Nelson Rivera

Cierta obstinación, cierta insistencia. Vuelve una y otra vez a la cuestión medular del costo humano que cada ciudadano ha de pagar por el hecho de vivir, de forma prolongada, en estado de guerra. Cuatro de las seis conferencias reunidas en Escribir en la oscuridad (Random House Mondadori, España, 2011) se refieren al vacío que, con el paso del tiempo, se abre y ensancha, entre cada sujeto y la violencia que lo rodea. “Este espacio nunca permanece vacío, sino que se llena rápidamente de apatía y de cinismo y, por encima de todo, de desesperanza. De una desesperanza que es el combustible que hace posible que situaciones desesperadas persistan durante años, incluso generaciones”.

Habla el novelista judío David Grossman (1954), prosista de brillo, hondura y agilidad, ahora mismo una de las figuras mundiales de la ficción (he leído tres de sus novelas y todas comparten la propiedad de hipnotizar al lector), intelectual que ha asumido una postura fuera del dilema guerrerista ante el conflicto entre israelíes y palestinos: la de rechazar que la elección de ambos pueblos sea o ser víctima o ser agresor, sin que hayan otras opciones, distintas a las del miedo incesante (esta lectura de Grossman me ha hecho recordar esa frase de Pascal que dice: Pocas cosas nos consuelan porque pocas cosas nos afligen).

Para quienes permanecen sumergidos en un conflicto durante un tiempo prolongado, el mundo se encoge, se estrecha. Los mecanismos personales de identificación con el dolor del mundo se inhiben. No escuchar, no pensar, evitar sentir, reducir la calidad y la cantidad del lenguaje, conformar la comprensión a clichés y frases hechas. Se convierte así al enemigo en un limitado y gastado listín de prejuicios y generalizaciones.

En otro plano, Grossman, un prodigioso maestro en el arte de crear personajes e historias, se interroga por la voluntad de comprender al ser humano, que es objetivo inalienable de su oficio. Su conclusión nos interroga: nos protegemos, nos defendemos de los enemigos, pero también del prójimo, “de la irradiación de su interioridad hacia nosotros”. También por ese abstenerse ante el otro, por ese retroceder, pagamos un alto precio: nos alejamos de la comprensión, de las maravillas que son la esencia de la gente que nos rodea.

En el Grossman pensador, en el individuo que, a pesar de haber perdido un hijo en la guerra, se afana en la construcción de un lugar en  el mundo que escape a la polaridad, hay algo ingenuo y conmovedor. Pero, a pesar de ello, su vinculo con la realidad no se resquebraja nunca: “tal vez la única libertad que un hombre puede tener frente a cualquier arbitrariedad: la de expresar lo trágico de su situación con sus propias palabras”.

 

@nelsonriverap en Twitter

Anuncios