Gustavo Valle, escritor venezolano autor de:

Materia de otro mundo, Editorial Estruendomudo (2003), Ciudad imaginaria, Monte Ávila Editores (2005), La paradoja de Itaca, Conac (2006), Bajo tierra, Editorial Norma (2009)

 

¿Cual es tu libro del día?

Marinero raso, de Francisco Goldman. Lo tenía en la biblioteca hace años y nunca me había animado a sus casi 500 páginas. Conocía a Goldman de nombre, como uno de lo mejores escritores norteamericanos vivos (en realidad es casi un Latino Writer, que vivió muchos años entre Boston y Guatemala) pero nunca lo había leído. Siempre escuché excelentes comentarios de su primera novela La larga noche de los pollos blancos, inhallable en estas latitudes. Pero lo que me animó finalmente a leer Marinero raso fue escuchar a su autor hace una semana atrás durante su visita a Buenos Aires. Me encontré con un tipo sencillo, de una profundidad amigable, cuya experiencia como reportero de guerra en Guatemala dejó en él una densidad vital que a veces los escritores de biblioteca pierden en sus sillas. Un tipo cavado por los golpes de la vida pero siempre animado a tomar todo eso y convertirlo en ficción. El libro en cuestión trata de un grupo de hondureños y nicaragüenses que viajan ilegalmente a Nueva York para ser contratados por una empresa naviera para la reparación y zarpado de un buque con destino a Costa Rica. Pero nada de lo planeado ocurre y los tripulantes se quedan varados en el puerto, dentro de una nave ruinosa, en condiciones deplorables. Lo han comparado con Melville y Conrad. Lo mejor: su prosa sinuosa, proliferante sin ser barroca, con amor al detalle, siempre muy pendiente de la construcción de un clima, de una atmósfera, la atmósfera de un buque que es una chatarra varada en el puerto, una especie de infierno flotante.

¿Algún placer culposo literario?

No sé si literario. Mis placeres culposos son más bien de periódicos y revistas. Aunque a decir verdad tampoco me avergüenzan. Por ejemplo, la lectura del horóscopo en todas sus versiones, la lectura de las noticias de la página de Yahoo, sobre todo las referidas a la farándula americana, argentina o española (la farándula venezolana sigue sin interesarme, por alguna razón no hemos podido generar chismes lo suficientemente entretenidos con nuestros propios espantapájaros) O la lectura de cierto amarillismo policial y político, que abunda en la web. En una época, viviendo en España, también leía con asiduidad las páginas de anuncios clasificados, sobre todo las ofertas de masajistas. Podía pasarme horas leyendo aquellos avisos en los que los cuerpos hablaban como si estuvieran en una feria de embutidos. Me maravillaba los usos del idioma aplicados a todo aquello. En algunos casos había allí auténtica poesía, literatura erótica en píldoras.

¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

Son muchos. Aunque no sé si marcaron un antes y un después. Creo que más bien marcaron un durante y un mientras tanto. Uno mientras tanto que suele durar años, quizás siglos. Igual tengo en el recuerdo libros que me impresionaron de muy joven, pero a los que no volvería ni a palos. El hombre mediocre, por ejemplo, fue uno de ellos. Siempre me impresionó aquello que decía José Ingenieros: “Solo hasta los veintisiete años existe la posibilidad de escribir una gran obra”. Después es tarde, decía, y daba un monto de ejemplos. Esta, entre otras, es una de las razones por la que no volvería a leer ese libro. O Herman Hesse, sobre todo Demian, con esa cosa metafísica y existencialista que nos enloquece en la adolescencia. Ah, y las Aventuras de Tintín, a las que sí he vuelto con renovada furia pues se lo leo todas las noches a mi hijo, a quien estoy adoctrinado con bastante éxito como futuro tintinólogo. Después hay libros a los que siempre vuelvo, como Las cartas a Lucilio de Séneca, mi Biblia personal. Lo consulto como si fuera el I Ching antes de tomar cualquier decisión. Pero creo que en definitiva los libros pasan y con los años uno los va, no sé si olvidando, pero sí transformando en la memoria en algo que no son exactamente ellos, algo que poco a poco se va sedimentando dentro de uno. Pound decía que un hombre culto era aquel que había olvidado el autor de las citas, pero no las citas. Es decir, las parafraseaba, las hacía suyas. Claro que esto puede confundirse con plagio. Pero eso es otra discusión y aquí no vinimos a hablar de eso.

Foto: Efrén Hernández Arias

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