La enormidad  de  2666 (2004), su “insensata aspiración de totalidad”, como señala Ignacio Echeverría (2004: 1122), el hecho de ser una novela póstuma que, además, como buena parte de la obra de Roberto Bolaño, apunta a una fuga que el mismo crítico español ha llamado una “estética de la inconclusión” (2007a: 8),  ha generado asombro, desconcierto, exégesis que se desintegran ante los enigmas que la misma novela plantea. ¿Quién o quiénes son responsables de los asesinatos? Es posible que se trate de violencia pura que quizás se inició con un crimen pasional o una violación o un ajuste de cuentas o las consecuencias, los restos, más bien, de snuff movies, o un accidente. ¿Cuál es el resultado en un espacio en el que el narcotráfico y la corrupción y por tanto la impunidad se extienden por el desierto? Un osario, como lo sugiere la misma portada del libro o como la voz de Auxilio Lacouture indica en Amuleto: “(…) la Guerrero, a esa hora, se parece a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo” (1999: 76-77).

Se puede decir entonces que 2666 es una fecha que indica un futuro terrible. Por fin, el Apocalipsis. Pero no el divino, sino otro, uno que lo sustituye, el construido por el hombre, el segundo, y eso es lo que puede significar el número 2 que se antepone al 666. De modo que los huesos en la vastedad de Sonora señalan un solo culpable: el hombre. Son humanos (no extraterrestres) quienes violan o asaltan o engañan a mujeres en Santa Teresa (o Ciudad Juárez), son humanos los que aprovechan el desconcierto y la incompetencia que quieren imponer un poco de razón en tal exabrupto y convierten a Klaus Haas en el serial killer  más prolífico de la historia –son más de doscientas las mujeres muertas, “tal vez doscientas cincuenta o trecientas” (p. 182), leemos en 2666– y, así, dar una respuesta, y ocultar el horror.

El centro físico de 2666 es, sin dudas, Santa Teresa, el centro oculto es la cifra (Echeverría, 2004a), el Apocalipsis que señala de forma oblicua (o no tanto). Si nos atenemos a las múltiples anotaciones que dejó Bolaño, quien narra 2666 es Arturo Belano, pero ninguna de estas construcciones que pretendemos convertir en certezas tranquiliza. Tal y como sucede cuando nos paseamos por la exposición fotográfica de Carlos Wieder saltamos de un infierno vacío a una epifanía de la locura y el espanto es la reacción natural, un espanto como el descrito en uno de los segmentos de la novela: «La parte de los críticos». En pleno trío amoroso con Espinoza y Pelletier, Liz Norton recibe a un hombre en su casa. Ella no sabe que sus amigos, convertidos ahora en sus amantes, han resuelto visitarla, darle una sorpresa para que, acaso, ella se decida. Cuando ambos llegan a Londres y van al apartamento de Liz, al bajar del taxi ven una sombra masculina que realiza movimientos de hulla-hop, “movimientos que denotaban no sólo sarcasmo sino también maldad, seguridad y maldad” (p. 91) y ante los que la mujer parece indefensa, desconcertada, sometida. Entonces, “la sombra de Norton se acercó a la ventana, pareció empequeñecer, y luego hizo a un lado las cortinas y abrió la ventana, con los ojos cerrados, como si necesitara respirar el aire de Londres, y luego abrió los ojos y miró hacia abajo, hacia el abismo, y los vio” (p. 91).

Se trata de eso, de “mirar algo que uno muchas veces no quiere ni ver” como ha dicho Bolaño a Dunia Gras (2000: 59) y como lo afirma a través, de nuevo, de la voz de Auxilio Lacouture: “Yo creo… que la vida está cargada de cosas enigmáticas, pequeños acontecimientos que sólo están esperando el contacto epidérmico, nuestra mirada, para desencadenarse en una serie de hechos causales que luego, vistos a través del tiempo, no pueden sino producirnos asombro o espanto” (1999: 28).

Santa Teresa, ciudad sitiada, es el punto en el que confluyen por lo menos dos miedos: el miedo a la locura, y el miedo a lo desconocido, que es el miedo a una nueva peste, como ya ha escrito Héctor Abad Faciolince en Fragmentos de amor furtivo (1998), una peste de plomo.

Reseña hecha por: Luis Felipe Castillo

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