Nelson Rivera

Leí su primera edición en nuestra lengua el año 2008, publicado por Ediciones Escalera  (aprovecho: es el sello que ha puesto en circulación una colección de relatos de la narradora venezolana Silda Codorliani). Con una traducción más fluida, Cenando con Mugabe. La historia de un libertador que se convirtió en tirano, ha comenzado a circular en Venezuela a causa de los acertados oficios de Ediciones Puntocero (Caracas, 2011).

Si nos permitimos la licencia de considerar la literatura dedicada a los tiranos como una especie de subgénero histórico y biográfico (donde hay textos magistrales como el de Simon Sebag Montefiore dedicado a Stalin, La corte del zar rojo, o como la biografía que Joachim Fest escribió sobre Hitler), el de Heidi Holland es un libro peculiar por dos razones: que la autora, periodista nacida en Sudáfrica simpatizó durante algún tiempo con la causa de Mugabe; lo otro es que ella no ha esperado por la muerte del tirano para elaborar su Mugabe, sino que lo ha hecho bajo las sombras opresivas del régimen todavía activo (no lo olvidemos: el monstruo gobierna y empobrece a Zimbabue desde 1980, país que alcanzó una tasa de inflación que pertenece a la dimensión de lo fantástico: 14.000.000%).

Puede decirse así: se trata de una aproximación paulatina a la psique del Robert Mugabe (1924). El producto de sucesivas entrevistas y conversaciones con personas que le han conocido de distintos modos y en diversos momentos de su vida, construye el marco para el hecho estelar del relato periodístico, que es el encuentro de la reportera con el tirano. Aunque el texto no desdeña la reconstrucción de los hechos que llevaron a Mugabe al poder, la mirada de Holland tiene otro interés: el intento de atravesar más allá de las estrategias que enmascaran su personalidad.

“Terrorífico: el emocionalmente subdesarrollado Mugabe tenía el poder de un hombre adulto con una vasta y violenta fuerza a su disposición. ‘Haré lo que yo quiera y nadie me va a detener’ se convirtió en su actitud’. No mucho después se hizo patente por qué nadie lo paraba. Sin la contención de ninguna de las fuerzas paternales de su vida –el gobierno británico, la comunidad de naciones africanas o la Iglesia Católica-, un petulante Robert Mugabe empezó a proceder como un enajenado”.

Datos como el desarrollo de la personalidad narcisista. O la división interior que lo conduce a una percepción según la cual todas sus acciones constituyen el bien, y las del resto de los mortales el mal. O el levantamiento de una red de imposibilidades cuyo objetivo es evitar que lo interroguen o lo confronten: estos y otros son datos para una posible psicopatología del tirano, tema de palpitante relevancia, no sólo en Zimbabue, sino muy especialmente aquí y ahora.

@nelsonriverap en Twitter

 

 

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