

“Caracas muerde”, Héctor Torres.

Sábado: 2:00Pm. Salida del departamento con la penumbra del sol a cuestas. Calles vacías, transeúntes insolados; tráfico lento por la impaciencia de unos 40 grados que calcinan los ánimos de sus habitantes quienes consideran al sol como el malandro más peligroso a esa hora en la ciudad. Autoconvencimiento para abandonar el fortín habitacional de 18BTU y tapizados en papel ahumado con rumbo a la calle. 15 minutos estacionada en la acera de la circunvalación Nº 2, diagonal al hotel cinco estrellas de anónimo conocimiento público,  esperando la llegada de cualquier medio de transporte –llámenosle- el roer metálico, placa crisis, de cuatro ruedas que habría de conducirme hacia mi lugar de destino: La Librería Nacho ubicada en el Centro Comercial Babilón Sur de la ciudad de Maracaibo. ¿Referencia? Cines, Ferias de Comidas, Iguana Shop, Zapato Grande y el siempre desabastecido Bicentenario. Consejo para novatos de la zona y turistas incautos: no mencionen la palabra “Librería”, podrían extraviarse.

Luego de una angustiosa espera a la sombra de un árbol de tronco estriado y ramajes secos, llega un carrito por puesto de línea pirata, cuya puerta trasera sólo abre por dentro. Ante el truco de accionar una especie de manija hecha de un cuarto de cabilla cubierta con una manguera, logro por fin abrir la puerta e ingreso con el acostumbrado buen semblante de la cordialidad a oídos sordos.

“Buenas tardes” –digo- pero nadie responde. Sólo me encuentro con el choque de unas miradas perplejas, cansadas, transpiradas, cuyos mensajes visuales filtrados de cortos circuitos (amén del racionamiento eléctrico) me dieron a atender que mi saludo estaba totalmente fuera de foco. Es lógico –pensé- con este calor cometí el error de esperar que las personas movieran sus labios  para articular una respuesta que ni de chiste compartían. Cinco minutos después, anuncio mi parada, entrego el dinero del pasaje y bajo de la unidad  con la sensación de haber abandonado un criollísimo baño turco.

Llego a la Librería Nacho ubicada en una zona estratégica del centro comercial: primera entrada, lado derecho de las puertas automáticas. Vitrinas pulcrísimas donde se exhiben las novedades en textos de autoayuda así como también los Bestseller más sonados de la movida lectora. Entro y comienzo mi acostumbrado recorrido por los anaqueles situados de lado izquierdo del local. Visualizo cinco empleados con sus chemises en tono verde mostrando la atención mímica como comisión de bienvenida para el cliente.

El monólogo sigue siendo mi búsqueda. Durante mi tránsito por la librería, me topo con interesantes libros en oferta, entre los que destaco autores como Pamuk, Philip Roth, Umberto Eco, Vargas Llosa, entre otros; y una selectiva variedad de textos de nuestros escritores venezolanos contemporáneos. No es una mala noticia, considerando el papel de esta librería como distribuidora de textos y materiales escolares.

Me detengo en una de las estanterías al encontrarme con un libro cuya sugestiva portada, el grafiti de un perro mordisqueándose la cola, me hace esbozar una sonrisa. Se titula: Caracas muerde (Ediciones Punto Cero; 2012. 174 págs.), escrito por el narrador y amigo Héctor Torres. No voy a ocultar mi alegría y satisfacción al tomar entre mis manos ese compendio de historias que pude disfrutar hace tiempo atrás en el portal Prodavinci (http://prodavinci.com/) y que ahora, junto con otros relatos  inéditos, las hallo reunidas en un libro a cuya editorial le profeso mi más sincera gratitud y confianza por publicar autores cuyas plumas no me han  defraudado.

De inmediato, y con la idea exagerada de que podría agotarse su existencia (no tengo remedio: soy maracucha), no esperé un segundo más y me dirigí corriendo a la caja, cancelé el pedido y salí de la librería con dirección al supermercado, no sin antes detenerme en la puerta de entrada para destapar la bolsa, quitarle el envoltorio plástico al libro y comenzar a leer esas primeras líneas de unas crónicas que vaticiné no me defraudarían.

Y, en efecto, no lo hicieron.

A Héctor le comenté que su libro está lleno de magia. Un don sensible difícil de explicar en tiempos en que la ciudad se hace eco de la violencia, y el sentir ciudadano goza de una frigidez que asombra y despecha con la misma cadencia con que nos duelen las cosas más queridas. Un hechizo que me atajó en la larga cola de la caja del supermercado donde la gente desesperada por salir, por llevarse los productos de la cesta básica, por competir en aras de adquirir un litro de aceite o un kilo de leche en polvo, es capaz de enseñar los dientes, afilar las garras, rasgarse en ofensas, dentellar miedo, salivar rabia como equivocada manera de mitigar el dolor de cargar con la joroba de la soledad y el olvido a cuestas.

Una dádiva. Eso es Caracas muerde. Un bonita sorpresa en medio de la ola de impotencias y agravios que destila el ambiente cuando las personas hastiadas de tanta espera, de la lentitud de la cajera, del pago con cesta tickets, de la tranca de la caja registradora, de la viveza criolla, de negarles el derecho a llevarse más de dos productos y de paso obligarlos a enseñar la cédula; de la poca efectividad de los aires acondicionados, del bullicio, la escasez de alimentos, la inflación en los precios, el racionamiento eléctrico, del gobierno.; en fin, de la calidad de vida de una ciudad, de un sistema social que sólo garantiza precariedades, supeditación, saña  y privaciones, deciden sacar las garras, rechinar los dientes, salivar miedo, gruñir, embestir y morder como acto de defensa, como cedulación de una identidad perdida, desnaturalizada o en peligro de extinción.

Caracas muerde logró abstraerme de toda esa hilera de duelos y reproches cuyo tráfico humano se hacía cada vez más grande excavando poco a poco los túneles de ese infierno personal que cada uno de nosotros llevamos dentro; pero que a pesar de todo supo iluminar el corazón de una persona que, hallándose a unos cuantos metros delante de mí, me hizo señas para que pasara adelante cediéndome su puesto (Yo sólo llevaba un pie de limón en brazos y mi libro, por supuesto). No obstante, en esta recelada ciudad donde todo gesto amable o epifanía ciudadana es sinónimo de resentida sospecha, es preferible hacerse oídos sordos para evitar que una avalancha de insultos termine por inhumarnos. Pero el señor insistía en su encomienda cívica, exclamando a todo pulmón que “una chica que lee en la cola de un supermercado no lleva la angustia de la prisa, merece pasar primero” E igualmente increíble fue encontrar la aprobación casi al unísono de todos los presentes quienes también asintieron que pasara primero, que no había ningún problema.

Después de negarme muchas veces a tal solicitud y recibir una insistencia como respuesta, finalmente terminé accediendo, agradeciéndole al señor y a las demás personas sus consideraciones y respetos, topándome con un guiño cómplice o la sonrisa leve de los que bajan la guardia y relegan la tentación de los aullidos de la queja. Al salir del centro comercial, concluí que “los libros como la música amansan a la más fiera de las bestias”

Y precisamente Caracas Muerde se presenta como un diario lleno de sabrosos contrastes, una bitácora rural y visceral de la vida caraqueña (gentilicio usado sólo como sello ficcional porque es el común denominador de todas las demás ciudades y las vicisitudes o fortunas vividas por sus pobladores) que intenta redimir las historias de personas que hacen las veces de personajes y viceversa; de individuos que no pertenecen al universo bidimensional de las planas de sucesos, o los crímenes sensacionalistas ocurridos en el país, sino que pone en evidencia que detrás de esos relatos del quehacer cotidiano existe una biografía, una vida, una historia familiar que muchas veces pasa desapercibida porque no se hace cómplice ni vocera de los acontecimientos sangrientos del morbo informativo, del jadeo convulsivo de una sociedad alucinada en fabricar noticias irascibles, desmembradas de toda posibilidad de reconciliación, compasión, diálogo y empatía con el otro –incluso- con nosotros mismos. Crónicas de una guerra silenciosa, de una bomba de tiempo que ya detonó en el sentir de sus habitantes, en esos corazones minados de tristezas e impotencias. Historias que no por ser relatadas con dolor, crudeza, ardor y luto dejan de tener su toque de esperanza, de redención y fe en lo posible, a pesar de la anarquía del miedo, el poder legitimado del caos, los subsidios del resentimiento, el pran curricular de la violencia.

Porque Caracas es la placenta ficcional de un país que ya no acepta más radiografías de su enfermedad vertebral, sino un ecograma de sus síntomas más perversos. Y por esa razón, la obra Caracas muerde lleva a cabo un sondeo gráfico, descriptivo,  minucioso, agudo, perspicaz, sensible, del día a día de nuestros personajes caraqueños; de esos seres humanos que salen a ganarse el pan del día a día con la única plegaria de poder regresar a sus casas sin otra desazón por anotar en la agenda de los arrepentimientos; ese retornar abatido a un búnker de cuatro paredes, portón eléctrico, rejas metálicas y garita de vigilancia residencial (eso cuando la suerte monetaria acompaña a los que han emigrado de las entrañas de la ciudad para perderla de vista) que en otro lejano tiempo se llamó hogar y ahora goza de las comodidades del enclaustramiento.

Y es que el recorrido por las treinta crónicas que compendia esta obra, marca un punto de fuga en la conciencia de sus lectores –sin tildes aleccionadores o recetas de autoyuda- para visualizar, comprender, hasta qué punto la violencia se ha regenerado como oferta homicida, delictiva, corrupta de una ciudad que se desangra de nostalgias, que no cesa en recibir las nuevas víctimas registradas cada fin de semana; que trabaja tiempo completo no en la morgue sino como morgue; que acelera cada día más el paso de sus habitantes; que no da chance para maravillarse con El Ávila o Parque del Este porque la vista y todos los demás sentidos han sido re entrenados, reclutados, uniformados, alertados para la autodefensa y el ataque.; porque en Caracas sólo hay que estar pendiente de sí mismo y agradecer cuando la tragedia toca la puerta de otras almas esquivando la nuestra, haciendo girar nuevamente el tambor de esta arma de doble filo de una capital que juega diariamente a la ruleta rusa.

 Héctor Torres, como así lo daría a conocer en una entrevista: “No quiere dar lecciones de vida” Y, en efecto, estas crónicas no tienen la pretensión de dictar  cátedra de cómo desenvolverse en Caracas, de cómo convertirse en un ejemplo ciudadano ni tampoco enseñar a cuidarnos, a engañar a la muerte cuando ésta siempre advierte o improvisa su papel histriónico en escena. Estas historias están concebidas para que cada uno de nosotros, los que nos atrevemos a abrir sus páginas, hagamos una lectura reflexiva de cómo la violencia se ha cosido en las vidas de unos personajes que han sido pateados, humillados, insultados, escupidos, ultrajados en las calles caraqueñas, en los vagones del Metro, en la estación de servicio o en una cauchera cualquiera; en ese bar con el pálpito del asalto a cuestas, en los baños de un centro comercial, en las instancias policiales, en las alcabalas y operativos improvisados, en ese ejército popular de nuestra bautizada delincuencia, en la esquina de la casa, en un puesto de periódicos, en las plazas y parques públicos, en el asiento de un taxi, en el estacionamiento de un local comercial, en unos bloques habitacionales.; en la vida, la corazonada, la urgencia y las costuras de una vil certeza.

Y es que para leer la ciudad, es necesario  narrarla, escucharla, palparla, recorrerla, sentirla, para así evitar que la realidad nos time con sus pequeños oasis con camisas de fuerza.

Historias como “Cuando el demonio lo llame a escena” (pág. 157) donde Alberto baja la Santamaría del miedo y se encomienda al escapulario de una pistola con el fin de liquidar a un demonio apodado “El Bemba” y luego escuchar  los susurros infernales de la Muerte que lo ha elegido como su próxima marioneta de esa República purgatoria conocida como 23 de enero; “Sobre el estelar segundo veintiuno” (pág. 25) en el que la escena de un asalto da cuentas de que en este país nadie quiere ser testigo y mucho menos dar testimonio de la desgracia ajena, y por esa razón bajan la mirada, le suben el volumen a sus audífonos, fingen taparse el rostro, ojean el periódico o usan como retrovisor sus pensamientos cerrando otro capítulo delictivo que diariamente se repite en Caracas, y en el que por esta vez, sólo por esta vez los librados del mal desempeñaron el papel de actores de relleno; o ese respiro que nos da “El apartamento de Altavista” (pág. 81) que cierra con una noble y maravillosa sentencia en la que “Sabiduría, llaman a esa capacidad de recordar lo bueno y lo malo, y de encontrar siempre la manera de quedar con saldo a favor”

Caracas muerde está bien equipada de sorpresas. Una muy entretenida y recomendada lectura que eriza la piel y sacude la desidia emocional de los que hasta ahora se ¿o nos? dedicamos a mirar hacia otro lado. Esta obra posee todo un armamento narrativo para el disfrute de sus lectores, cuyas historias de seguro ya no pasarán inadvertidas porque han sido contadas desde la pluma de un escritor que siempre ha auscultado la ciudad en todos sus rincones y pasadizos secretos.

Si usted quiere saber cómo el miedo adopta distintas formas, como la de una bala, chuzo, tubo, cañones de guerra en formato portátil, motoserpientes, puñetazos con fanaticada incluida, choques vehiculares, ruido, ajetreo de bocinas, la valentonada alcohólica, los porros maniáticos.; en sí, la cheveridad desbocada, hágase el favor de dejarse morder por estas treinta crónicas en las que el dolor bien obrará como recompensa.

Mientras, seguiré haciendo cola, tropezándome con esos pequeños milagros que me salvan el día.

@atamagog en Twitter

Anuncios