Descubrí a Mario Conde en unas viejas y austeras (por decir lo menos) ediciones cubanas, que llegaron a mi casa en algún préstamo azaroso entre mi padre y sus amigos. Pasado perfecto es el primer título de lo que, se suponía, debía ser una tetralogía titulada “Las cuatro estaciones”. Siguen Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño. Un papel casi transparente y textos apretados hasta agotar la vista me presentaron a este policía, aficionado al ron y fumador empedernido, a quien se le asignaban los casos más complejos de toda La Habana y, quizás, de toda Cuba. Una investigación, un crimen por resolver. Clásica apertura en la cual Leonardo Padura Fuentes nos hace trampa y nos lleva por derroteros más hondos y más sensibles.

Estas cuatro novelas se desarrollan en 1989, específicamente, en esa Cuba que queda de la fractura soviética. Un país huérfano de padre que intenta reinventarse desde la carencia. Mario Conde, como hijo de la Revolución, no conoce otro mundo que ese que lo lleva a reencontrarse con el primer amor llamado Tamara (Pasado perfecto), el mismo que comparte con su amigo Carlos “El flaco”, héroe (¿víctima?) en una guerra ajena y que hace mucho que no es flaco. Un mundo en el que convergen otros amigos, como Candito “El rojo” o Andrés, que encuentran en su incondicionalidad casi adolescente, las fuerzas para seguir luchando una vida que no escogieron, pero que vale la pena vivir al abrigo de los recuerdos de juventud y de las opíparas comidas que, como un dejo irónico, prepara Josefina, la madre de Carlos. Metáfora del hogar y del amor que no pregunta, solo entrega.

Paisaje de otoño supuso un cambio de lectura. Ahora tenía en mis manos un libro publicado por Tusquets Editores, de interlineado preciso y punto exacto de lectura. Una contradicción cargada de sarcasmo. Esta novela, que se suponía la última, presenta esa “otra” Cuba, de la que no se habla en voz alta y que se encuentra a un número impreciso de millas, dependiendo del transporte. Padura Fuentes cuenta. Mario Conde cuenta y piensa en voz alta lo que cualquier ciudadano (o quizás solo habitante) vive al viajar apretado en una guagua. Lo que puede sentir un hombre bueno, harto de caminar su soledad, sus amores fallidos, sus sueños de escritor, entre infinitas dosis de duralgina y pomada china. Un hombre que se cansa de ser lo que no quiere ser y cuelga los guantes para permitirse intentar un destino más parecido al deseo.

Ya sabía de la existencia de dos novelas posteriores. Adiós, Hemingway y La neblina del ayer. La última me esperó durante casi un año en el estante. No quería romper el orden de lectura (cada quien con sus obsesiones) y en Caracas me fue imposible conseguir el título previo, ni siquiera en calidad de préstamo. Un viaje a Barcelona, España y una librería repleta. Compro el libro y leo en la etiqueta: Narrativa policiaca. No hay error alguno. A lo mejor sólo el mío, como lectora para quien los crímenes sólo fueron el umbral que permitieron caminar La Habana, una ciudad cargada de demasiadas utopías y aún más realidades que sólo puedo presumir desde afuera. En La neblina del ayer ya el Conde no es policía. Se dedica al delicado negocio de comprar y vender libros de segunda mano. Han pasado catorce años desde su último caso y todavía es difícil conseguir un buen trozo de carne, pero en esas lides de librero se mueve bien la plata y la opulencia se presenta no como arrogancia, sino como tributo a la amistad, a las ganas de festejar el afecto que hace posible lo cotidiano. Un caso, un bolero, la vieja Habana de los cabarets, un pasado de memorias contradictorias que oscila entre lo políticamente correcto y la banda sonora de un país. Era la despedida. Una despedida que lloré, sin ron, pero con cigarros y boleros. Y es que el duelo hay que vivirlo, desearles buen destino a los personajes, recrear sus futuros… Pero hace pocos meses, un tuit y una foto desde la FIL Guadalajara, me presentaron una nueva novela: La cola de la serpiente.

Esta historia, que comenzó como un cuento, se convirtió en novela corta a solicitud de los editores, según comenta el mismo Leonardo Padura. Aquí encontramos a un Conde que recuerda un viejo caso, en el Barrio Chino de La Habana. Una suerte de gueto que exhibe la miseria y esconde los arraigos de estos inmigrantes que salieron de China huyéndole al hambre y encontraron un destino hambriento. Con una buena dosis de humor y el andar caribeño que expresa la desmedida incomprensión que de esta cultura milenaria tenemos todos aquellos que nos denominamos “occidentales”, la novela nos ofrece el inmenso regalo de saludar a viejos afectos. Personajes que acumulan años y recuerdos, pero que a su vez permanecen suspendidos hasta la ingenuidad en esa suerte de abducción que supone vivir, siempre, en la misma frontera.

Las novelas han ido apareciendo, poco a poco, en algunas librerías. Solo me resta invitarlos a conocer (y construir) estas historias. Aquí sólo expongo mi mirada. Pero como bien dice Juan Chion: “los chinos no son holmiguitas, Conde”. Y los lectores, tampoco.

Reseña hecha por: Sashenka García @sashenka76 en Twitter

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