Una habitación con paredes de baldosas azules, una luz tenue perturbadora, un hombre anclado en una silla sometido al interrogatorio de la tortura sin poder recordar su nombre y las circunstancias que lo llevaron a estar allí y no en cualquier parte; un médico chequeando su estado de resistencia para poder conducirlo al límite de la muerte; par de enfermeros que hacen las veces de guaruras llevando consigo toda clase de pastillas, e inyecciones que les suministran  a sus pacientes condenándolos a una oscuridad sedada;  un verdugo revistiendo sus preguntas entre risas y sádicas maneras de purgar las culpas ajenas extirpando con el dolor infringido en los cuerpos de sus víctimas la confesión de uno o varios crímenes cometidos en el haber de sus archivos delictivos. Acontecimientos que tienen lugar en un recinto ¿penitenciario? lejos de la ciudad, en los suburbios del anonimato; en una área hostil similar a los cubículos de un manicomio, a un guetto lleno de lunáticos o convictos; al purgatorio más próximo de un sistema judicial ilícito donde los que juzgan también son victimarios, los progenitores  de “La más fiera de las bestias”, esa especie de mutación alcanzada por un hombre incapaz de invocar su pasado, duelo, identidad, memoria.

                “La más fiera de las bestias” (Ediciones Punto Cero; 2011), la más reciente obra del escritor venezolano Lucas García, nos relata una historia que nada tiene que envidiarle a las producciones cinematográficas de acción o hard-boiled hollywoodense, ya que, cuenta  con uno de los aliados narrativos más alucinantes de la literatura: la concepción espectral de una ciudad engendrada en el útero de la discordia por intervención –si se quiere- quirúrgica del semen de la impunidad y violencia.  Una obra magistral del crimen “desorganizado” en donde el complot, la traición, la avaricia y el oportunismo están a la orden del día en un mundo en el que la gente prefiere relegar de su realidad, flagelar sus remordimientos antes que luchar por unas derechos civiles ya inexistentes.

Con un humor sobriamente gótico, con escenas en stop motion que revelan el arte de la transgresión humana en todas sus descriptivas y sabrosas imágenes alegóricas, García nos introduce en un mundo donde las entrañas emocionales están putrefactas de evocaciones amnésicas; una serie de hechos que tienen lugar cuando un hombre deseoso por recobrar su pasado con la vana intención de colgarse una identidad que cree honrará su patrimonio futuro, decide escapar de la  prisión donde se encontraba cumpliendo su condena  no sin antes liquidar a gran parte del personal médico y de seguridad que laboraba en dicho recinto con el propósito de reencontrarse con aquello que fue (o sigue siendo) y que ahora por simple intuición se niega a aceptar, aunque su cuerpo sí es capaz de dar pistas sobre su vida con cada movimiento marcial que ejecuta sin premeditación u orden alguna; con la terrible  premonición de que quien quiera que fuese en ese distante más allá que no logra recordar porque olvidar su nombre también significa hallarse muerto en vida, lo único seguro es esto:  la bestia dormida poco a poco va despertando de su aturdimiento siendo consciente de que en su presente sólo se ve a sí mismo repitiendo dantescas acciones que forman parte de lo que es y que pretende ignorar a través de esa falsificada  licencia otorgada por el anonimato; por ese borrón y cuenta nueva que ahora es la página de su memoria pero que por una u otra razón no le permite ser un hombre libre.

Y nuestro protagonista, alias “Chuck Norris” (apodo concedido por las técnicas marciales y postraumáticas que desarrolla como instrumento de defensa personal)  se ve envuelto en varios asuntos relacionados con sicariatos, hurtos, extorciones, narcotráfico, ajuste entre pandillas, plomo parejo teniendo como escenario mortal una de las estaciones del Metro de Caracas, contrabando de armas, espionaje, develación de secretos militares.; entre otras operaciones de entrenamiento destructivo consideradas “al margen de la ley” pero que para su protagonista significan la consigna de aliento que le sobrevienen como interferencia psíquica: recobrar ese YO que le ha sido despojado por causa de los narcóticos, y el maltrato físico y verbal al que fue sometido durante un tiempo que ya no le pertenece.

Y es que un nombre no es sólo un sustantivo, es la partida de nacimiento de lo que serás, las sílabas y articulaciones fonéticas de la existencia, una identidad con título de propiedad y no en estatus de damnificado.  Carecer de dicho calificativo es dejar libres, a la intemperie, todos los demonios que llevamos dentro y que el protagonista de este relato va exorcizando durante todo la partida de la historia como un acto de contrición por los males y pecados que su olvido es incapaz de subsanar. Toda duda es más fuerte que la resignación. Es un horror transfigurado.

                Una novela dotada de un lenguaje desgarrador, con pausas acertadas que le inyectan más emoción a la atmósfera de tensión, pánico y desasosiego que como lectora fui descubriendo en cada pasaje, en cada uno de los diálogos empuñados de sangre, padecimientos; de una tristeza blindada por la ira reflejada en un hombre, un sistema, esa pérdida mental que sufre la sociedad al sentirse incapaz de detener la ola de control y poder inescrupulosos del propio Estado y su engendro primogénito, la delincuencia.  La locura en estos tiempos que corren es un negocio lucrativo; salvar lo que somos, impedir el exterminio de nuestra ciudadanía es un acto de gallardía a los que pocos o casi nadie ya le apuestan.

                Resta que el lector descubra de qué se trata toda esta historia; qué otras revelaciones aguardan; con qué clase de sorpresas ¿o bombas? podrían toparse a lo largo y ancho de todo el trayecto narrativo; en esa búsqueda de un nombre, un apellido, una vida que vale los sacrificios que al instante podrían resultar o no la más decepcionante y engranada de las estafas.  Finalmente, ¿el averno o paraíso? Quizá estamos ya en un  abismo vertical sin darnos cuenta.

                Maravillosa lectura cincelada por un joven y extraordinario escritor como lo es Lucas García. Una gráfica en zoom y perspectiva de esta metrópolis de ciudad disfrazada de urbanismo y que en algún momento reconocimos como Caracas.

Reseña hecha por Atamaica Mago.

Asi tuiteo @atamagog cuando termino el libro:

Hola @rodcasares Pana, el vicio es tremendo. Ya terminé de leer “La más fiera de las bestias! ¡GENIALLLLLL! 🙂

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