Me habría gustado un happening.

 Me habría gustado formar parte del mágico grupo de Luis, Mel, Claire, Vadier, Titina, la negra Nairobi, el gordo José Miguel y el anormal de Floyd, e ir por el camino organizando happenings, sin limitaciones de espacio ni de tiempo. Me habría encantado declinar el tradicional viaje a Chichiriviche en semana santa, para irme a recorrer Venezuela, siguiendo el rastro de mi abuelo francés, a bordo de un aniquilado Fiorino blanco. Habría vendido mi reino entero, por reencontrar mi naturaleza y descubrir mi cuerpo, entre el gusto musical bohemio y las disertaciones filosóficas del muchacho nuevo del salón.

Pero, sin duda alguna, habría prescindido con facilidad de una madre loca y un padre incendiario, de un país convulsionado por la polarización política y la mediocridad de la autocracia, de un amor suicida y, de una vida plena de insatisfacción y atestada de un aire melancólico que parece no sobreponerse frente al paso inefable del tiempo.

El viaje oscuro e intenso que inicia Eugenia Blanc junto a Luis Tevez, me suena familiar, pues no es sino la travesía obligatoria de cualquier adolescente frente a asuntos cotidianos como la sexualidad, la crisis política y económica nacional, y el recurrente deseo de encajar, mientras se está con quien y donde no se debe.

Eduardo Sánchez Rugeles nos lleva a recorrer, en un Fiorino blanco, esos caminos tan conocidos, con un lenguaje fresco y juvenil, con frases contundentes y perturbadoras, y con referencias musicales tan imponentes que permiten elaborar un soundtrack mental de la obra, visualizándola como la película que quisiéramos ver en la pantalla grande.

Mientras escucho Visions of Johanna, intento lidiar con la amarga sensación, la aterradora sensación de quedar marcada por una tristeza que ni el transcurso del tiempo ni la estadía en una tierra extranjera me ayudan a superar. Seleccionar en mi playlist Peter Pan, me hace recordar la enorme diferencia entre hacer el amor y encontrarme sexualmente con un compañero de alcoba más.

Y es que ese es precisamente el maravilloso don que Eduardo Sánchez Rugeles despliega en Blue Label/Etiqueta Azul. A través de páginas bien logradas y haciendo uso de una genial capacidad de observación, diseña escenarios plenos en detalles, en donde el lector a ratos asume la confundida piel de Eugenia, y en otros tantos, se mezcla con la perturbada naturaleza de Luis.

Me habría gustado articular mi propio happening. Uno en donde Eugenia y Luis finalmente se encuentren felices y en paz. Sin embargo, esa es la esencia de Blue Label/Etiqueta Azul. Tal cual, como la vida misma, no siempre está llena de finales felices, pero si de experiencias únicas en las que se concentra la felicidad, y por las cuales vale la pena arriesgarse a sentir.

Reseña hecha por: Dai Ayestarán @daiayestaran en Twitter

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