Desde que hizo su aparición a mediados de los noventa, la obra poética de Luis Enrique Belmonte pudo alcanzar, más allá de los laureles que otorgan fama momentánea, el reconocimiento no sólo de la crítica más exigente, sino también el de sus pares, exquisitos poetas que, como Eugenio Montejo, habitan ya en el Parnaso de la poesía venezolana contemporánea. Por ese entonces, los poemas de Cuando me da por caracol (1994), Cuerpo bajo la lámpara (1996) o Inútil registro (1998) se podían inscribir dentro de una tendencia estética que reflejaba fielmente el resquebrajamiento de los horizontes utópicos y de referentes sociales de larga data. Hablamos de una suerte de poesía de convergencia que en otra parte llegamos a definir como una estética situada a medio camino entre la tradición y la renovación; entre el esplendor verbal y el interés comunicante; entre la densidad filosófica y el lirismo esencial. Una forma de hacer poesía que pretendía estar a salvo de las estridencias y del experimentalismo vanguardista, pero también de la simplicidad coloquial del prosaísmo o de la poesía exteriorista. Una poesía que, en resumidas cuentas, prefiguraba el espíritu posmoderno de desconfianza hacia el cambio y que apostaba por la búsqueda de un lenguaje poético de raíces firmes y anclado en la permanencia.

A esos rasgos  formales –también visibles en la obra de poetas hispanoamericanos como Roberto Juarroz, Álvaro Mutis o el propio Montejo- Belmonte supo añadir otros de su propia cosecha: la recurrencia a las transfiguraciones, la utilización del humor irónico y el interés por aproximarse a diversas formas de lo “oscuro” -la muerte, el mal, el horror- desde una peculiar concepción de la materia. No faltaban, asimismo, dentro de sus textos, temas afines a este tipo de poesía: la inquietud existencial, el desamparo, la confusión amorosa. Sin embargo, todos ellos eran tratados a través de un discurso poético con fuerte predilección por lo simbólico y en el que prevalecía, en todo momento, la suficiencia de la palabra y del ritmo interno del poema frente a las disoluciones fragmentarias de la poética de la brevedad o la urgencia comunicativa de la poesía conversacional.

En Compañero paciente, el más reciente libro de Belmonte, la voz poética abandona la fortaleza inmanentista  de su visión y el concentrado lirismo de sus elaboraciones verbales –elementos distintivos, en sus mejores textos, de un barroco muy peculiar- para explorar registros más próximos a las formas confesionales, testimoniales o incluso lúdicas de la poesía social. Aunque prioriza el verso, se trata de un lenguaje de filiación prosaica, que tal vez deba mucho a la reciente incursión de su autor en la narrativa (Salvar a los elefantes, 2006) y en el que se apela, con inusitada frecuencia, a ese “otro” largo tiempo olvidado y que parece ser el centro del discurso literario de nuestra época: el lector.

Dividido en cinco partes, el libro nos remite, en su primera sección, Antes que lleguen las lechuzas, a textos embadurnados -¿signo de los tiempos?- con la pátina del militarismo. La segunda, Compañero paciente, es la parte más extensa y en la que se encuentran, acompañando al texto homónimo, algunos de los poemas más logrados del libro. Un acercamiento a lo nimio cotidiano sobresale en Limpiar los cristales, la tercera sección. En la siguiente, Congreso de poetas, el bardo/narrador se enfila, a la manera de Gombrowicz, contra poetas y demás escritores ganados para el autobombo. Por último, en Consejos para un perro callejero, es la escueta soberanía del aforismo la que le permite al poeta rastrear los pasos de una de las especies más entrañables del paisaje urbano.

 

LIBRETICA QUERIDA

 

Libretica querida
que te descoses lanzando
               imágenes al vacío
que te salvastes de varias mudanzas,
que has servido de morada a unos cuantos fantasmas,
olvidada en los zanjones, orinada por los gatos,
libretica querida que resistes
y no dejas de registrar la vida
con garabatos y borrones
Libretica querida: nunca sabrás
que algún día te llevará la corriente
o que serás pulpa de papel reciclado.
          Y cuando todo se acabe,
es decir, cuando la tinta se derrame
sobre la última página,
                                   te tocará vigilar
los sueños de la gaveta por tiempo indefinido
hasta que alguien te encuentre nuevamente
y escudriñe entre jeroglíficos
que serán pálidos reflejos,
cenizas de flores
que apenas evocarás.

 

.

 

CONSEJOS PARA UN PERRO CALLEJERO (SELECCIÓN)

 

 

34

 

Hacerte amigo del maestro parrillero

 

35

 

Escucharle las cuitas al vigilante

 

para que te deje dormir en la garita

 

36

 

Desconfiar de cualquier clase de perrito faldero

 

37

 

De vez en cuando juntarse con la pestilencia

 

38

 

Sentir con los ojos cerrados el olor de los jazmines

 

39

 

Sentir con los ojos cerrados el olor de los ausentes

 

 

 

 

Reseña hecha por Jesús Suárez, @jssuarezf en Twitter

Esta reseña fue publicada originalmente en el blog: http://www.undiasea.blogspot.com/
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