Cuando la subjetividad nos cobija en demasía suele abrumar hasta alejarnos de las letras, de la precisión de las ideas. Es lo que he experimentado con El libro de Esther.Esos amores de adolescencia que de vez en vez nos acompañan en el transcurrir de nuestra vida,  pocas veces han sido descritos de manera tan vívida y genuina, tan cálida como en este libro de Juan Carlos Méndez Guédez. Historia con personajes impecablemente construidos, psicológicamente sólidos, capaces de lograr en el lector una efectiva identificación. Su ritmo zigzagueante evoca al dinamismo audiovisual.

El título de la obra me hizo especular sobre su historia, pero no estuve siquiera próxima a acertar. Nunca supuse que Eleazar, con sus tantas fobias, desencuentros y desatinos, me hiciese su compañera y cómplice en la apasionada búsqueda de Esther, quien fuera su compañera de clases y centro de fantasías juveniles.

Luego de algunos años y producto de los giros de la vida, Eleazar se ve casado con Marylin, chica que se cruzó en su camino (con Pepsi Cola al ritmo de Thriller y minifalda blanca) y trastocó la unión romántica entre Eleazar y Esther.

Al principio no comprendía, ¿Porqué Eleazar se había casado luego de perderle la pista a su amada Esther? Pero luego de viajar, soñar, bailar y vivir la aventura tras su búsqueda, agradecí la existencia de Marilyn y celebré la decisión de Eleazar. Sin ella no hubiese sido posible disfrutar los carnavales de Tenerife, conocer a las nuevas amistades que haría Eleazar en su periplo y sobre todo conocer sus dotes detectivescas, todo el ímpetu de su juventud estallando ante su propia mirada. Dejando atrás su divorcio decide entregarse sin mezquindad a la búsqueda de su siempre amor, Esther, aquella que  dejó como único recuerdo un libro, Piedra de Mar.

Y cómo no acompañarle, cómo no deleitarse ante el amor que sentía Eleazar por Esther. Estos personajes fueron pincelados por la pluma apasionada de Juan Carlos Méndez Guédez, quien avivó la flama de la adolescencia y la intensidad del amor a través de un ritmo de escritura chispeante, manteniendo la plena atención de sus lectores en cada movimiento, en cada trago catado por Eleazar, o cada cubierto enfermizamente higienizado antes de usar; preparándonos para lo que sería un final incuestionable en su honestidad.

Pero antes de conversar sobre el final, debo expresar el profundo placer que me produjo retomar la obra de Francisco Massiani, Piedra de Mar. Fue una necesidad, de esas que no se pueden postergar. Fui tras este libro con la misma desmesura con que Eleazar fue tras Esther. Quizá fue una manera de conectarme con mi adolescencia y con lo significativo de este libro de Massiani en ese momento de mi vida, revivir la jovialidad de sus personajes hermosamente estructurados, diálogos sinceros, vestidos de realidad, y al leer El libro de Esther observar la inevitable cosificación del amor,  hacer tangible los sentimientos sea a través de piedras de mar o de libros,  objetos que sirvan de excusa para juguetear con el destino.

Toparse con citas literarias siempre es agradable, tener presente a Vargas Llosa en aquellos encuentros inventados por Eleazar, enriquecía la experiencia ofreciendo otra historia, con otro ritmo, otra intencionalidad, mostrándonos otro aspecto de la emocionalidad del protagonista,  distanciándonos oportunamente de la historia principal pero siempre alimentando la ansiedad por retomar su viaje vertiginoso.

¿Qué puedo decir sobre el final? De efecto inenarrable. Lo imaginé de mil maneras distintas al que fue. La pericia del escritor va arrojando vestigios de lo que pudiera ser entre pocas y confusas pistas, mientras el lector, ávido de emociones, vive la inmediatez de los personajes con cierto temor ante un inminente desenlace.

Regálense ese final, Esther y Eleazar lo merecen…

Reseña hecha por Yisbel Pérez Díaz,  @Entrediversos en Twitter

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