Qué impertinente manera de volver

Martha Durán

Monte Ávila Editores Latinoamericana

Colección Las Formas del Fuego (2008)

 

Valmore Muñoz Arteaga

 

Del trabajo artesanal
Antonio Lobo Antunes manifestó en alguna oportunidad que se dedicó a escribir novelas puesto que no sabía cómo abordar la poesía. Esto me resulta curioso, ya que sus novelas son largos y laberínticos poemas. Nunca he visto en su prosa más que poesía y poesía de alta factura. Lobo Antunes es, más que un narrador, más que un poeta, un artesano, un orfebre exquisito y meticuloso. Un hombre que comprendió, antes de comprenderlo, que la palabra era un abismo de posibilidades en el cual las cosas adquieren un poder insospechado para vivirnos a través del asombro. La palabra, entonces, es tejida con utensilios de sombra y memoria, con la finalidad de acceder al corazón de las cosas. ¿A qué accedemos cuando accedemos al corazón de las cosas? Accedemos a ciertas pequeñeces en las que aletean, opacivamente, la libertad plena del tiempo y el espacio. Eso me quedó claro cuando leí los cuentos que conforman el libro Qué impertinente manera de volver, de la escritora Martha Durán.
Martha Durán, al igual que Lobo Antunes, es una artesana de las palabras. De tal manera que, cuando escribí que era una escritora, lo hice por cumplir con el requisito absurdo que implica señalar a quien escribe como escritor. Martha es una escritora puesto que escribe, pero más que escritora es, a mi juicio, una artesana, como Lobo Antunes. ¿Qué hay detrás de este libro de Martha Durán? Me sirvo, otra vez, de Lobo Antunes para responderme: Hay una maquinaria invisible detrás de cada página, una maquinaria que el lector no ve, y no debe verla, porque si la ve, el libro ya no es bueno. Y esa maquinaria sólo funciona gracias a una cosa: trabajo. El trabajo es el que te permite hacer creíble el relato, vertebrarlo, enlazar sus elementos, organizar la obra, porque si sólo hablamos de emociones en estado bruto, ¡vaya caos! ¿El duende? Bah, sólo creo en el trabajo. Allí radica el asunto. El trabajo que se respira en cada línea de los cuentos de Martha nos muestra a una artesana que puede ver y hacer ver que las cosas no sean sólo materia fría sin cualidades. Un trabajo literario que se hila desde esa extraña sensación de perder constantemente algo. Escritura de la emergencia por vivir desde la palabra que apenas se percibe irrumpe en el miedo de poder olvidarla.
En los cuentos de Martha Durán hay un todavía no, como apunta Piglia cuando afirma que existe la posibilidad de una obra cuya vía de expresión sea una encrucijada entre pensamiento y literatura, como en una obra filosófica, pero a condición de que todavía no estén pensados. Ese todavía no requiere trabajar desde la conciencia de que se trabaja con la imposibilidad de ser siempre el mismo, y de ser siempre otro mientras todo se evapora. Escribir desde la conciencia inconsciente de perderse a sí misma mientras se entrega a la palabra que intenta soñar cuando el sueño ha terminado. Martha Durán parece escribir a partir de un estado hormigueante de permanente cuestionamiento. Cuestionamiento que aterra, pero que ovilla desapariciones para vencer la consternación ante el hecho de escribir. En el trabajo artesanal de Martha pueden enumerarse, secretamente, los silencios que nos habitan, y desde esa voz se emprende el zurcido de tantas amarguras y desengaños que ahuecan la percepción del mundo. Cuentos que husmean entre recuerdos como quien se detiene a escuchar caer la lluvia y se distrae intentando darle nombres a lo que se revela en la propia raíz del asombro. Historias que parecen trabajadas con los mismos pasos con los cuales se entra a la noche más oscura, en ese espacio espeso donde la sangre advierte que siempre es temprano para saber que existimos.
Cuerpo doliente
He salido a la calle sin piel que me cubra, nos cuenta Martha, a la vista de todos y sin embargo oculta en mi desnudez, una brutal manera de desaparecer. Escribir para desaparecer, desaparecer al cuerpo que busca desesperadamente disminuir la fiebre de sentir, de romper un nexo oculto entre lo que se es y lo que se va siendo. Desaparecer es, como diría Pessoa, el arte que alivia de la Vida sin aliviar de vivir, que es tan monótono como la misma Vida, pero sólo en un sitio diferente. Hacernos invisibles entre el aire que va estriándose sobre un desierto apenas percibido por una luna inquieta y temblorosa. Salir a la calle desnuda sólo sintiéndonos examinados por las arrugas humeantes de la noche: Desde los peldaños podíamos desfigurar o transformar lo que alcanzáramos a ver, torciendo a nuestro antojo, creyendo realmente que todo cambiaba apenas señaláramos con el dedo y pronunciáramos las palabras necesarias. ¿Cuáles son las palabras necesarias? Intuyo que aquellas que, de alguna manera, muestran los confines del propio cuerpo en el otro cuerpo donde, en azar inconstante, nos vaciamos y nos llenamos siempre de las mismas cosas siempre.
El cuerpo desde el cual nos cuenta Martha, es cuerpo doliente, cuerpo enfermo, cuerpo que trata, cuerpo a cuerpo, con la muerte. Cuerpo tallado por un oscuro remordimiento. Cuerpo que reniega del triunfo que otros obtuvieron. Cuerpo que no calla su esquizofrenia de sencillez clara. Cuerpo que comienza a sudar, a derretirse como plástico, a evaporarse entre los rayos ocres del aire. Cuerpo que transgrede, y se transgrede, al borrarse los rostros que lo nombran, que lo definen, que lo limitan a una geometría de impertinencias que siempre vuelven calladas, soterradas, ocultas en otros rostros que buscan desaparecer en el cuerpo desde el cual nos cuenta Martha. El cuerpo, su cuerpo, en cuyo remanso nos disecamos como esa anémona sin vida que había visto adherida a una roca como un fieltro reseco y quebrado.
Pero, ¿qué quiere desaparecer Martha cuando pretende desaparecer al cuerpo? Percibo a Martha muy cercana a Foucault cuando éste deja claro que el cuerpo le resulta un fantasma que no aparece sino en el espejismo de los espejos, y, todavía, de una manera fragmentaria. El cuerpo es, a juicio del francés, el reino de lo utópico, ya que ellas nacieron del propio cuerpo y luego se volvieron contra él. Cuando Baudrillard nos habla de la simulación, de la seducción, hace referencia, de alguna manera, a otra frecuencia de la utopía: la máscara. Martha desenmascara su cuerpo arrancándose cada una de las máscaras que desvían la mirada del cuerpo real, ese espacio de carne donde se apertrecha la violencia de Dios. Cuerpo que se transforma en agujero negro donde queda atrapada la conciencia y la pasión. Un cuerpo que pide que le miren a la cara cuando habla. Un cuerpo que, al mismo tiempo, es espacio donde resuena el mundo. El cuerpo que construye Martha es aquel que desde su propia materialidad es capaz de disiparse en sus propias fantasías. Fantasías que pueden aterrar: me da miedo dormirme y despertar con otra ausencia, pensar que al despertar ya no estará, por ejemplo, una de mis piernas.
Lo que probablemente no sabe Martha debido a su angustia por descuerparse es que sólo la muerte puede ponerle fin a lo que es, cada vez, siempre único, ya que el cuerpo es, aunque no se quiera, una cadena de mundos posibles que se abren desde ellos mismos y se multiplican en otros cuerpos nada más con un roce, con una tangencial caricia que se escapa de nosotros como muchacha traviesa sobre aquello que aún no se nombra. Jugando con Derridá entiendo que el cuerpo es el solo y único mundo que hace a cada ser vivo un ser vivo solo y único. Martha se descuerpa, pero ese descuerparse es sobrevivir, y sobrevivir es una posibilidad diferente o ajena tanto a la vida como a la muerte, otra vez Derridá. Por lo tanto, el cuerpo descuerpado es una posibilidad que no se deriva, ya que en su llanura hay huellas que laten y duelen. El cuerpo de Martha, el que no se agota en sus cuentos, es un cuerpo que se escapa por entre los dedos en la misma medida en que nuestros dedos recorren cada línea, cada página, cada color que no se apaga aunque se cierren los ojos sin remedio. Entonces, ¿dónde comienzan los cuerpos de Martha Durán? ¿Dónde terminan? Su cuerpo comienza en otro cuerpo que comenzó en otro cuerpo y que no terminará más que en un cuerpo, que no se acaba en su propia corporeidad. Se descuerpa para hacerse aire, aliento que explaya su nueva naturaleza para tumbarlo todo: Y ese cuerpo se quedó viajando sin saber cuánto tiempo, transitándolo sin permiso, autoritariamente, como suele hacer la memoria. Cuerpo, memoria que arde, que quema, que se fragmenta y se unifica para lanzarse sobre el otro que busca ser lanzado con la misma necesidad en que se escucha el llamado de aquella voz que retumba como transparencia cuando se sueña con lo que todavía no existe. Cuerpo que es memoria. Cuerpo que es palabra que camina, que busca que alguien la diga, nada más.
El otro-cuerpo-otro descuerpado
Octavio Paz escribió algo así como los otros todos que nosotros somos. Por otra parte, el mismo Paz advierte que sus pasos en esta calle resuenan en otra calle donde escuchaba pasar sus pasos en esta calle donde sólo es real la niebla. Me imagino que en el momento en que se piensa que es real, se disipa. En los cuentos de Martha nada se disipa, más bien todo se proyecta, aunque, si se quiere, esta es otra manera de disiparse. Martha Durán reparte, en su cuerpo, los otros cuerpos de todos que somos nosotros, así como funciona la sonoridad en los pasos de Octavio Paz. Al buscarse en ella, busca al otro que la buscaba en otros cuerpos donde suele desprenderse cierto aliento a carne trémula. Martha se descuerpa, lo hemos dicho junto a ella, pero al hacerlo, consciente o no, termina por encarnarse en otra instancia que sirve de erupción para el descubrimiento de la diferencia.
Martha se descuerpa, se separa, irrumpe en sí misma con el único interés de subir, de violar sus propias reglas, de transgredirse, de desobedecerse. Martha se descuerpa para vestirse con otro cuerpo, el otro suyo que queda. En ese otro cuerpo que despierta retumban, como trueno en bóveda antigua, las voces que conformaban el cementerio del cuerpo descuerpado. Entonces todo se quiebra y se constituye en la diferencia. Schlegel señalaba a finales del siglo XVIII que el amor no une, por el contrario, divide y forja un mundo bajo el signo de esa división. Otro tanto apunta Lévinas cuando, en El tiempo y el otro, concluye que lo que constituye el pathos del amor es la insuperable dualidad de los seres. Cuanto mayor es la intimidad que a través de la palabra teje Martha con su cuerpo, más lo descubre como otro, irreductiblemente a sí misma.
El libro de cuentos de Martha Durán es una galería silenciosa que muestra, descarnadamente, cómo abrazarnos a la idea de librarnos de los cuerpos que hemos abrazado y de los que hemos escuchado calladamente su respiración desabrida, pero, al liberarnos de esos cuerpos, automáticamente nos abrazamos a otros que misteriosamente comienzan a agolparse bajo la piel, puesto que, como reconociera Bataille, más allá de la desnudez siempre hay otra desnudez escondida. Una desnudez que es otra desnudez. ¿Qué busca la desnudez? ¿Qué busca la desnudez silenciosa de Martha Durán? Busca una asimetría que se reproduce hasta el vértigo: …adentro hay tanto silencio que lo único que escucho es ese canto constante que viene de arriba, esa suerte de silbido que nunca calla, que me acompaña todo el tiempo. El cuerpo que Martha descuerpa en sus cuentos es ironía y tormento, es cuerpo inalcanzable puesto que se esconde en el propio misterio que ese mismo cuerpo manifiesta. El cuerpo esconde un misterio que el propio cuerpo revela. Un misterio que se descubre simbólicamente en la desnudez de la carne observada, o como carne vista al parecer de Enrique Dussel, una carne que anuncia, entonces, realidad de la belleza de la carne vivida desde la mirada, desde el tacto, desde la lengua que se teje y desteje en palabras detrás de las palabras. Martha Durán desnuda su cuerpo en sus cuentos con la finalidad de dirigirse a otro cuerpo que también la constituye como ser arrojado al mundo, es decir, en las historias de Martha hay una sensibilización del cuerpo del otro desde el propio su propio cuerpo que se descuerpa.

Anuncios