Según Baudrillard, el oficio de la razón no consiste en incorporar un sentido a la realidad, dado que ya hay en ella exceso de sentidos y relaciones. Para triunfar, la estrategia de la verdad debe consistir en “romper el ciclo incesante de las apariencias”. 1Q84 juega en modo superlativo al demiurgo del simulacro y el delirio, lo cual conspira contra la ilusión del lector en algunos momentos de la novela. Se debe, entonces, renunciar a imponer un sentido propio al cielo de dos lunas que propone Murakami.

Tengo y Aomame, arquetipos dialécticos de lo anacoreta y lo sensual, se hallan magnetizados en una realidad alterna que los enfrenta con la peligrosa secta religiosa Vanguardia. Perdidos uno del otro, sólo tuvieron un encuentro fortuito en la niñez, deben encontrarse y amarse sublevándose a las causas de su ausencia. A su lado cuentan con aliados de clásico corte murakamiano. Fukaeri, lolita de inquietante inocencia, muestra a Tengo la perspectiva de su destino y es, a su vez, la partícula elemental de la trama. Tamaru, canon de la moralidad espartana, es la voz lúcida en la vida de Aomame.

Hay en 1Q84 algunos de los elementos lúdicos cuyo ADN es inconfundible. La música clásica y el jazz marcan la banda sonora de los eventos. El propio autor reconoce que la estructura de la novela se asemeja a una obra de Bach. Su intriga es taciturna y violenta a la vez. Tengo debe ir al pueblo de los gatos a encontrarse consigo mismo, y un fantasmagórico cobrador del canal público nipón NHK acosa a Aomame. Como huella indeleble de Murakami, los personajes viven epifanías a través de personas superpuestas.

Al colocar el libro a contraluz para oír el rumor de sus ríos profundos, se revela la ética universal que subyace a lo fantástico. Tengo y Aomame, deben combatir el despiadado nihilismo en el que viven y aprender que los valores del amor y el sacrificio, les darán plenitud como seres humanos.

1Q84 es el poderoso imaginario de Murakami, en mayúsculas. Está escrito para recordar que, frente a la abolición de la realidad, el encuentro auténtico con el Otro es lo que divide entre lo verdadero y lo falso. No son irónicas, entonces, las últimas palabras de quien encarna el poder de la destrucción en esta historia: “Y el amor, a mí también me amaron”.

Reseña hecha por @storytellerve09

storytellerve@yahoo.com

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