Lenin Pérez Pérez

 

Ficción que no niega la realidad, eso es La máquina clásica (Alfaguara, 2011) de Roberto Echeto (Caracas, 1970) En las páginas de este libro, llenas de “pistolas y monstruos”, y rock en espray – completo yo-, Echeto, afina su mirada veinteveinte y nos cuenta en pantalla grande el tamaño de su asombro. Y para cautivarnos, inconforme con llevar el 3D hasta el papel -ese que un día será reciclado y usado para imprimir boletas de excarcelación- Roberto se toma la tarea de subtitular las escenas y dárnoslas en pequeñas dosis: cucharadas en las que caben dos o tres líneas, que lleva hasta nuestra boca con la mano tibia de quien recién soltó un cuchillo, y viaja lenta hasta el borde de nuestros labios partidos. El juego del avioncito teñido de rojo, esa es la imagen.

La máquina clásica funciona con la gasolina más económica del mundo, en el país en que mantenerse vivo resulta más costoso. Y su mayor virtud es quizás la de funcionar con la chispa de ese miedo con el que cada lector enfrenta sus relatos. Porque no es lo mismo recorrer sus líneas un domingo después de misa, que hacerlo al vilo de la medianoche de un viernes, a esa hora en que la mitad de la ciudad escapa y la otra mitad finge que duerme. La máquina clásica se lee con la impresión de que, tarde o temprano, dentro o fuera del libro, sin invitación, sin patas de cabra ni llaves maestras que pongan a dormir las puertas multilocks, mansamente, nos llegará la muerte. Como bala perdida o como pesadilla de quien sueña a nuestro lado.  La muerte como marcalibros, esa es la imagen.

La primera vez que leí La máquina clásica lo hice en el orden que autor y editor imaginan nos conviene a los lectores. La segunda vez, lo hice respetando el mapa que la primera lectura forjó -por su cuenta- en mí cabeza. Ya sabía dónde encontrar lo estrafalario de los personajes que un día reconocí en sus Cuentos líquidos (Joyas del patio, 1997); la ingenuidad de Sergio, el diseñador de cohetes que respira en Breviario galante (Fundaciòn para la cultura urbana, 2004); y la violencia  plástica, artística, que brota de No habrá final (Alfadil,2006). Pero La máquina clásica, no resume experiencias lectoras anteriores;  La máquina clásica  es más, y se comporta como un artefacto inútil frente al optimismo pues, aunque los malvados -la mayoría de las veces- reciben lo que merecen, el rumor de sus líneas queda vibrando como un eco que nos recuerda que vivimos tiempos en el que no caben los descuidos. Que no hay que confiar a ciegas en la valentía de los halterófilos y que no existe un frasco de agua oxigenada capaz de convertir en policía a un negro de afro. Nos trae a la memoria que la oportunidad hace al ladrón y que no es tierna una mujer embarazada que huela a pólvora. Que los niños no tienen nada que temer a los tigres interestelares, y que los escritores de ficción no están en la obligación de pagar el impuesto sobre la renta.

En La máquina clásica conviven dragones y amantes del teatro que saben que una escopeta también es cultura. Sibaritas en progreso que optan por el pulpo a la gallega para olvidarse del mundo, y policías  que cuidan más su expediente que su pistola. Insectos que viven en nichos labrados por balas perdidas, y proyectiles que, en lugar de paredes, se topan con gente de carne y hueso. Pero hay más. Nudistas que corren de noche por la ciudad con una miniteca viviendo es sus cabezas, y piratas, también hay piratas de los de verdad. Ladrones de carro con más educación y modales  que  un funcionario de la Cancillería, un estríper cataléptico, y acróbatas cuyo circo es la calle, y que nunca, nunca,  han leído ni leerán Crimen y castigo. Y por si todo esto fuera poco, por el mismo precio uno se lleva a la orilla de la playa un mago cuyo talento es incontinenti, un Ultramán con una sensibilidad que no conocíamos, inédita, y el broche de saber que la muerte silba a las puertas de las casas con un tono de ocho cilindros.

Vale mencionar que La máquina clásica es también un artefacto lleno de opciones, y que si por esas cosas que son incomprensibles para autores y editores -pero que hay que respetar en quien paga por un libro- si a algún lector no llegara a gustarle el título, tiene mil 17 sugerencias contenidas en sus páginas. Así es, cada vez que uno abre La máquina clásica, acude a su bautismo.

La máquina clásica es uno de esos libros que leen al lector y adivinan cuándo va a pestañar para morderlo. Es la violencia que nunca reseñó José Campos Suárez en Crónica Policial ni retrató la última página de ningún periódico, pues es un tipo de  violencia atmosférica, que duerme en ese bate que por si las moscas metimos en la  maleta del carro. Todos somos asesinos hasta que una oportunidad canalla demuestre lo contrario. No leer este libro por aquello de no convocar al diablo, es tan inocente como cerrar los ojos frente a una bala, creyendo que con este gesto desaparecerá, mágicamente, tras nuestros párpados.

@leninperezperez en Twitter

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