¿Hacia dónde ve Joaquín Ortega?  De cara al río

Joaquín se asoma a la ventana desde El Ávila, mira hacia la ciudad, escudriñándola “De cara al río”. La camina, la vive, la padece y vierte en ella su humor del día, dibujándola desde el color de su propio cristal.

Azules, dorados, brillantes o tenues, esos colores visten los textos  que retratan sus lugares, sus momentos, instantáneas del poeta-transeúnte, quien con ojos ávidos  transcribe y entrega en estos versos decantadas imágenes de una mirada particular en la cual conjuga fina ironía y delicada sonoridad para nombrar entre sus espacios públicos la intimidad del  desamor, las despedidas, la soledad y también al gozo de estar vivo, del tacto de otro cuerpo, de poder deambular en la ciudad y ser de ella, con ella; palpar sus habitantes y sus dominios para  ofrecerlos en una invitación a entender con él esta metrópolis que ama y con quién ajusta cuentas en sus poemas, donde “sin esmeril flamante prende una tarde de frutas”.

Después de leer sus versos, “todo café tendrá un sabor distinto”.

Reseña hecha por: Linsabel Noguera @ranaencantada en Twitter

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Palabras de presentacion

 Primero “Lo vio llorar en su boca” y luego se lanzó “De cara al río”. Hablar de poesía no es sencillo, puesto que  siempre está la incertidumbre de por dónde empezar. Es un tema del cual se ha dicho demasiado y que paradójicamente siempre deja tela por cortar. Rememoro así dos títulos de Joaquín, del “Bróder”, como afectuosamente le llamamos los amigos: el primero desde su narrativa y el segundo, el cual nos congrega esta noche, desde la poesía.

“Petare”, que en cierto lenguaje aborigen que no recuerdo quiere decir “De cara al río”, es un poemario que se pasea por la ciudad que todos conocemos. Así que uno de sus tantos hijos oriundos de esta popular parroquia o municipio, se atrevió a hacerle loas desde el sublime lenguaje poético, que en ocasiones te arranca una sonrisa y en otras tantas, te hace sucumbir ante una sentida añoranza.

La ciudad aquí es epicentro, y desde su feminidad, la voz poética va recorriendo esos lugares por donde seguramente más de uno tiene algún recuerdo, ha pasado por ahí, se ha tomado un café o sencillamente sabe de su existencia. Así que este abanico de imágenes, sin ínfulas de grandilocuentes  pretensiones, nace de una acera, del ladrido de un perro, de un puente, del siempre prestigioso CCCT, desde la pretenciosa Prados del Este, desde una plaza, y por qué no decirlo, desde el asqueroso pero siempre venerado río Guaire que atraviesa a Caracas como una vena yugular hinchada de colesterol y otras yerbas más escatológicas. Así que aquel falso proyecto de saneamiento, resulta desde nuestra propia idiosincrasia, casi una ofensa.

Este amplio espectro que va desde Petare hasta Antímano, con su respectivo este-oeste, pasando por el norte encumbrado en Galipán y rayando el sur que le corresponde a Macaracuay, Chula Vista y otros lugares más, no deja de tener la chispa que siempre da el humor de Joaquín, un tanto más delicado a lo que habitualmente nos tiene acostumbrado, pero que está allí como sutil herramienta.  Así que los cuatro puntos cardinales de nuestra capital quedan cubiertos con esta poética sencilla pero siempre inteligente. No obstante, en “De cara al río”, nos topamos más bien con una evidente y clara melancolía que desahoga pero que paradójicamente oprime en algunos versos. Ya desde la portada, más allá del concepto de la línea editorial, y de lo estético que siempre logra ser el blanco y negro, notamos la desgarradura que en parte ha sufrido la ciudad. Por solo nombrar un práctico y gráfico ejemplo: la bola de Pepsi y la taza de Nescafé ya no existen.

Aquí lo femenino está presente de principio a fin, más allá del concepto de “ciudad” como objeto, como cosa palpable, lo cual ya es bastante decir; está por lo que ya mencioné antes desde la perspectiva de la melancolía, de esa abstracción que todos sabemos qué es, que sabemos lo que genera en nuestro yo interno y que nadie sabe cómo librarse de la misma. Ésta llega a su punto cumbre cuando el poeta rinde un sabio homenaje que se explica por sí mismo: A la Caracas que amó Montejo/ le están sobrando atardeceres… Y por aquí pudiera irme con unos cuantos poemas más, que sólo mencionaré para sembrarles la curiosidad: “Los jardines”, “Can Havilah”, “Civitas Dei”, “Tere la Santa”, “Plaza de Chacao”, entre otros.

Como bien dijo Octavio Paz: “La poesía no exige ningún talento especial sino una suerte de intrepidez espiritual, un desprendimiento que es también una des-envoltura.”  Queda claro entonces, que Joaquín se la jugó desde dicha intrepidez, asumió el riesgo y salió ileso. Su desenvoltura, esa que menciona Paz, está en la palabra, y cobra mayor mérito cuando la fuente, el núcleo que dio vida a este poemario, es algo tan abstracto e inmenso como una ciudad. El desprendimiento está allí como oficio, el poeta expone sus versos y los lectores se hacen cómplices de cara a las imágenes, de cara a la sonoridad, y por supuesto, de cara al río.

Palabras de presentacion de: Jason Maldonado @libreriasonica en Twitter

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