Nelson Rivera

Lo dice apenas uno cruza la primera línea: en los últimos treinta años la búsqueda de beneficio material se ha impuesto al resto de las posibles vocaciones hacia lo colectivo. Las ha desplazado a un segundo plano. El diagnóstico de Tony Judt avanza hacia una afirmación sorprendente: Occidente se ha sumido en una suerte de impotencia que le impide hablar del malestar que le agobia. “Nuestro problema no es qué hacer, sino cómo hablar de ello”. La imposibilidad ante el malestar de la sociedad habría alcanzado al terreno del discurso.

Las primeras secciones de Algo va mal (Editorial Taurus, Colombia, 2011) narran el desmontaje de las estructuras que mantenían el mundo bajo ciertas certidumbres. En los años setenta del siglo pasado se habría iniciado el paso que nos ha conducido a unas realidades de creciente desigualdad: ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más lejos de las oportunidades, las vías de la movilidad social cada más obstruidas. Con la pericia que ha sido característica en sus celebrados artículos, Judt repasa las dificultades de nuestro tiempo, con la mirada puesta en Europa y en Estados Unidos.

A las secuelas sociales y políticas de la desigualdad se suman las de calificación moral: tras la prédica de que las elecciones económicas son racionales, se sigue que quienes no escogen de forma adecuada son responsables de su error. Judt reitera lo que han señalado autores como Martha Nussbaum y Peter Singer: que la desigualdad distancia a unos de otros. “El impacto de las diferencias materiales tarda tiempo en hacerse visible, pero, con el tiempo, aumenta la competencia por el estatus y los bienes, las personas tienen un creciente sentido de superioridad (o de inferioridad) basado en sus posesiones, se consolidan los prejuicios hacia los que están más abajo en la escala social, la delincuencia aumenta y las desventajas sociales se hacen cada vez más marcadas”.

A las páginas que denuncian siguen las que proponen: algo en ellas mengua. Las respuestas de Judt consisten, la más de las veces, en invocar las lecciones de Keynes: un regreso a la fórmula de un Estado más fuerte podría constituir el camino para responder a las demandas sociales. Como voz culta de una cierta izquierda humanista, Judt no deja de advertir aquí y allá en su libro, del autoritarismo y la pulsión totalitaria que son inherentes a la idea de ‘más Estado’. Pero en todo ello, según me parece, hay algo que no sobrepasa el lugar de las buenas y, en cierto modo, vanas intenciones: la promesa de un Estado protector capaz de encontrar sus propios mecanismos de moderación. Lo que Judt no prevé, al menos aquí, es el relato del Estado que fagocita a las instituciones, deviene en poder único y hace inviable el anhelo democrático.

@nelsonriverap en Twitter

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