Nelson Rivera

 Novela de indagación, de ancha banda: La voz que narra procura ordenar sus propios recuerdos a lo largo del tiempo; darle nitidez a hechos y personas que se guardaron borrosos o incipientes en la memoria; abrirle paso a preguntas nuevas e inquietantes; contestar, hasta donde la vida lo permita, a las preguntas que los años han convertido en peso, en necesidad: leo Formas de volver a casa (Editorial Anagrama, España, 2011) la más reciente narración del joven escritor chileno, Alejandro Zambra (1975).

La pregunta de fondo no es la de la nostalgia, las del regodeo en el mundo dejado atrás de la infancia y la juventud, sino justo lo contrario: la de la potencia, la de las posibilidades implícitas en los recuerdos. No la memoria como subterfugio, coartada o justificación, sino como material de revelación, como recurso del pensamiento: “No quiero hablar de inocencia ni de culpa; quiero nada más iluminar algunos rincones, los rincones donde estábamos. Pero no estoy seguro de poder hacerlo bien. Me siento demasiado cerca de lo que cuento. He abusado de algunos recuerdos, he saqueado la memoria, y también, en cierto modo, he inventado demasiado”.

Consigno aquí un comentario que le escuché a mi amigo Diómedes Cordero: que Formas de volver a casa debe ser leída en relación a No leer, una colección de ensayos que Zambra publicó en 2010. Y, aunque no he leído ese libro, la propuesta de Cordero me luce plausible, porque esta narración es, sobre todo, un debate consigo misma. Un relato forjado en la tensión de leer y escribir. El protagonista, la voz que escribe, es también, dentro de la propia novela, su primer lector, su crítico irremediable, el fiscal que reaparece y formula preguntas incómodas y determinantes.

Si me permiten la licencia, escribiré que el tiempo de Formas de volver a casa es el del trauma: la dictadura de Augusto Pinochet ya ha terminado, pero sus secuelas no han dejado de actuar sobre sus víctimas directas, ni tampoco sobre los hijos de esas víctimas. El modo en que el relato fluye, la sosegada precisión con que Zambra se expresa, son el campo donde los pensamientos del narrador encuentran su mejor sonoridad. Trataré de explicarlo así: como toda vida, la del personaje de Zambra no está libre de preocupaciones. Transcurrir, en su caso, es escribir, leer lo que escribe, preguntarse por la legitimidad de la escritura como recurso para hacer más nítida la experiencia de lo vivido: “Es tarde. Escribo. La ciudad convalece pero retoma de a poco el movimiento de una noche cualquiera al final del verano. Pienso ingenuamente, intensamente en el dolor. En la gente que murió hoy, en el sur. En los muertos de ayer, de mañana. Y en este oficio extraño, humilde y altivo, necesario e insuficiente: pasarse la vida mirando, escribiendo”

Anuncios