Joaquín Ortega escribió el relato que cualquier quisiera escribir pero, que por una u otra razón, no lo hace: “Lo escuché llorar en mi boca: Tríptico de Caracas”,  ahí se describe a una sociedad cada vez más vulnerada por la violencia –la sangrienta y la psicológica-. Ahí el autor atajó historias que, en ocasiones, son reales. Se tratan de tres monólogos: la de una prostituta, Patricia; el de un asesino por encargo, Salvador; y la de la típica mujer inconforme y necesitada de cariño.

Este trío de piezas duelen. Son monólogos cortos en los que es inevitable no verse reflejado… y a veces hasta ahogado. La historia de la prostituta Patricia, “Lo escuché llorar en mi boca”, se basa en el amor de mujer; de la otra mujer: la amante. Ella está  en la cárcel por asesinar al hombre que complacía todos las noches. Su narración es una carta dirigida hacia la viuda de su “hombre”. La misma mujer que durante meses le ha estado enviando misivas que la culpan por haberla dejado sin marido.

Luego de explicarle cómo llegó a la prostitución y cómo sobrevive sexualmente en la cárcel Patricia le explica a la “esposa perfecta” cuánto amó a su marido. Pero también va más allá. Le confiesa que fue ella quien recibió los golpes que su marido nunca quiso propinarle a su impoluta esposa. Le pide que la deje en paz; que no la juzgue tan duro; que más bien se sienta feliz porque ella, la esposa, no recibió ni uno de los maltratos que el “esposo perfecto y el amante violento” le propinó a Patricia.

La segunda historia, “Bang”,  es la del sicario Salvador. Joaquín Ortega consiguió que yo sintiera lástima por este hombre; pero además que sintiera que, a veces, sus venganzas tenían sentido. Esta narración se mueve entre la delgada línea que separa la justificación crímenes sangrientos con la impunidad.

Salvador cuenta cómo comenzó a matar; cómo preparaba cada asesinato. En diversas oportunidades confiesa que ha matado a los malos, pero también mancho sus manos con la sangre de los buenos. Aquí lo impactante es la mente asquerosa y maquiavélica de las personas que solicitaban sus oficios. Una retrato, entre cruel y gracioso, del rostro de un asesino venezolano. Otro enfoque, sí, a la rutina nacional.

La tercera historia es la de la mujer que necesita un hombre a su lado, como dé lugar. “Venezuelan standoff” es una conversación interna que tiene una fémina mientras sale a cenar con una posible conquista. A veces pareciera que Joaquín Ortega se sumergiera en la mente de las mujeres. ¡Hay parlamentos que hasta yo he dicho! Y sí, hay líneas que se las he escuchado a muchas mujeres: ¿Será gay?; ¿Será mujeriego?; ¿Cuán inteligente es?;  ¿Será divorciado?; ¡Mejor que no lo sea!; ¿Te imaginas a la cuaima?; ¿Y si tiene hijos?; ¡Yo no voy a soportar cuidar a ese hijo!; ¿Tendrá dinero?; ¿Y si me casó con él?; ¿Cómo serán nuestros hijos?; ¿Me está mirando los senos?; ¡Miró a la otra tipa que se sentó a nuestro lado!  Preguntas más,  preguntas menos, que hacen que esa mujer no se percate de que el hombre con el que cena no tiene buenas intenciones.

Al terminar de leer el libro le agradecí a Joaquín Ortega: la historia de los tres personajes me movieron. Esas tres personas las veo todos los días. Algunos son más evidentes que otros. Pero son tres historias que resumen docenas de historias. Esos personajes existen en esta sociedad asquerosamente violenta que se construye hoy en Venezuela. Estas historias, que gotean realidad, duelen. ¿Se identifica con algunas de ellas? Lea el tríptico.

Reseña hecha por: Dubraska Falcón, @dubraskafalcon en Twitter

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