La premonición de la ausencia es el comienzo de la vida

“La muerte no es una batalla, es una masacre”

Elegía. Philip Roth

 

Hay una película que transcurre en el parabrisas de nuestros ojos. Recuerdos que se avivan cuando el sentimiento de abandono se adhiere a nuestro corazón como gotas de lluvia deslizándose en el ventanal empañado de nuestra memoria. Tristes imágenes que se van proyectando en nuestras mentes sin una contracción de felicidad que acompañe ese cortejo de soledades que ante el augurio de la muerte o la resignación de una atormentada vida, se disipan sus sombras con  la esperanza de una pronta amnesia. Es en ese momento cuando la oscuridad se convierte en un estado de alerta, el preludio de una luz distinta al faro de la supervivencia. Y nos convencemos de que nada es perenne, excepto la certeza de que todo concluye sin una explicación que consuele nuestros temores.

La premonición de la ausencia es el comienzo de la vida; despedirse, quizá, una estación destinada al desembarco del dolor por aquello que ya no está presente, por la tragedia de lo que no se es, nunca fue o se fingió ser; por el peso de una nostalgia aquejumbrada de anécdotas; de la muerte como conjuro de amarguras, relevos y derrotas. Un viaje fúnebre que se origina en la memoria, en los nichos del olvido, en ese cementerio del recuerdo donde las palabras son el reposo impotente de lo que no pudo pronunciarse en vida; del sentimiento anudado en la garganta convertido en lápidas de evocaciones morosas.

Elegía, del escritor estadounidense Philip Roth, nos relata ese paradójico milagro que simboliza la muerte, entendida no como osamenta de orfandad ante la pérdida de un ser querido, sino como expiación de toda experiencia sensible que da origen al verdadero estallido de los remordimientos: verse reflejado en el cadáver del otro como repaso en transición de nuestra propia existencia.

Ante el porvenir que es la muerte, y la reencarnación de todo tiempo pasado que es la vida, el protagonista anónimo de esta novela, un exitoso publicista con alma de pintor frustrado,  desde el recuerdo de los otros y las murmuraciones del luto, se convierte en el prófugo de su propia vida, la cual describe llena de proezas inservibles, éxitos infecundos, un estado de salud permanentemente endeble; amistades reencontradas en la ocasión de la desgracia; el papel corrugado de una paternidad herida, de relaciones conyugales signadas por la pasión infortuna, por la desdicha de la vejez como malestar monogámico y venidero. Vivencias corroídas por el moho del tiempo, como si todas ellas se flamearan en el ardor de una vela al filo de una brisa que amenaza su apagar insomne.

Elegía, en sí misma, es una biografía de la Muerte, un mausoleo erigido para honrar los actos humanos que, acertados o no, siempre llegan a su fin a pesar de sus aplausos o duras sentencias. El recorrido por cada una de las páginas de esta obra da la sensación de una pérdida que puede de-construirse en el desamparo secreto del tiempo presente, de los sinsabores que dejan los recuerdos vistos desde la perspectiva de quien considera la vejez como la peor de las enfermedades endémicas.

El clamor de las nostalgias, ese aferro al miedo y sus constantes signos de posesión y egoísmo, llegan a ensordecer a su protagonista, al punto de cuestionarse una y otra vez las consecuencias de sus actos, la honestidad o hipocresía de sus obras; la evocación de sus primeros encuentros con la muerte desde el asombro y conmoción de la infancia, y que durante el transcurrir de la historia dichas vivencias se van transformando en escenarios que desarrollan magistralmente el final de una vida, y el comienzo o tergiversación de otra librada en la psiquis de sus seres más allegados, e incluso, de los más fortuitos como la conversación que sostuvo nuestro protagonista con aquel sepulturero del cementerio judío quien le relataba con placidez los pormenores de un oficio que no admite postergaciones.

Elegía está construida con una prosa decorosamente irónica, bien ornamentada; frases que destacan por la hostilidad de su franqueza, por la carga de realidad que sólo encuentra alivio en la esperanza de la ficción, en ese voto inconsciente que todo lector busca cuando una obra excava en su ser, apalea sus sentidos;  provoca convulsiones en sus emociones; distorsiona los atajos, exorciza los arrepentimientos. Roth nos invita a naufragar, a exhalar el último aliento; a agudizar el poder de contemplación cuando la muerte y sus múltiples manifestaciones (la convalecencia, senectud, soledad, demencia, hastío, conformismo o monotonía) se ensañan en el placer audible de la incertidumbre y zozobra.

Reseña hecha por Atamaica Mago, @atamagog en Twitter

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