“Parece que ya nadie es feliz” piensa Gabriel Guerrero, el protagonista de Liubliana, la novela más reciente de Eduardo Sánchez Rugeles. Gabriel no es feliz, su esposa Elena tampoco lo es; mucho menos Carla la niña más hermosa del mundo, Mariana la idealista o los divinos.

“Los venezolanos nunca tuvimos una edad dorada. No hay ningún lugar a donde regresar”, pontifica el personaje Fedor en la novela. Sin embargo, Sánchez Rugeles regresa, una y otra vez, a las sendas imposibles del laberinto de una ciudad que ya no existe. Lo hace en clave de paraíso perdido. Santa Mónica es la Arcadia dialéctica, donde se fraguaron las añoranzas y futuras derrotas de Gabriel y su entorno.

A través de geografías superpuestas y del encuadre de tiempos, Sánchez Rugeles ofrece una historia brillante. De un lado y otro del Atlántico, sus personajes cobran vida a través de un lenguaje llano colmado de localismos. Lo mejor de su caligrafía, queda registrado en los encuentros furtivos de Carla y Gabriel: “Tú y yo fundamos el precedente de lo eterno”.

La experiencia sonora en la lectura de Liubliana es fundamental. “Todo está en las canciones” le dice Carla a Gabriel. Además de su magnífico soundtrack, la bitácora de la novela marca su ruta entre Sabina, Estopa y Calamaro. Hay una canción venezolana, Desesperanza, que ilumina uno de los momentos más logrados de la historia.

El enfoque del novelista venezolano es calculado, es un director de escena riguroso con sus actores y éstos le responden con lo mejor de sí. Va y vuelve en la historia a confrontar los mismos hechos desde la perspectiva de nuevas evidencias. La sincronización de las imágenes es cincelada con preciosismo.

Cabrujas escribió que Venezuela era un país sin la solemnidad que nace de lo trágico, y sin embargo, Sánchez Rugeles escribe desde nuestras tragedias personales y culturales. Maniqueos, cínicos e indiferentes, los personajes de Liubliana cruzan sus vidas y a cada uno le corresponde su círculo en el infierno. Tal vez las historias de Sánchez Rugeles gusten tanto, porque nos sentimos lúdicamente solidarios con los abatidos en su campo de batalla.

“En Ítaca no debe haber nada”, vuelve a rumiar Fedor. De regreso de la locura, Gabriel perseguirá su Ítaca en Liubliana, su “pasadizo oculto”, insistiendo en el desvarío original: encontrarse. Tocará también a cada uno encontrarse a sí mismo en la novela de este venezolano, quien ha hecho de la memoria colectiva su cantera literaria.

Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

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