Nelson Rivera

 Un privilegio del lector: sentir la revelación, cada tanto, de un autor propio. No hablo aquí de los tantos libros magníficos que uno lee y que permanecen, de algún modo, en la propia psique. Hablo de una sensación más plena, de la experiencia por la que pasas de testigo a admirador con argumentos. Que te conecta más allá de un libro específico, con la corriente subterránea y el horizonte de su voz literaria, es decir, con la promesa de sus próximas obras. He escrito ‘autor propio’, porque eso es justo lo que pasa: ese egoísmo jubiloso que cada quien lleva consigo, se despierta, se agita y se apropia de ciertos autores, sin que haya certidumbre de que la conexión con el próximo libro será tan intensa como ahora.

Hay algo paradójico en la noticia que representa Las guerras íntimas (Edición de Relectura y Lugar Común Cooperativa Editorial, Caracas, 2011): que, al contrario de quienes predican o claman a favor de una literatura de innovaciones o experimentos, las diez historias aquí reunidas se inscriben en el formado del relato clásico. La novedad, lo que aquí cautiva, es la precisión expositiva, la dosificación de hechos y emociones, la eficaz funcionalidad de lo que se cuenta: Martínez Bachrich es un escritor que concibe relatos que se proyectan hacia su perfección narrativa.

Estudio de la perplejidad, Las guerras íntimas nos conduce, no a lugares de lo excepcional, sino a ese punto donde la cotidianidad queda expuesta a lo disruptivo. Todo parece estar ocurriendo según la costumbre, hasta que, partiendo de lo inesperado, los hechos dislocan la rutina o lo previsto. A veces lo sorpresivo tiene la forma de la muerte. En otros casos, la acción de personajes malévolos, no sólo provoca sorpresa dentro de la historia, sino también afuera: la candidez del lector queda expuesta bajo el giro desconcertante que dan los hechos.

Dos virtudes: su moderato, es decir, el tiempo que se toma para disponer cada situación, y, lo que me parece realmente notable, su habilidad destacada para narrar hechos realmente exigentes (hay un relato, ‘Aguas perdidas, aguas encontradas’, donde el narrador se lanza a un mar revuelto; en dos páginas memorables cuenta su lucha con las aguas; logra que el lector padezca cada segundo de ese tiempo sin final, la pesadilla que es sentir la indefensión humana frente a la omnipotencia del mar embravecido).

Roberto Martínez Bachrich (1977) no es uno que podría calificarse de escritor novísimo: además de un libro de poesía (Las noches de cobalto, 2002), ha publicado previamente dos colecciones de relatos: Desencuentros (1998) y Vulgar (2000). Pero de aquí en adelante, al menos para mí, su voz adquiere la forma de la expectación: ahora mismo me pregunto cuándo podré leer su próximo libro.

@nelsonriverap en Twitter

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