Nelson Rivera

Piglia permanece en Piglia. Se abre paso en la hendidura donde realidad y ficción libran su sorda batalla sin final. Entrevistado aquí y allá, Piglia había contado que tenía varios años urdiendo Blanco nocturno (Editorial Anagrama, España, 2010). Y he aquí que su más reciente novela regresa al pueblo de su infancia, al sur de la Provincia de Buenos Aires. A ese lugar llega un día un puertorriqueño a desatar el tejido de habladurías, la voluble mitología de los sitios cerrados, que invariable resulta de la aparición de extraños en pequeñas comunidades.

Una vista a la superficie de la novela nos sugiere que se trata del Piglia de siempre, más afinado, de mayor calaje: un Piglia (1940) más avezado, que no abandona sus modos y recursos habituales. Y, como en otros libros suyos, se produce un crimen. Las palabras no encajan con precisión en los hechos. Los hechos quedan fijados en la falibilidad congénita de los testigos, que ahora mismo es el tema de un enorme debate que ocupa a expertos penalistas de Estados Unidos y de Europa.

Al Piglia razonador, que introduce en sus novelas consideraciones de lo político-social (“La gente de campo vivía en dos realidades, con dos morales, en dos mundos, por un lado se vestían con ropa inglesa y andaban por el campo en la pick-up saludando a la peonada como si fueran señores feudales, y por otro lado se mezclaban en todos los chanchullos sucios y hacían negociados con los rematadores de ganado y con los exportadores de la Capital”); al Piglia especulador, que gusta invocar teóricos del pensamiento en sus narraciones (aquí, la lectura que un personaje hace de El hombre y sus símbolos, de Carl Jung, es uno de los interruptores de la acción); al Piglia artista e intelectual que se ha propuesto partir de la figuración de la novela policial para ir más allá, se suma aquí el Piglia maestro de artificios, que introduce en su novela a las mellizas Ada y Sofía, que comparten a un hombre y se comparten a sí mismas.

En las últimas páginas de Blanco nocturno, Piglia escribe la que podría leerse como una arte poética propia: “La investigación no tiene fin, no puede terminar. Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica. Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal no es ya un individuo aislado, sino una gavilla que tiene l poder absoluto. Nadie comprende lo que está pasado; las pistas y testimonios son contradictorios y mantienen las sospechas en el aire, como si cambiaran con cada interpretación. La víctima es el protagonista y el centro de la intriga; no ya el detective a sueldo o el asesino por contrato”.

@nelsonriverap en Twitter

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