Marialcira Matute

 Los libros son puerta abierta al misterio de la seducción. Seduce quien escribe bien, seduce quien lee y logra contagiar a otros de palabras para que se interesen en leer y escribir.

Por las razones más diversas, un libro se destaca entre otros y se pega a nuestra cotidianidad y ahí se queda mientras lo deseamos, lo buscamos, lo encontramos, lo leemos y lo recordamos con odio si es malo o nos desilusionó, o con afecto, si satisfizo nuestro gusto.

Los lectores contamos a otros parte de lo que esos libros nos producen. Y buena parte la guardamos en secreto para no contarla nunca, para que un extraño lazo íntimo se forme entre nosotros y ese ser ajeno a nosotros y ajeno al escritor que está allí entre las páginas del libro y hace posible lo que se convierte en palabras para hacerse nuestro.

Cuento parte, sólo parte del secreto que guardo con Murakami, con sus historias tan japonesas y tan de cualquier parte donde existan hombres y mujeres que vivan, amen, odien, sueñen dormidos o despiertos. De sus justicieros cotidianos, simples, posibles. De sus malvados verosímiles. De su gente común. De sus personajes exponiendo sus felicidades y sus miserias. Historias que, como en la vida se tejen y destejen en destinos comunes o divergentes, como la vida. Seres humanos en los que de alguna manera nos vemos retratados.

Leo a Murakami con sus hilados precisos y poco predecibles. Con su capacidad de escribir miles de páginas que nos hacen pedir más y más palabras.

Misterio inexplicable, secreto en el que estamos unidos miles de lectores, miles de vidas diferentes que comparten esta extraña adicción por las palabras escritas y dichas de Murakami y de los buenos autores que son esta vida de libros que corre paralela a la vida de carne y de sangre.

Múltiples e inexplicables trayectos nos llevan al encuentro de escritores que aparecen mientras navegamos en la corriente que recorre los anaqueles y nos hace toparnos con historias interminables como las de Ende, amores y terrores como los de Briceño Guerrero, sensualidad y política en sabroso contubernio poético con Gustavo Pereira, torrente de letras inagotable de Britto García, sabiduría y nostalgia de Beauvoir, suspenso de Piglia, cavernas del alma de Auster, felicidad y abismos de Barbery, tolerancia y ternura de Marie Sabine Roger, ingenio y guiños cómplices de Twain. Palabras, autores. Vidas, muertes. Odio, indiferencia.

Por eso me gusta Murakami y me gustan los miles de autores que leí, que leo y leeré.

Pero quizás es inútil explicarlo. Porque leer es leer y por más que se escriba sobre ello, no se puede explicar por qué se lee.

A fin de cuentas, se lee porque nos da la gana, como queremos, y que nadie nos pida explicación.

Leo poniendo en práctica todos los pecados capitales y mortales, sin culpa y sin miedo. Voy al cielo, al infierno, paso por el limbo, soy creyente y soy atea al leer.

Leer, leer siempre y de todo. Sin explicación.

Marialcira Matute es: @MarialciraMatuT en Twitter

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